18/05/2016

Paul McCartney en La Plata: el superhombre entre nosotros

Para el ex beatle, la canción sigue siendo la misma.

Beto Landoni / Gentileza T4F

Un hombre de 73 años sube al escenario. Vestido de jean, saco azul y camisa celeste, dos horas y media después, ese hombre no ha parado de cantar, bailar y tocar rock and roll. Ese hombre no pifia una nota en ningún momento, ni desde su bajo, ni desde su guitarra, ni desde su piano, ni desde su garganta. Ese hombre, además, viene salvando al mundo con canciones desde hace más de 50 años. Ese hombre está parado delante de más de 40 mil personas en el Estadio Único de La Plata y se llama Paul McCartney.

A las 21.15, al igual que en toda la gira, "A Hard Day’s Night", un himno obrero a la alegría construido sobre un acorde enrevesado y un riff sureño, dio comienzo al primero de los dos shows que el beatle tiene pautados en La Plata. Sin mediar palabra, "Save Us" fue una demostración de vigencia. No importa si la canción fue escrita en 1964, en 2013, o si lleva la firma de Paul: será difícil argumentar en su contra. "Buenas noches. Hola, chicos", dijo, ahora sí, en la primera de varias interacciones con el público, siempre yendo y viniendo del inglés al castellano.

"Can't Buy Me Love", otra de la etapa beat de The Beatles, "Letting Go", de los 70 en Wings, y "Temporary Secretary" (brit pop meets Kraftwerk) fueron otro paseo azaroso por épocas distantes que, en vivo, Macca y su cohorte de músicos de aptitudes sobradas se encargan de poner a la misma altura. Después de un solo de guitarra incendiario en la coda de "Let Me Roll It", Paul se sentó al piano para demostrar que siempre supo cómo cantarle a sus amores. Primero "My Valentine", una balada con estirpe de standard jazzero dedicada a Nancy, y "Maybe I’m Amazed" después, para tensar los agudos y recordar a Linda.

Apenas algunas imágenes en la pantalla de fondo y un discreto juego de luces dieron a la primera mitad del show un carácter intimista que se condecía con lo propuesto por el quinteto. Del piano a la guitarra acústica con más frases en español en modo celebración y "We Can Work It Out" inició el segmento itinerante que terminó con "And I Love Her" en versión de fogón caribeño.

Una vez demostrado, como si todavía hiciera falta, que la canción está por encima de todo, los artilugios visuales comenzaron a darle al show su carácter de estadio. "Blackbird" (esa melodía preciosista en épocas de experimentación sonora) y "Here Today" (dedicada a Lennon) tuvieron a Paul elevado en soledad sobre una plataforma. Ya sentado en el híper colorido piano de pie, "Queenie Eye" recuperó el pulso rockero y el espíritu lúdico desde una letra que lo retrotrae a un juego de la infancia.

Paul McCartney tal vez sea el mejor orfebre que ha tenido la canción pop en su historia. La fórmula verso-puente- estribillo, ha sido siempre para él un dogma incorruptible del cual sólo se puede probar su consistencia. Entonces, luego de visitar su último disco volvió a echar mano a ese cancionero de la humanidad que es The Beatles. En "The Fool On The Hill" fue bordando melodía y contramelodía con la paciencia de una abuela que se hamaca frente a la estufa a leña.

Después de "FourFiveSeconds", el crossover generacional en colaboración con Rihanna y Kanye West, McCartney se dedicó a mostrar sus cucardas. Las pantallas dispararon imágenes psicodélicas, las luces se proyectaron por todo el estadio y "Something" (mención a Harrison incluida) fue el pivot entre repliegue y despliegue. Del comienzo en ukelele al final con banda completa, encendió la mecha para el spring final. "Ob-La- Di, Ob-La- Da", "Band on the Run" y "Back in the USSR" fueron el tridente de sinergia rocanrolera que bajó la velocidad en "Let It Be". Pero el final debía ser de dimensiones colosales, entonces "Live and Let Die" fue acoples, explosiones, fuegos artificiales y robustez sonora. Una versión extendida de "Hey Jude", con toda su carga emotiva y coreable de góspel despigmentado, fue el cierre formal.

Para los bises, Paul se calzó la guitarra y confirmó que "Yesterday" nunca estará lo suficientemente trillado como para que deba dejar de tocarla y en "Get Back" compartió frecuencias bajas con una niña del público. "The End" fue, como si se tratara de los créditos de una película, el tema final de la noche. Después de dos horas y media de un show en el que cada momento fue una caricia al inconsciente colectivo de los presentes, resulta difícil decidir quién envejeció mejor, si Paul McCartney o sus melodías. Lo que sí se sabe es que, gracias a él, la canción siempre será el más maravilloso lugar común.