23/10/2016

Richard Ashcroft en el Personal Fest: impuesto de fe

Britpop devocional y militancia espiritual en manos de un animal escénico.

Richard Ashcroft

Lo de Richard Ashcroft amerita ser catalogado como un caso de estudio. A pesar de que su carrera solista ha ido en baja en los últimos años, durante ese mismo período el ex The Verve logró consolidarse como un performer descomunal. Su show en el Personal Fest fue la prueba de esta máxima desde el minuto cero. Con una campera de colores chillones y refugiado detrás de unos lentes Ray Ban, Ashcroft tomó el escenario mientras su banda llevaba el ritmo de “Out of My Body” directo a la pista de baile. Y lo que en su versión de estudio se queda a mitad de camino, en vivo fue un comienzo eufórico que varios pagarían por tener en su repertorio.

De adicto en riesgo de vida a creyente redimido, Ashcroft traduce la espiritualidad a su persona escénica y es capaz de transmitir una descarga emocional sincera sin más que rasguear arrodillado su acústica durante el solo de guitarra de “Sonnet”, la primera de las varias paradas en el repertorio de The Verve. Y aunque todas ellas hayan salido de Urban Hymns, el disco que le valió el éxito a la banda de Wigan (y también la pérdida de un juicio millonario gracias a Jagger, Richards y su exabogado Allen Klein), su inclusión en la lista de temas sirvió para compensar con creces una visita que demoró casi dos décadas en concretarse.

Lejos del corsé de rock espacial y baladas épicas de su ex banda, Ashcroft demostró que, aun con los resultados dispares de sus trabajos de estudio, su discografía se mece por terrenos bastante más amplios. “Break the Night with Colour” es una epopeya sentimental que sin preaviso alguno deviene en un estallido noise a tres guitarras , “Music is Power” es un ejercicio muy bien logrado de soul con dosis de pop que encuentra a Ashcroft bailando en trance, y “Science of Silence” es una masterclass de britpop leída desde el fervor evangélico.

De vuelta a las aguas de The Verve, Ashcroft le aplicó una cuota de distorsión a “Space and Time” mientras sus dos guitarristas recrearon con menor o mayor suerte los paisajes sonoros que Nick McCabe plasmó en su versión original. Después, “Lucky Man” le valió la primera ovación de la noche y “The Drugs Don’t Work” significó la llegada de un momento incómodo. En plan intimista, Ashcroft cantó casi toda la canción solo, acompañado por su acústica, y la banda recién se acopló en la coda, mientras el cantante no podía evitar un gesto de disgusto. Terminada la canción, miró con bronca al costado del escenario y espetó al operador de monitores: “No quiero verte volver a hacerme trabajar con esta mierda. Soy uno de los mejores cantantes del mundo, no podés darme esto”, y el aplauso cerrado que le siguió pareció darle la razón a sus dichos.

Así como puede ser un animal desenjaulado en escena, Ashcroft tampoco puede evitar dejar de lado su costado mesiánico. “Hold On” incluyó una larga prédica pacifista en su intermedio (“No queremos una Tercera Guerra Mundial”) como también su apoyo a la marcha del miércoles pasado convocada por el colectivo Ni Una Menos (“A todas las mujeres que estuvieron ahí, ¡ya fue suficiente!”) y una nueva amenaza a su sonidista. Como corolario de su set, “Bitter Sweet Symphony” fue algo más que un cierre efectista. Casi veinte años después de su grabación, el tema ya no es sólo un himno generacional para los de treinta y pico, sino también una manifestación anticonformista que le moja la oreja a la vida en el sistema capitalista sin eslóganes de cotillón. Mientras el tema alcanzaba su clímax entre las cuerdas grabadas y Ashcroft a punto de alcanzar el punto máximo de trascendencia espiritual, la presencia de carteles y backlights con sponsors de distinto calibre en los márgenes del escenario no contradecían el mensaje. En todo caso, parecían el recordatorio de que algunas batallas deben librarse todos los días.