15/04/2018

Radiohead en Tecnópolis: la experimentación al poder

Caos y creación en el estacionamiento.

Radiohead en Tecnópolis

Eppur si muove. Minutos después de haber sido obligado a abjurar de su creencia de que la Tierra giraba alrededor del Sol y no al revés, Galileo Galilei susurró (o habría susurrado, elegimos creer) una brevísima declaración de principios que desafiaba la postura del tribunal de la Inquisición que lo juzgaba: “Y, sin embargo, se mueve”.

A priori, la versión 2018 de Radiohead tiene mucho de acto de fe. ¿Es posible analizar discos como A Moon Shaped Pool o In Rainbows evitando la comparación obvia con OK Computer o Kid A, algunos de los álbumes más relevantes del último cuarto de siglo? ¿Se puede dejar de considerar el evidente cansancio que refleja una formación que ofrece apenas un puñado de shows por año?

Y, sin embargo, se mueve. La sola aparición de Thom Yorke y compañía en escena, dando cierre y razón de ser al denominado Soundhearts Festival, generó la esperanza suficiente en el público como para olvidar el via crucis del acceso a Tecnópolis; el histrionismo del frontman -capaz de gritar con desesperación en “Myxomatosis” o batir medio cuerpo sobre su eje en “Daydreaming”, por citar algunos ejemplos- ayudó a compensar la errada decisión artística de ocupar todas las pantallas del predio con una performance visual vagamente basada en el vivo.

Sin un guión preescrito de antemano, Radiohead convirtió su segunda visita a Buenos Aires en una maquinaria en la que hubo más matices climáticos que hits ATP. Aun cuando OK Computer fue el álbum más visitado de la lista, el repaso hizo énfasis en su costado menos difundido (“Let Down”, “Climbing Up the Walls”, “Exit Music (For A Film)”). Pero las ausencias pasan a segundo plano cuando lo que está sobre el escenario es una banda que muta de piel de un momento al otro y dispuesta a convertir a la experimentación más radical en un fenómeno de masas. De ahí que Yorke y los suyos salten del motorik electrificado de “Ful Stop” a los beats en síncopa de “15 Step”, y poco después Jonny Greenwood haga aullar a su guitarra con un arco de violín en el medio de una interpretación sofocante de “Pyramid Song”.

Pero así como disfruta sus incursiones cercanas al free jazz (“Bloom”) y momentos de psicodelia acústica (“The Numbers”, “Desert Island Disk”), Radiohead es una banda que sabe echar mano a lo más efectivo de su repertorio en el momento correcto. Así, “Lucky” (de OK Computer), los chispazos guitarreros de “My Iron Lung” (de The Bends, 1995) y el ejercicio deconstructivista de “Everything In It’s Right Place” (Kid A, 2000) fueron guiños necesarios para que la cosa no quedara solo en los flashazos cegadores de esa puesta visual que privilegió el bombardeo de imágenes por sobre el reflejo de lo que pasaba sobre el escenario. Y a la altura de “The Gloaming”, la banda fue víctima de su propia prosa: mientras Yorke esbozaba el estribillo de la canción (“Con tu respiración, mientras las paredes se doblan”), el show tuvo que detenerse durante 15 minutos después de que cediese una valla de protección.

Después de otro segmento que privilegió la intensidad antes que la complacencia (“I Might Be Wrong”, “Feral”, “Bodysnatchers”), la primera tanda de bises apostó por la melancolía en sus diversas formas (las ya mencionadas “Desert Island Disk” y “Climbing Up the Walls” junto a la pjharveyana “There There”), para luego apostar por la distorsión primero (“The National Anthem”) y por la electrónica de vanguardia después (“Idioteque”, con las pantallas bombardeadas por códigos QR).

Tras una nueva falsa despedida, “Present Tense” -o cómo suena una bossa nova dentro de la cabeza de Yorke- y “2+2=5” llevaron las cosas de menor a mayor, o del susurro al caos electrificado. Ese mismo espíritu se manifestó en la ciclotimia de “Paranoid Android”, seis minutos en los que Radiohead se pavoneó de la angustia a la ira, y de ahí a la desolación y la rabia, con Greenwood y Ed O’Brien como capitanes del caos.

Y cuando todo parecía haber llegado a su fin, un tercer regreso a escena entregó una versión fuera de programa de “Creep”: la banda que renegó del hit que le dio su salto a las masas, ahí estaba interpretándolo ante 40 mil espectadores en la otra punta del mundo. El show ya había dictaminado su punto final pero, una vez más, eppur si muove.