07/12/2017

Solid Rock Festival en Tecnópolis: hola y adiós

Debuts y despedida en Villa Martelli.

Guido Adler / Gentileza

A nadie le gustan las despedidas y mucho menos cuando implican tener que despegarse de algo que formó parte de la vida de uno durante décadas. Esos sentimientos encontrados parecen regir el presente de Deep Purple: la banda liderada por Ian Gillan llegó a Buenos Aires con un disco nuevo bajo el brazo para cerrar el Solid Rock Festival, pero también lo hizo en el marco de una gira titulada The Long Goodbye (el largo adiós). Y esa ambivalencia fue la que rigió su show, con la revalidación de su presente por un lado y el repaso histórico a cuentagotas por el otro.

Ese forcejeo temporal quedó en evidencia desde el comienzo, cuando “Highway Star” clavó los relojes en 1972 con todos los elementos correctos que se esperan de un clásico de Purple: el solo de Hammond, el machaque de la guitarra de Steve Morse y la voz nasal de Gillan al frente de todo. De un momento al otro, un fill de batería de Ian Piace a puro doble bombo convirtió al final del tema en el comienzo de “Fireball”, del disco homónimo de 1971. Una línea de continuidad plantada en el paso fronterizo entre el prog y el hard rock, que sólo viajó al presente en la mitad de la noche, con “Birds of Prey”.

A lo largo de su existencia, Deep Purple pasó de la psicodelia al rock sinfónico, para luego convertirse en uno de los tres pilares fundacionales del rock pesado británico junto a Led Zeppelin y Black Sabbath. Su historia está plagada de deserciones, regresos y abandonos en su plantel que se tradujeron en altibajos en su carrera. De ahí que su supuesto último show en Buenos Aires tuviera los tantos concentrados en dos períodos: el iniciático, que va de Shades of Deep Purple (1968) a Machine Head (1972), y la revitalización actual, con Now What?! (2013) y el ya mencionado Infinite. En el medio de la lista, la única concesión: “Perfect Strangers (1984), el disco con el que la formación clásica de la banda volvió a reunirse en un estudio después de nueve años de silencio discográfico, del que sonaron el tema homónimo y “Knocking at Your Back Door”.

Que tres de sus integrantes tengan 70 años o más a cuestas es uno de los factores decisivos de este adiós sin fecha precisa. Piace, Gillan y el bajista Roger Glover todavía pueden pasearse entre el blues y el cock rock en “Lazy” o liderar la cabalgata hard psych de “Space Truckin’” sin que se noten fisuras. Pero también es perceptible (y atendible) que quienes están sobre el escenario están entregando el 100 por ciento de su energía disponible para algo que antes demandaba menos esfuerzo. Ese agotamiento asomó en “Smoke on the Water”, en la larga zapada de “Hush” y en el cierre con “Black Night”, tres luminarias que de todos modos resisten cualquier embate por peso propio.

Casi como un reflejo involuntario o no, el show de Cheap Trick fue la contracara del de Deep Purple. Con un set que replicó la totalidad de In Budokan, uno de los álbumes en vivo más vendidos de la historia, la banda de Illinois demostró en Tecnópolis que es el eslabón perdido entre el hard rock y el power pop. De un lado, los riffs con los amplificadores a volumen 11; del otro, canciones que, aun cuando engrosan su musculatura, hacen énfasis en la melodía. Como si el AC/DC de Bon Scott le entrase al repertorio de los primeros álbumes de los Beatles.

Con 19 discos publicados en cuatro décadas y media de carrera, el demorado primer show de Cheap Trick en la Argentina condensó influencias propias y dejó a la vista el alcance de su legado en generaciones posteriores. Más allá de las versiones de “Ain’t That a Shame” de Fats Domino y “I’m Waiting for the Man” de The Velvet Underground, “Big Eyes” tuvo mucho de T-Rex pero sin purpurina y boa de plumas, y la flamante “Long Time Coming” le debió (quizá demasiado) a “I Can’t Explain” de The Who. Como contracara, “Need Your Love” dejó en claro cuán cerca pegó la oreja Rivers Cuomo para escribir los primeros discos de Weezer. Y la pose de Robin Zander en “Surrender”, encorvado frente al micrófono con los brazos entrelazados en su espalda, fueron una sutil mojada de oreja a Oasis, otros que no deberían negar la presencia de In Color o Heaven Tonight en sus discotecas.

Con Rick Nielsen como un lancero de las seis cuerdas (sutil y creativo en “Clock Strikes Ten”, pirotécnico en “Need Your Love”), Cheap Trick se encargó de echar por tierra la idea de que su incorporación a último momento al Solid Rock fue para llenar el bache generado por la ausencia de Lynyrd Skynyrd. Un repertorio todoterreno que concentró sus mayores golpes de efecto en el tramo final (“The Flame”, “I Want You to Want Me”, “Dream Police”) y también sus escasos artilugios escénicos (el solo de bajo de 12 cuerdas de Tom Petersson después de “Long Time Coming”, la guitarra de Nielsen con ¡su propia forma! para “Goodnight Now”) confirmó lo que el propio Zander prometió poco antes de retirarse: la necesidad de un regreso inminente y por su cuenta.

Mientras el sol comenzaba a retirarse en el predio de Tecnópolis y el ingreso del público se demoraba por una serie de controles inexplicablemente exhaustivos, en el Solid Rock se vivió el otro debut de la jornada. Con solo 45 minutos a su favor, Tesla aportó el mayor grado de nostalgia de la fecha. A pesar de haber sido la última banda del line up en formarse, el grupo de Jeff Keith y Brian Hannon concentró su set en sus tres primeros discos (Mechanical Resonance, The Great Radio Controversy y Psychotic Supper) y dejó de lado todo lo que estuviera fechado de 1984 en adelante. El criterio de selección dejó afuera más de la mitad de su discografía, un criterio que poco pareció importarle al público, porque el recorte incluyó a “Modern Day Cowboy” y “The Way It Is”, o los temas en los que el oyente medio de Aspen cambia el dial, al ver soslayada la tranquilidad del AOR.