30/09/2019

Slayer en el Luna Park: la última temporada en el abismo

El adiós de Tom Araya y compañía.

Santiago Bluggerman / Gentileza
Slayer

Tom Araya está parado al costado del escenario. La curva de sus hombros caídos son la continuación de la de sus ojos, también caídos. Si se aislara su contorno, el bajista y cantante de Slayer quedaría reducido a la forma de los arcos apuntados en las catedrales góticas. Parece sentir una mezcla de tristeza y satisfacción por el trabajo realizado. Ya no ensaya ningún gesto más que mirar a la marea de remeras negras y sudor de pogo que, 15 minutos después de terminado el show, aún le canta eso de que Slayer no se va, que no se va, no se va, Slayer no se va.

Pero Slayer sí se fue.

En el momento en el que Araya, baja por la rampa que lo saca definitivamente del escenario, el canto del público se convierte en aplauso cerrado. Es el final. 90 minutos después de haber empezado un (otro) viaje por las peores pesadillas del lado oscuro, el silencio golpea más que la distorsión desmadrada que aunó ese tridente inicial “Repentless”-“Evil Has No Blood”-World Painted Blood”, ese en el que Slayer hace sentir, como desde 1982, que nadie va a sonar más fuerte y que cuando cuando ellos tocan, no hay escapatoria.

Slayer

Lo que se termina con Slayer es mucho. Es el fin de una sensibilidad thrash en su versión más intransigente. Mientras Metallica y Megadeth reinaban a fuerza de concatenar riffs como extensas obras de ingeniería (Master of Puppets unos, Peace Sells... But Who’s Buying? otros), para Araya y compañía se trataba de hacer implosionar las vísceras de la canción punk. Repetición + Velocidad = Intensidad. Ninguna de las canciones de Reign In Blood -su obra cumbre editada en 1986 y con fuerte presencia en el repertorio de anoche-, supera los 5 minutos, apenas dos de ellas los 4.

Así entendieron siempre la canción: como un trueno capaz de abrir la tierra en dos, tirarte en la grieta y cerrarla con vos adentro. Slayer es las dos paredes que te aprisionan hasta dejarte inmóvil. Los solos de Kerry King evitan la velocidad eterna, de hecho, llegan al clímax en una nota aguda que sobrevuela la base de doble bombo y riffs machacantes. Contrapunto de frecuencias. Barroco electrocutado.

Sin bises, Slayer no alargó el final. El cierre de “Angel of Death” concluyó sin exageraciones. ¿Para qué extenderse en artilugios que maquillen lo evidente? No queda nada. Slayer no existe más. La distancia entre esa última nota y el silencio posterior es la distancia del vacío. Quedará ese silbido en los oídos como eco eterno de la despedida. Acá, en un Luna Park con el campo repleto de gente, se encienden las luces y se extienden los brazos para un abrazo imaginario. Se sonríe, se llora, se agradece y no se exige más. Porque, como bien lo dijo Tom Araya al promediar el show: “Cuando se termina, se termina”.

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