12/11/2017

Pez en Vorterix: todos los fuegos el fuego

Las múltiples formas de darle pelea al horror.

Martin Santoro / Gentileza

Va por el sexto tema de la noche y Ariel Sanzo se muestra ansioso. Canta sonriendo, haciendo rebotes con el cuerpo desde su lugar. La canción es “1986”, una de vértebras de Pelea al horror, último disco de Pez, que está presentando en un teatro Vorterix a sala llena. La versión suena más sónica que en el disco, tal vez rememorando aquellos días de Martes Menta. “Rebotando en Buenos Aires, curtiendo la ciudad”, entona el ex Minimal, y remata: “Yendo a Cemento o al Parakultural”. A simple vista, la coordenada espacio-temporal puede evocar un estado nostálgico, pero en realidad revela un espíritu que guía el camino de la banda y que esta noche se intensifica.

Durante casi 25 años, Pez nadó en las aguas del rock argentino con una soltura inusitada. Sin ataduras, sin predefiniciones, sin marketing. Hizo una carrera basada en esa libertad artística que irradiaban aquellos míticos antros porteños, regida por el mandamiento punk del do it yourself como modo de producción y patrón estético. Por eso, que hoy logre llenar espacios como Vorterix significa una pequeña victoria de los que bancan la posición.

Pez no tiene forma. Más bien, construye su propia forma en cada disco, a veces en cada canción. Aquella soltura artística, que en su dimensión material se representa en el lanzamiento de casi un álbum por año, le permite moverse por distintos géneros y estilos sin tener que rendir cuentas a nadie…incluso dentro de una misma noche, porque así como Pelea al horror es un buen resumen de las diversas facetas de Pez, el concierto de presentación fue su correlato carnal: un show de dos horas y media en mutación constante y manteniendo siempre el fuego en alto.

Primera forma: el protocolo. “Intro horrible”, “Carne roja” y “Días poderosos” abrieron el show, en el orden en que aparecen en el álbum. Tres canciones potentes, sabbatheras, en las que despliegan su costado hard-clásico. La banda sonaba fuerte, pero el sonido no era el mejor. De hecho, la falta de nitidez fue permanente, aunque eso no atentó contra el clima del recital. “Los orfebres”, de su homónimo disco de 2007, sirvió para calentar a un público que se mostraba más permeable a los clásicos que al nuevo material. Minutos después volvieron a lo flamante: los teclados de Juan Ravioli, la incursión estable más reciente de la banda, tomaron protagonismo en “1986”, para luego dar lugar a “Maestro linya”, con un encendidísimo Franco Salvador dándole golpes a la batería.

Primera mutación: “Como en el último Niceto, dividimos el show en dos, espero que se la banquen”, anunció Sanzo para dar comienzo a un segmento menos valvular, pero no menos intenso. “Todo lo que ya fue” del imprescindible El manto eléctrico (2014) le dio a Vorterix una atmósfera etérea. Mantuvo continuidad con “Más música”, de Rock nacional (2016) y “La Balada del Niño Mudo, El Perro Blanco y la Señorita Bettie” de su reciente disco. La calma se rompió con “El aprendiz”, dando inicio a un bloque denso y progresivo. Continuó con “Por siempre”, levantó vuelo en “El cantor” y estalló en “Lo que se ve no es lo real”, canción seminal de su primer álbum Cabeza. “Esta es quizás la primera canción de Pez”, indicó antes el frontman.

Luego de un “recreo” de 10 minutos, la banda volvió al escenario. En el sector de Sanzo se veía un atril con hojas. “Quiero ver, quiero entrar / nena, nadie te va a hacer mal”, comenzó a cantar el vocalista, dando puntapié inicial a uno de los grandes momentos de la noche, en el que la banda se despachó con una selección de canciones históricas y atípicas del rock nacional. El gesto no fue obvio ni populista, más bien, una declaración de principios de las múltiples influencias de las que se nutre Pez. Por ahí pasaron “Ando rodando” de Gustavo Santaolalla, “Atado a un sentimiento” de Miguel Mateos y una demoledora versión de “Blues de Cris” de Pescado Rabioso.

“Yo sabía / que a Santiago lo mató Gendarmería”. Luego de que la banda interpretara el tema que le da nombre al nuevo disco, el público embebido por el mandato de dar pelea al horror” y “bancar la posición” sintió la necesidad de hacer una descarga colectiva ante el contexto adverso y la figura de Santiago Maldonado fue aglutinadora. La postura contrahegémonica se reforzó con “Espíritu inquieto”, de Frágilinvencible (2000), y “La voluntad”, del último trabajo. Última mutación: una quena, un bombo legüero y una guitarra criolla se posicionaron al frente del escenario, demostrando que los prejuicios son cosa de otros: “El viaje”, de Hoy (2006), abrió un bloque de tradición y raíces folklóricas. Continuó con “Caminar” del disco -obvio- Folklore y cerró con “Sueño”, de El Porvenir (2009), transformando a Vorterix en una peña electrificada y vibrante.

“Planta la planta que corta el circuito del mal”, sugirió Sanzo en “Parte de la solución”, un hard rock que recordó que por más que los caretas del reggae se lo quieren llevar, el porro es del metal. Al igual que el álbum, continuaron con “La paciencia de la piedra”, transformándose una vez más, esta vez hacia un trip psicodélico y pesado. Para el final, la esencia Pez. Despojados de todo arreglo progresivo, los últimos temas fueron himnos de su costado hardcore-punk: “Último acto”, “Fuerza” y el cierre con “Introducción Declaración Adivinanza”. Todos, banda y público, prendidos fuego. “No quiero convencerte / no quiero seducirte / hago esto porque ésto soy / y no tengo otra opción”, grita Sanzo en esta canción del álbum debut de 1994, con el mismo ímpetu que en aquellos tiempos. La paradoja es que más de dos décadas después sigue sonando convincente.