15/04/2019

Pussy Riot en Niceto: make punk great again

Del show a la intervención política, ida y vuelta.

Pussy Riot

Nadya Tolokonnikova se planta en el escenario de Niceto con una túnica blanca y la cara cubierta. La luz es tenue –y se mantendrá así todo el show- y ella podría ser ella, o bien podría ser otra, una idea con la que le gusta mucho jugar. Como cualquiera puede ser Pussy Riot –tal cual le dijo a distintos medios esta semana-, cualquiera puede ser Nadya Tolokonnikova. Y además, como le anuncia ahora al público, todos pueden ser feministas: “Nos dicen que ahora lo somos porque está de moda. Mmmm, no. Cualquiera puede ser feminista: una mujer, un varón, un alien”. Y aunque luego va a sacarse todo lo que le cubre la cara, por un momento parece una buena broma punk al mejor estilo del británico Banksy: podría quitarse el pasamontañas y ser otra. Podría ser un varón, otra mujer, un alien.

Pero Tolokonnikova, la misma que pasó dos años en prisión por cantar 40 segundos contra el gobierno de Vladimir Putin, era quien estaba ahí adentro de esa bata. Con dos bailarinas que vestían uniformes policiales intervenidos detrás y una DJ a cargo de sintetizadores –envueltos en cintas de peligro igual que los equipos de sonido-, guitarras y coros. Saltó y bailó como lo hizo en 2012 en la Catedral de Cristo de Salvador de Moscú, pero anoche, su plegaria punk fue algo más extensa y no tomó por sorpresa a ningún fiel, aunque todo Niceto la observó con ojos de curiosidad durante buena parte del show. Podría decirse incluso que estaban menos involucrados con la música que con todo lo que ella representa como activista.

Ese es el ánimo con el que se transitó por “Police State”, una oda irónica al estado policial (“Sonrisota para la cámara, siempre está encendida / Todo está en el protocolo, tengo el teléfono intervenido”). Lo de Pussy Riot está entre el hip hop y el punk, quizás en un vecindario entre el de los sudafricanos Die Antwoord y las estadounidenses Bratmobile, solo que más difícil de bailar y de poguear. Esa atmósfera, que por momentos se volvió algo fría, no mejoró durante la parte de la lista cantada en ruso, y sólo repuntó con la intervención de la mexicana Wendy Moira, actriz y directora de Teatro Lúcido, que irrumpió con un monólogo en cada show de la gira de las rusas.

“Buenas noches, me presento. Soy la que besa a otras mujeres en público. Soy la misma que le exige al Estado volver entera a su casa. Soy Marielle Franco, soy Santiago Maldonado. Soy Lucía Pérez”, dijo Moira mientras el público la aplaudía sostenidamente y le gritaba otros nombres para sumar a una gruesa lista de femicidios y desapariciones en democracia. Esta intervención es la forma que Pussy Riot encontró de hablarle al público y así poder conectar con sus propias causas.

Con su intervención en la icónica catedral de Moscú, las Pussy Riot le declararon la guerra al gobierno de Vladimir Putin y se plantaron en la vereda de enfrente de todo lo que enaltece el ala más conservadora de la sociedad rusa y en ese mismo acto le dijeron al mundo que un movimiento que no empezaba ni agotaba en las puertas de esa Catedral, se articulaba para, al menos, incomodar internamente y comunicar más allá de Rusia la persecución que sufre buena parte de su población. Eso, en un silencio de radio con crítica nula, y la producción serial de memes de un presidente como aliciente, generó una expectativa enorme en el colectivo, superadora de la de otros movimientos con las que se las emparentó, como el Riot Grrl, por tener una pata en el activismo y otra en el arte. Las rusas, sin embargo, aparecieron con un potencial transformador mucho más interesante por su audacia (lo sentimos, Kathleen Hanna, nadie iba a ir presa por hacer fanzines en Portland).

Esas promesas involuntarias que Pussy Riot le hizo al mundo, volvió un poco incómodo este show que viene girando por la región: ¿fue una intervención política con entrada paga o es un espectáculo de música en el que la música importa casi nada?

Quizás porque llevó un tiempo entender la performance de las Pussy Riot se movió en ese limbo o quizás porque la última parte del set incluyó algunos de sus hits, algo de la energía se revirtió sobre la última parte del recital. Veloces, pegados, y mucho más sincronizados con el público de lo que la banda estuvo en ningún momento del show, las rusas cerraron su set en el punto exactamente opuesto en el que lo habían comenzado: con una propuesta que ahora sí se parecía, tanto arriba como abajo del escenario, a un recital.