13/11/2017

Personal Fest 2017, día 2: qué fantástica esta fiesta

PJ Harvey, Phoenix y Fatboy para la victoria.

Cecilia Salas

La apuesta a ciertos extremos signó la segunda fecha del Personal Fest 2017: en los cuatro escenarios se generaron atractivos bien diferentes como para atraer a públicos también distintos, o para ampliar el gusto de quienes saludablemente decidían ver qué onda. Hubo desde artistas que tomaron a rajatablas el manual festivalero hasta quienes se plantaron con su propuesta como si estuvieran tocando “solos y de noche”, desde versiones de David Bowie traducidas al portugués hasta electrónica chirriante que generó una suerte de fiesta aparte. Y hay que decirlo una vez más: el retorno al Club Ciudad marcó también el regreso a las fuentes del festival, con una grilla internacional y una producción ídem, más el agregado de novedades bienvenidas como la multiplicación de puestos de hidratación. Con la mesa bien puesta, lo que siguió fue un banquete de músicas variopintas. A saber…

Así como el periodista Peter Shapiro vio en la música disco el médium para la integración racial y en la pista de baile el lugar para vivirlo, Fatboy Slim propuso, en una escala menor, una suerte de integración generacional. Haciendo las veces de coda festivalera post Phoenix, el set del inglés recuperó guiños a gran parte de música bailable de todas las épocas tomando herramientas de la EDM y el dubstep. De entrada, arremetió con “Apache”, de la Incredible Bongo Band, el tema más sampleado en la historia del hip hop, y llegó en pocos pasos a “Zombie Nation” de Kernkraft 400, un himno tecno del siglo XXI que el día anterior había sido parte del repertorio de Solomun en Mandarine Park y el año pasado del de Jack Ü (Skrillex + Diplo) en su sideshow del Lollapalooza.

Acompañado por visuales que combinaron imágenes abstractas con algunas bien concretas (el zoom al ojo de tigre durante “Eye of the Tiger”), el precursor del big beat echó mano a su expertise para cambiar de intensidades siempre con referencias cuasi universales: de jugar al scratching con James Brown presentando “Sex Machine” en Top of The Pops a explotar los bajos con “I See You Baby”, de Groove Armada, y “Fancy”, de Iggy Azalea. Para el cierre definitivo, retorció las perillas de su moduladores para que el momento autocelebratorio con “Right Here, Right Now” y “Praise You” tuviera esa cuota de artesanalidad rave. Toalla en una mano, saludo en alto en la otra, Fatboy Slim se retiró del escenario con la prestancia de esos anfitriones que nunca miran el reloj frente a sus invitados.

Si el show de Jack Johnson del sábado apostó por la economía de recursos y una serie de gestos mínimo, el domingo Phoenix apeló al otro extremo: el de los golpes de efecto como pivotes inamovibles de una estructura hecha a escala de un cierre de festival. Thomas Mars y los suyos tienen élégance de sobra para acudir a una serie de recursos que en poder de otro serían una sucesión torpe de gestos grandilocuentes, pero que en sus manos pasan a ser sutilezas bien utilizadas, y el agregado nada desestimable de un sonidista capaz de manipular el audio de todos los instrumentos en tiempo real.

Ti Amo, el disco que trajo a Phoenix a Buenos Aires por cuarta vez en 10 años, abunda en guiños a la cultura ítalodisco, y lo que en estudio suena de más estructurado -canciones como “J-Boy”, “Tuttifrutti” o la que le da nombre al álbum- cobran en vivo un groove más vigoroso por el juego entre lo sintético y lo orgánico, gracias al agregado de un baterista. Incluso, la banda se permite de colar “Sunskrupt!” a mitad de su set, una pieza que en siete minutos va del retrofuturismo oscuro al EDM con pulso humano, y de ahí a un final épico y marchante.

