30/11/2015

Phillip Phillips en Niceto: tu cara me suena

Ganó un reality show grabado en Hollywood. Tocó en Palermo ídem.

El lugar común pone a los concursos de talento como fábricas del sinsentido, y a sus ganadores como títeres manejados y delineados por lo que mueve a la industria en un momento determinado. Si bien es válido en gran parte de los casos, este razonamiento es difícil de aplicar con alguien como Phillip Phillips. Si bien salió triunfador de la undécima edición de American Idol apenas cumplidos los 21, el muchacho tiene talento como cantante y guitarrista, y esquiva las obviedades que uno esperaría de un producto ensamblado en una cadena de montaje diseñada para facturar. O, a juzgar por lo que se vio en su paso por Niceto, se aleja del estereotipo impuesto por este tipo de competencias. Y eso cuenta bastante.

Tanto en el certamen como en los discos que publicó una vez que salió victorioso de allí, la propuesta de Phillips hizo foco en algún lugar intermedio entre el folk, el rock fusión de Dave Matthews Band (a cuyo líder le emula bastante el registro vocal), y algún coqueteo sutil con el jazz. En su segundo desembarco porteño, la propuesta no se alejó de esa búsqueda. “Get Up, Get Down” puso de manifiesto ese histeriqueo entre la guitarra acústica de Phillips, y el groove macizo del baterista Gorden Campbell y el bajista JJ Smith. Casi pegada, “Lead On” redobló la apuesta. Ambas se diluyeron en extensas zapadas de virtuosismo (la última, con el trombón de Joel Behrman procesado por un wah-wah). Ya iban casi veinte minutos y sólo habían pasado dos temas.

Así se fue estableciendo la dinámica de la noche. Tras dos vueltas de estribillo, cada canción se convertía en una jam session extensa en la que, mientras sus músicos hacían gala de su talento, Phillips se limitaba a encogerse de hombros y ensayar morisquetas mientras rasgueaba con ductilidad su guitarra. “Raging Fire” ofreció la otra cara del asunto: el folk anabólico, como el que patentó Mumford & Sons, pero sin su barroquismo épico. Poco después, el fraseo atropellado e impronunciable de la estrofa de “Man on the Moon” se diluyó en una cita a “Give it Away”, de Red Hot Chili Peppers, y el gesto pareció funcionar, ya que ambas canciones comparten la misma métrica enrevesada.

“Digging in the Dirt” buscó llevar las cosas a un terreno un poco menos frecuentado. Con un aire blusero en slow motion, el clima devino en algo que durante el show parecía tan inminente como inevitable: un largo solo de batería. El exabrupto mutó de a poco en “Thicket”, donde Phillips se permitió abandonar lo más posible su guión, con una balada sostenida por un barrido casi metalero en su guitarra acústica, que tuvo como desenlace una zapada jazzera guiada por el Hammond rabioso del tecladista Bobby Sparks.

“Home”, en cambio, fue el cierre de todo esbozo conceptual. La canción que lo coronó como ganador del concurso de talentos estadounidense vuelve sobre esa intención de fogón de estadios y estribillos coreados. Antes de irse, Phillips reemplazó su acústica por una Telecaster, y el cambio no fue sólo estético. Con una guitarra eléctrica en sus manos, condujo a la banda hacia “Fly”, un rock espeso y sucio a medio tiempo, con su voz convertida en un desgarro, como un Jeff Buckley hecho a medida de la generación youtuber. Fue el momento más intenso de la jornada, pero también el más aislado. Al menos, hasta que se anime a electrificarse más seguido.