07/11/2018

Roger Waters en La Plata: un gran remedio para un gran mal

Paredón y después.

Guido Adler/DF/Gentileza
Roger Waters

Nosotros y ellos. El mundo siempre ha sido binario para Roger Waters. Los enemigos claros (capitalismo, globalización, guerras) y los aliados también (todos los que estamos del otro viendo cómo las fichas se van siempre para el mismo lado).

Y así es que, desde que se embarca en megagiras de alto impacto, sus canciones encuentran nuevas figuraciones para el mismo sentido. No es que la obra de Pink Floyd se resignifique: simplemente se actualiza. Las líneas de interpretación quedan, para Roger Waters, determinadas por el villano de turno (Thatcher—> Bush —> Trump). Entonces, el show de anoche ante un Estadio Único colmado, estuvo movilizado por el objetivo de siempre, el de cantar contra todos los males de este mundo.

Pero desde la propuesta hubo notables diferencias a aquella histórica seguidilla de nueve shows en River para su gira The Wall Live. Lo que en 2012 era un musical multimedia que lo tenía a él como protagonista estelar, ahora es el show de una banda de rock que se apoya con fuerza en las imágenes y la parafernalia visual pero no corre detrás de la sincronización perfecta para el dvd perfecto. El comienzo con “Breathe” y “One of These Days” estableció un binomio amabilidad-rudeza que se repitió en varios momentos del repertorio y también mostró un detalle saludable: la voz de Waters se escucharía cruda, apenas ajada, sin abundar en sobregrabaciones que maquillen las imperfecciones. Sobre las pantallas, una esfera metálica empezaba a recorrer distintos paisajes y animaciones más o menos abstractas.

“Time” y “The Great Gig in the Sky” potenciaron el carácter vivo de las versiones. En el primero, las guitarras de Dave Kilminster y Jonathan Wilson encastraron arreglos y solos ásperos, bastante más cerca de Neil Young que de David Gimour. En el segundo, Jess Wolfe y Holly Laessig (ambas cantantes de Lucius) tuvieron su momento de gloria sin necesidad de apegarse al virtuosismo imposible del original. Después de una versión intensa de “Welcome to the Machine”, con Waters en guitarra eléctrica, una seguidilla de tres temas de su último disco. “Dejá Vu”, “The Last Refugee” y “Picture That” mostraron los opuestos de la propuesta visual, imágenes evocativas por un lado (una muñeca de tela en la orilla del mar arrastrada por las olas) y las más autoexplicativas (la cara de Trump cuando el habla de gente que “no tiene cerebro“)

Para el cierre de la primera parte, vuelta al binomio amabilidad-rudeza. “Wish You Were Here” no necesitó de estímulos externos para que los celulares brillaran en alto y “Another Brick in the Wall” explotó de aplausos y clichés con un grupo de jóvenes al frente del escenario con mamelucos naranja que escondían remeras con la palabra “Resist”.

La segunda mitad, con las chimeneas dela central de Battersea de fondo y el chancho sobrevolando el público, las consignas anti Trump recrudecieron. “Dogs” y “Pigs (Three Different Ones)”, pura referencia orwelliana de Animals, terminaron con los músicos utilizando máscaras de animales y simulando una bacanal propia del teatro under sobre una sintetizadores ruidosos y una batería fragmentada. “Trump es un cerdo” se leyó gigante en la pantalla, por si alguien no había entendido la metáfora.

Luego de que “Money” y “Us and Them” sirvieran de aliciente y también para lucimiento personal del saxofonista Ian Ritchie -viejo colaborador de Waters desde la etapa de Radio K.A.O.S. (1987)-, “Brain Damage” y “Eclipse” redondearon el paseo por Dark Side Of The Moon. La pirámide formada por haces de luz se dibujó sobre el público y la esfera metalizada, ahora inflable, flotó sobre el campo para cerrar el concepto.

“Me voy a poner un poco político”, anticipó Waters antes del final. Enseguida, agradeció una manta que le habían regalado madres de soldados de Malvinas, mencionó a Puel Kona, la banda mapuche que tocó antes, pidió respetar y apoyar la lucha de los pueblos originarios, y terminó poniendo un fragmento de “La memoria”, de León Gieco. “Quería tocar el tema con él pero no lo pude contactar”, dijo.

El cierre con “Mother” y “Comfortably Numb” ofreció uno de los momentos más logrados, tal vez por menos unívocos, del show. Roger Waters con su acústica, su voz agrietada sollozando ante su madre sobreprotectora. Roger Waters con micrófono en mano y cantando sobre los demonios enjaulados en un cuerpo que no puede exorcizarlos porque no puede nada. De fondo, las pantallas no hicieron ninguna referencia directa. Una imagen vale más que mil palabras, sí, pero menos que la imaginación de 40 mil personas que comparten tiempo y espacio para escuchar canciones inmortales.