26/08/2022

Rosalía en el Movistar Arena: súbete a mi moto

D de dinamita.

Trigo Gerardi / Gentileza
Rosalía

En la inmensidad del Movistar Arena, un fondo blanco lucía como única escenografía para el show de Rosalía, apenas coronado por una pantalla a cada lado. Lejos de la sobrecarga visual de cualquier puesta internacional, la artista catalana apostó por la austeridad de recursos en pos de un desarrollo performático: si lo que suena es lo suficientemente cambiante y diverso (del flamenco al reggaetón, para ir luego del punk experimental al clasicismo), una tropa de ocho bailarines y un camarógrafo son recursos suficientes si el impacto emocional está garantizado. 

Rosalía y su cuerpo de baile ingresaron a escena mientras sonaban los últimos compases de “Matsuri-Shake”, de las japonesas Ni Hao. Con el aire cargado con el ruido de motores entrelazado con el rugido de un público que se mantuvo en ebullición durante las casi dos horas de show, “Saoko” sentó las bases de la noche desde el sonido, pero también desde su letra (“Soy to'a' las cosa', yo me transformo”). Después de “Candy”, “Bizcochito” sintetizó un signo de los tiempos cuando todos en el escenario interpretaron un baile viral que fue replicado debajo del escenario, un challenge para las redes pero en tiempo real. 

Justo cuando “La fama” prometía profundizar en la cadencia caribeña de la mano de la bachata, Rosalía se colgó una Les Paul negra para “Dolerme”, un momento de intimismo sola en la inmensidad escénica. El chispazo distorsionado, sin embargo, llegaría bastante más adelante con “De plata”, con un riff proto industrial y Rosalía con un vestido con una cola que se extendía hasta el fondo del escenario. En el medio entre una instancia y otra, el medley entre “De aquí no sales” y “Bulerías”, con el Movistar convertido en un tablao flamenco (en sintonía con su primer visita a la Argentina), y “Motomami”, con los cuerpos de los bailarines unidos para formar una moto, una imagen que parecía salida de la novela Miles de ojos, de Maximiliano Barrientos. 

Luego de “G3 N15”, en la que quedó girando sobre una plataforma como una muñeca de caja de música, un intercambio con el público tras bajar a la valla en “La noche de anoche” terminó con un diálogo inesperado. “¿Podrías firmar mi culo?”, leyó Rosalía de una pancarta del público, aunque se comprometió a hacerlo más tarde. En vez de estampar su rúbrica, entonó unos versos a capella de “Alfonsina y el mar”, de Félix Luna y Ariel Ramírez, un momento de fragilidad lírica que un rato después conectó con “Hentai” con ella sentada al piano para un contrapunto entre la forma (el intimismo melódico) y el contenido (“Enamorá' de tu pistola roja amapola”, “Caro como que tiene un diamante en la punta”)

El último tramo del show hizo énfasis en el interés que Rosalía desarrolló por la música latina en el último tiempo. Por un lado, su versión de “Perdóname”, de La Factoría, convertida en una balada glaciar; más adelante, el elogio a Willie Colón en el repaso alfabético de “ABCDEFG”, el cover de “Delirio de grandeza”, de Justo Betancourt, como cierre del show, y el sample de “Gasolina”, de Daddy Yankee, como ornamento (y también vara de medición) de “Despechá”, con invasión controlada del público en el escenario. Y si la hora y media del show había repartido las emociones, los bises condensaron todo en una breve seguidilla, desde la coreografía de monopatines de “Chicken Teriyaki”, el flamenco íntimo de “Sakura” (primerísimo primer plano de su rostro incluido”, y “CUUUUuuuuuute”, el baile anfetamínico leído desde el regionalismo crítico.