10/10/2016

Pez, Los Brujos y más en el Festival Konex 10 Años: una noche en el Abasto

Lo nuevo y lo consagrado, juntos bajo un mismo techo.

Apenas 300 metros separan a dos de los espacios sin los cuales sería imposible explicar la cultura rock de este siglo en Buenos Aires. De un lado de las vías del Sarmiento está República Cromañón, cuya noche trágica de 2004 destruyó lo que el propio Omar Chabán definió como la "ideología de la bengala" y provocó un parate instantáneo, aunque temporal, del under. Cruzando el túnel, la Ciudad Cultural Konex es un reflejo de la reconversión de la escena: una vieja fábrica reciclada como reducto artístico al estilo europeo, capaz de recibir a públicos disímiles, reinventar el aguante como "experiencias" y servir, a la vez, como caldo de cultivo y escenario consagratorio de los nuevos lenguajes musicales que comenzaron a ver la luz.

Los festejos por los primeros 10 años del Konex tenían, como premisa subyacente, dar cuenta de ese logro. A las actividades esperables (una presentación de La Bomba de Tiempo y un recital de Onda Vaga más un homenaje a Luis Alberto Spinetta, quien inaugurara el complejo en 2006), se incluyó una fecha única, denominada simplemente El Festival, convocada con apenas dos semanas de antelación y con un lineup de una decena de artistas. Si los nombres de la grilla (de Pez a Bestia Bebé y de Rosario Bléfari a Octafonic) no eran suficiente demostración del poder de fuego del edificio del Abasto, la gran convocatoria de público desde las primeras horas de la tarde del sábado permitían confirmar la tesis inicial.

En el primer turno, Sambara aprovechó la oportunidad para darse a conocer ante una platea de origen variado, con foco en el reciente Siempre hubo riesgo en el aire. Los momentos de gran potencia sonora que consigue la banda liderada por Federico Schujman se encastraron a la perfección con Octafonic, encargado de abrir el escenario del patio. Es su incomparable propuesta la que revela uno de los pasajes más atractivos de la jornada: una mixtura atrevida y prolija que puede pasar del funk al trance ("Sativa") y del jazz al nü metal ("Monster") cuando se lo proponen.

Rosario Bléfari aparece en el escenario puntual, se para en el medio de la banda armada para la ocasión –Pipe Villarán y Alejo Auslender en guitarra, Nicolás Merlino en bajo y Federico Orio en batería- y de a poco esboza la letra de “Desubicado” como preludio para aquellos que van llegando: “porque su lugar es cualquier otro, porque nunca está en su lugar”, dispara. La ex Suárez despliega su cancionero repleto de baladas en clave indie y que tienen al amor como principal leitmotiv, pero por momentos ese monólogo sentimental se torna amargo y rompe en gritos en canciones como “Intactos” o “Lobo”, elegida para cerrar el espacio de la única artista femenina de la grilla.

En el atardecer, Poseidótica construye un calculado in crescendo, que le permite capturar al público de Bléfari para luego dejarlo a las puertas de su rapto psicodélico con sonido progresivo. La participación de Maxi Russo, trombonista invitado, aportó un color atractivo para una banda que sabe combinar potencia y suavidad. En la segunda mitad del bloque instrumental, Morbo y Mambo apuntó a crear distintas texturas sonoras, recorriendo canciones de sus distintos discos -como "La espada de Cadorna" (Morbo y Mambo, 2011) y "R Funke" (Boa, 2015)- y guiando al público al baile. Casi al finalizar, la banda compartió temas nuevos, como el ochentoso "Panama Papers".

"Cielo, no hay pruebas de que exista la vida después de la muerte", canta Ariel Sanzo, líder de Pez. Frente al mayor caudal de público de toda la fecha, el artista antes conocido como Minimal pone el volumen en 10 para arrancar el prime time. Aunque canciones como "Os garcas" o "¡Vamos!"  se vieron afectadas por fallas intermitentes de audio, las consolas funcionaron a la perfección para presentar a "La voluntad", un rock crudo con mensaje Just Do It. El toque bluesero de "Todo lo que ya fue" (El manto eléctrico, 2014) abrió el camino para "Disparado" y "Bettie al desierto", dos buenos ejemplos de la calidad compositiva de Sanzo. "Ver acá a tantas bandas juntas me dio ganas de... ojo con el Festipez, stay tuned!", disparó el cantante poco antes del final; será cuestión de esperar el anuncio.

El show de Daniel Melero arrancó con dificultad, porque los músicos aún seguían probando sonido al momento de comenzar y porque el público llegaba a cuentagotas al escenario de las columnas. Con elocuencia, el frontman sortea la tardanza: "Comprendan, esto es más que una fiesta”, dice, y minutos más tarde empieza a sonar “Amor difícil” y “No dejes que llueva”. Esos primeros temas serán una muestra del binomio que imperará el resto del show, pasando por lo tecno y electrónico -“Pavimento”- a las melodías más amables de canciones como “Amistad” (ambos de su último disco, Atlas) y “El mundo será nuevo”. La elegante “Amazona” fue la pieza seleccionada para el cierre.

Unas máscaras circulares con la foto de Ricky Rúa generan el momento de homenaje esperable al promediar la presentación de Los Brujos. "Buen humor puedo compartir, amor", canta Alejandro "ZPQ" Alici inmediatamente después. La elección de una pieza como "Buen humor" (del último disco, Pong!), cargada de alegorías sobre cómo salir adelante en una situación de pérdida, demuestra que la postura oficial de la banda tras la muerte de su "amigo genio performer" es la misma que eligieron a la ahora de reconfigurar su vuelta a los escenarios en 2014: respetar el pasado y construir un futuro. La combinación de energía e histrionismo sobre el escenario, fluctuando de la distorsión pura al toque sónico, supo crear uno de los picos artísticos de la noche.

Sobre el cierre, Bestia Bebé presentó su propuesta clásica basada en la simpleza, el tempo rápido y la interpelación al público para el agite, una apuesta en la que Los Brujos ya se había coronado ganadora. No obstante, el pogo por parte de un núcleo duro de fieles se mantuvo firme, tanto en clásicos como “Luchador de Boedo” y “Lo quiero mucho a ese muchacho” como en las canciones con ritmo acelerado de su último disco, Jungla de Metal 2 (2015), que se colaron a lo largo del set. La presentación terminó de forma algo abrupta debido a las restricciones horarias; de haber llegado apenas unos minutos antes la noticia de que Fantasmagoria no podría presentarse en el final de la noche, la banda de Tom Quintans hubiera podido mostrar algo más del show que los llevó hace apenas una semana al teatro Vorterix.

La grilla de El Festival, ecléctica aunque orgánica, con voces nuevas y artistas consagrados en un mismo espacio, sirvió como gran botón de muestra del estado del arte del rock argentino. Que unos y otros puedan convivir bajo un mismo techo es, indudablemente, una buena noticia. La buena salud de recintos como el Konex, en el marco de una nueva ola de clausuras desmedidas a centros culturales, es también una luz de esperanza colectiva.