02/03/2018

Primal Scream en Groove: modo a prueba de fallos

Mucho de caos, no tanto de ósmosis.

Primal Scream

Desde hace más de tres décadas, Bobby Gillespie construyó y construye la carrera de Primal Scream a puro ensayo y error. Esa política en la que no existe la idea de decisiones acertadas o incorrectas se refleja en una discografía cambiante y con altibajos, y fue el pívot central de su show el jueves por la noche en Groove, en el que el repaso histórico de su carrera zigzagueó entre ausencias de último momento y un sonido difuso durante la primera mitad de su set.

Con una formación reducida por la falta de la bajista Simone Butler debido a una intoxicación, Primal Scream se plantó en Palermo sin más recursos que la guitarra de Andrew Innes, la batería de Darren Mooney y los teclados y programaciones de Martin Duffy para acompañar la voz de Gillespie. Pero, lejos de esquivar la adversidad, la banda se zambulló de lleno en ella, poniendo al inicio a su cover de “Slip Inside this House”, un tema en el que las cuatro cuerdas tienen un rol protagónico, una dosis de acid house sin frecuencia de graves.

“Jailbird” buscó inocular una cuota de vigor gracias a su rock sureño desfachatado pero la experiencia seguía siendo agridulce, aunque remontó al tema siguiente, “Can’t Go Back”, gracias al fuzz garagero de Innes. Pero todo lo que sube tiende a caer y con “Shoot Speed / Kill Light” retrocedió casilleros, un kraut rock volador que en su versión original tiene en el bajo su ariete melódico, una ausencia difícil de disimular. Tampoco ayudó que la mezcla de sonido privase a “Kill All Hippies” y “Trippin’ on Your Love” de sus pistas de apoyo, sólo complementadas por el rol de chamán narcótico de Gillespie y sus maracas de madera.

Los aires de dub pastillero de “Higher than the Sun” pusieron las cosas en su lugar, justo antes de una lectura trunca de “(I’m Gonna) Cry Myself Blind”, una balada stone que pedía a gritos una segunda guitarra que completase el cuadro. Dentro de ese vaivén errático, “100% or Nothing” logró contagiar el (p)optimismo de su versión de estudio justo antes de que “Swastika Eyes” ofreciera la otra moneda, una rave industrial y postapocalíptica, con cinco minutos de opresión y rabia cyberpunk.

A la altura de “Loaded”, Primal Scream encontró su mejor forma con su blend de dance, gospel y un guiño al coro final de “Sympathy for the Devil”. Con un nivel de agotamiento visible, Gillespie comandó luego sendas versiones de “Country Girl” y “Rocks” al calor de las válvulas, y con más arrogancia rockera que rigor performático. No por nada el primer tema de los bises, tras unos minutos de descanso, fue “I’m Losing More than I’ll Ever Have”, una balada que le demandó al cantante más teatralidad que precisión vocal.

Sobre la hora, “Come Together” compensó su inexplicable omisión como cierre de su show en Tecnópolis en 2016, una canción en la que el pop alcanza la categoría de elevación espiritual. La prédica apuntada a la pista de baile se redobló en el cierre con “Movin’ On Up”, o el recordatorio de que la versión 2018 de Primal Scream tiene que echar mano a lo más seguro de su repertorio para alcanzar el saldo positivo. Una estrategia repetida en el mundo del rock, pero no por eso menos llamativa para una banda que hizo del riesgo su moneda corriente.