Con una puesta de luces y un juego de visuales tan impactante como sobrio (destellos, contraluces, algunos pocos baldazos de color), Phoenix diseña sus shows con cierta lógica babasónica: lo más remoto va dejando lugar a lo más reciente, disco tras disco. Eso hizo que las incursiones al pasado fueran más bien escasas, con el pop guitarrero de “Long Distance Call”, el mash up entre “If I Ever Feel Better” y “Funky Squaredance” como únicas concesiones. El recurso dejó fuera de la lista a varias canciones (“Too Young”, “Everything Is Everything”, “Run Run Run”, por nombrar algunas), pero que compensa con el rol de animal escénico que compone Mars, un tipo de estampa aliñada y calculada al milímetro, que no duda en zambullirse en el medio del campo para comandar una rave improvisada durante la coda de “Ti Amo Di Piu”. Agite, sí, pero sin desordenarse el peinado.

Es difícil de medir -aunque no de percibir- la inyección de energía que Los Fabulosos Cadillacs recibieron desde su propia progenie: desde que entraron a la banda Florian Fernández Capello y Astor Cianciarullo, el grupo parece haber rejuvenecido y haberse reencontrado desde una perspectiva más fresca con su propio repertorio. Vicentico y Sr. Flavio se divierten arriba del escenario y trasladan esa sensación al público, Sergio Rotman se reparte entre el saxo y el agite, Fernando Ricciardi hasta se anima a cantar en el cierre del show… Y ese espíritu se contagió al público cadillac, que se pasó levemente de rosca coreando mientras en el escenario de al lado PJ Harvey desplegaba su magnetismo en un estilo diferente al del grupo.

En el Personal Fest, LFC presentaron una lista explosiva, desde el inicio con “Mi novia se cayó en un pozo ciego” hasta el final con “No me sentaría a tu mesa” (con los músicos intercambiando instrumentos). Clasicazos, obviamente, de la época en que la banda quería morir tocando ska. Y en el medio, un poco de cada cosa: de lo nuevo (“El fantasma” y “La tormenta”), lo ya probado pero en versión remozada (“El aguijón” con partes hardcore, “Saco azul” muy rockera), y todo lo demás también: “Demasiada presión”, “El genio del dub”, “Siguiendo la Luna”, Vasos vacíos”, “Mal bicho”, “Matador”, “El satánico Dr. Cadillac”… El león del ritmo volvió a rugir y tiene las garras más afiladas que nunca.

Mientras Utopians daba su último concierto en el escenario Indoor, en el Huawei el clima era otro. “Bienvenidos a un show muy especial de dos artistas, el primero en carne y el otro en espíritu”, explicó un presentador previo a la salida de Seu Jorge, que contempló una colección de canciones de David Bowie en modo bossa nova. Es que, para el brasileño, el cambio en su vida llegó en 2003, cuando Wes Anderson lo incluyó en su película Vida acuática, protagonizada por Bill Murray. “Yo estaba tranquilo en casa cuando sonó el teléfono y me preguntaron si conocía a Bowie. Les expliqué que en la favela de Río de Janeiro escuchamos otras cosas”, bromeó el cantante, previo a tocar “Changes”. Desde ahí, el recital se mantuvo en un ritmo constante e íntimo a través de todo el soundtrack de la película: “Ziggy Stardust”, “Rebel Rebel”, “Starman” y “Life on Mars?”, entre otras. Luego, quedó flotando una duda: ¿qué pasaría si un argentino se aventurara solo en tierras brasileñas a contar chistes con una guitarra?

