19/05/2019

Slash en GEBA: la celebración de lo que ya no está

Saul Hudson y el clímax precoz.

Guido Adler / Ake Music / Gentileza
Slash

Slash está arrodillado hace cinco minutos. Por lo menos. Garabatea sobre “Wicked Stone” un solo sinuoso como los rulos que se le escapan de la galera. A esta altura, la guitarra se fusionó con su entrepierna. Lo que tiene ahí ahora son dos instrumentos en uno. El falo supremo. El último emblema del rock and fuckin’ roll es aquella viola que vomita notas. Porque, como dijo Marilina Bertoldi, “el rock de los hombres ya no tiene nada más para decir”. Este es el clímax precoz, a una hora de acabar el show.

Pero desde el comienzo con “The Call of the Wild” -de Living the Dream, el disco que trajo de gira al guitarrista de Guns N’ Roses– que esas cartas estaban sobre la mesa. Todo se trataba de celebrar lo que ya no está. O lo que está en extinción. El espíritu del rock clásico que va al hueso sin muchas pretensiones. Por eso, si se cerraban los ojos cada tanto, la voz de Myles Kennedy podía sonar como la de Axl Rose. Mientras, The Conspirators, la banda que los acompañaba, ofrecía contundencia y velocidad para que un inteligente Slash entrara y saliera a gusto de las canciones. Muy alejado de la pose de guitar hero ególatra, aunque siempre responsable del brillo.

Hasta ahí, todo normal. Una vez visto un concierto de rock, vistos todos (o casi). Con Saul Hudson en el timón se puede cronometrar cuando viene una balada, cuando va a pelar la double neck de doce cuerdas y cuando va a hacer, como diría Jack Black en Escuela de rock, un face-melting solo. Pero después de las inescrutables versiones de “My Antidote” y “Boulevard of Broken Hearts”, vino la única sorpresa. “Todos vamos a morir, así que droguémonos”, gritó el bajista Todd Kerns antes de cantar “We’re All Gonna Die”. Con Kennedy fuera de la ecuación, los Conspirators y Slash se convirtieron en una banda aceitada a tope. Más divertida, comprometida con las letras sobre sexo, drogas y rocanrol. Fuera del piloto automático.

A la vuelta de Kennedy, Slash y la banda bajaron las revoluciones para la magra “The One You Loved Is Gone”. La pieza que faltaba en el museo itinerante. Adornada por una leve lluvia, se convirtió en un videoclip 4D de esos que nunca faltan en un compilado de sábado a la noche en VH1.

Ya habían pasado “Nightrain”, directo desde la más tierna infancia gunner, y “Starlight”, uno de los primeros himnos de Slash como solista. Ambas sin pena, pero sin la gloria que merecían. Era el final de los bises y la Les Paul ardía con el riff bachiano de “Anastasia”. La revelación fue fulminante: rock de hombres como música clásica. No para salvar un concepto pop arcaico. No porque hay que mantener viva la llama, sino como bazar de antigüedades que el tiempo se comió. Lleno de belleza, cosas inútiles y olor a óxido de bronce.