“Ya estás grande como para ser tan tímida”, cuenta Elena Tonra que le dijo “aquel chico que me internó en la noche” en la letra de “Candles”, una de las canciones que formaron parte del set de Daughter. Probablemente eso mismo haya pensado para sus adentros en el momento en el que decidió pararse en escena y bancar los trapos, apenas con su guitarra como compañera, mientras el resto de la banda intentaba surfear inconvenientes técnicos. La apuesta minimalista logró aglomerar al público, hasta entonces disperso entre distintos escenarios, stands comerciales y activaciones de marca, en torno a una causa común: acompañar a los ingleses en su lucha contra la adversidad declamada. “Vamos a tener que volver muy pronto”, aseguró el guitarrista Igor Haefeli tras la ovación minutos antes de terminar el set, demostrando que las melodías indie, bañadas de pose underdog, siempre lograrán la empatía deseada.

En el momento de la tarde en el que sol pegaba más fuerte sobre el predio, The Black Angels tuvo la tarea implícita de aportar una cuota de oscuridad y mala vibra en un momento del día y un escenario que sugería todo lo opuesto. Con el foco clavado en el flamante Death Song, la banda de Austin apostó por un set en el que la invocación al trance llegó a través de chispazos valvulares y climas nebulosos, pero también a través de visuales psicodélicas. Sin más que un escueto “gracias” cerca del final, el grupo liderado por Kyle Hunt evitó todo tipo de intervención extra musical, y sostuvo un set que se paseó entre esbozos desérticos (“Bad Vibrations”), riffs en cámara lenta (“Hunt Me Down”) y viajes mentales propulsados por estallidos guitarreros (“Comanche Moon”, The Prodigal Sun”). Los aires proto stoner de “Young Men Dead” y su larga zapada final terminaron de redondear la propuesta de The Black Angels, como si los integrantes de Black Rebel Motorcycle Club fueran con sus Harley Davidson al medio del desierto de Mojave a comer hongos antes de colgase sus instrumentos y ver qué onda.

“Esta es para los cumbieros”, gritó en un español perfecto Alan Palomo, líder de Neon Indian, mientras los rayos de sol rebotaban contra el escenario Personal. Acto seguido, la promesa se cumplió con “61 Cygni Ave”, que mostró el eclecticismo de una banda que no duda en dejar ver las mixturas que se anticipan desde los lugares de nacimiento de los músicos: el cantante y el bajista, su hermano Jorge, nacieron en México, mientras que el resto son de los Estados Unidos. La amplitud de sus sonidos, derivado de un batallón de teclados, sintetizadores y controladores, marcó el ritmo pop de la tarde, desde la onírica “Dear Skorpio Magazine”, el intento de reggae en “Annie”, y la sintetizada “Slumlord”. Y, a pesar de que sobre el final el quinteto tuvo que volver a arrancar un tema por un problema técnico, la prueba fue ampliamente superada. Por el momento que duró el show, el Club Ciudad se transformó en un viaje psicodélico a través de los valles texanos, pero a bordo de una nave new wave.

Es difícil pensar en Whitney sin que la referencia a The Band aparezca en juego. Más allá de que la omnipresencia sonora del piano Rhodes de Malcolm Brown o que el rol de cantante esté a cargo del baterista Julien Ehrlich (un paralelismo que evoca a Garth Hudson y Levon Helm, respectivamente), su propuesta se construye sobre un pop con ínfulas souleras que van de la introspección luminosa (“Golden Days” y “On My Own”, que terminó con Ehrlich abandonando su instrumento para fundirse en un beso apasionado con el bajista Josiah Marshall) al baile melancólico (“Light Upon the Lake”, “The Falls”). Para que la comparación no sea azarosa, la banda de Chicago sumó a su set un cover de “Tonight I’ll Be Staying Here With You” de Bob Dylan, en la versión que él tocaba con… The Band. “Tuvimos que viajar a las cuatro de la mañana para poder tocar para ustedes, pero mañana tenemos un día libre. Si nos ven por ahí, dennos recomendaciones y paseemos juntos”, remató Julien, porque toda gira es válida para hacer un poco de turismo citadino.

Textos de Sebastián Chaves, Roque Casciero, Joaquín Vismara, Ignacio Guebara y Guido Scollo. Fotos de Cecilia Salas y gentileza Personal.