24/03/2019

Paul McCartney en el Campo Argentino de Polo: soy leyenda

Y en el final, el amor que te llevás...

A sus 25 años, Paul McCartney fantaseó con su propia vejez en “When I’m 64”, una fábula sobre salidas dominicales, paseos con sus nietos y alguna escapada veraniega si el presupuesto y el cuerpo lo permitiesen. Más de medio siglo después, el pronóstico no podría ser más errado: a sus 76, el exbeatle está lejos de mostrar signos de deterioro y sigue siendo capaz de cargarse al hombro un show sin fisuras durante casi tres horas, dejando el escenario con la sensación de que podría hacerlo durante otras tantas más si así lo desease.

Ante un Campo Argentino de Polo desbordado (y con serias falencias de sonido para el sector trasero), McCartney dio inicio a su show de la misma manera que tres años antes en el Estadio Único de La Plata. Tras el chasquido de la guitarra de 12 cuerdas de Rusty Anderson, “A Hard Day’s Night” demostró la vigencia del repertorio beatle y también de su representante en la tierra. Acto seguido, el glam sin androginia de “Junior’s Farm” sirvió para recordar que Macca también tuvo una banda llamada Wings aunque, tras el primero de varios intentos de hablar español, el repertorio de los Fab Four volvió a copar la parada con “All My Loving”. “Letting Go” y “Got to Get You Into My Life” sonaron enriquecidas con el aporte de una sección de vientos, y “Who Cares” aportó la otra cuota de novedad a su show: las canciones de Egypt Station, publicado el año pasado.

Tras cambiar su bajo Höfner por una Gibson Les Paul colorinche, Paul McCartney comandó un bloque guitarrero que arrancó con “Let Me Roll It” y su coda con guiño a Jimi Hendrix y su “Foxy Lady” (de un zurdo notable a otro) y siguió con "I’ve Got a Feeling”, que tuvo al baterista Abe Laboriel haciendo las veces de John Lennon. Ya ante el piano de cola, “Let ‘Em In” ayudó a reducir intensidad antes de los aires de balada jazzera de “My Valentine”, y “Nineteen Hundred and Eighty-Five” recuperó el costado épico de Wings. En el cierre del segmento, “Maybe I’m Amazed” evocó a Linda como pívot sentimental y anímico tras el salto al vacío post dimisión beatle.

Con la banda mudada al frente del escenario y con instrumentos acústicos, el proto country de “I’ve Just Seen a Face” abrió un segmento de fogón que pasó por su prehistoria compositiva con”In Spite of All the Danger” (de The Quarrymen, o los Beatles antes de los Beatles) y “From Me to You”. Después que Laboriel dominase “Dance Tonight” coreografía mediante y “Love Me Do” pusiera a los músicos a jugar al skiffle, McCartney quedó solo en el centro del escenario. Y ahí, lo (en teoría) imposible: frente a 65 mil personas, Sir Paul logró crear un grado de intimismo infranqueable. El preciosismo de “Blackbird” -y una voz que de a poco da señales de paso del tiempo- sumado a ese diálogo pendiente con Lennon planteado en “Here Today” duplicaron su cuota emotiva con el recordatorio de que ese superhombre indestructible es tan mortal como el resto de nosotros.

Con un piano vertical de vivos psicodélicos y pantalla LED en su frente como yeite escénico, “Queenie Eye” y “Lady Madonna” aportaron pop de ínfulas souleras, un segmento diáfano que tuvo su extremo opuesto en la melancolía fúnebre de “Eleanor Rigby”. De vuelta en la senda poptimista, y a diferencia de lo que sugiere su versión de estudio, “Fuh You” demostró ser una gran canción en vivo, despojada de cualquier artificio de laboratorio sonoro. Envalentonado, McCartney homenajeó a sus dos compañeros ausentes con canciones beatle de su autoría. Primero fue el turno de la psicodelia circense de “Being for the Benefit of Mr. Kite!”, plagada de estímulos visuales y con Macca a cargo de la línea de bajo más exquisita de la noche; luego, ukelele en mano, “Something” hizo justicia al aporte compositivo de George Harrison.

Ya sin necesidad de hacer más concesiones a su pasado más reciente, “Ob-La-Di Ob-La-Da”, “Band on the Run” y “Back in the U.S.S.R.” marcaron terreno de menor a mayor (o de ska juguetón a rock hecho y derecho), antes de que McCartney volviese a instalarse tras el piano de cola. Así, “Let It Be” alcanzó un nuevo nivel de belleza con el agregado de la sección de bronces, y “Live and Let Die” ofreció la cuota opuesta: acoples, explosiones, llamaradas , fuegos artificiales e imaginaria bondiana. De vuelta al centro del escenario, “Hey Jude” fue el cierre formal, con el exbeatle oficiando de director de un coro de 65 mil voces.

A diferencia de otras ocasiones, esta vez los bises no tuvieron lugar para aminorar la marcha. “Birthday”, o la canción entendida como un riff en desarrollo constante, fue la primera parada de un segmento final dedicado a la obra beatle. Con imágenes a tono en la pantalla, el reprise de “Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band” se fundió en una versión intensa y cruda de “Helter Skelter”, antes de la despedida concreta con el medley de Abbey Road (“Golden Slumbers”, “Carry That Weight” y “The End”). Ovacionado bajo una lluvia de papeles de colores, serpentinas, humo y más fuegos artificiales, McCartney recurrió una vez más al español para despedirse con un “Ustedes son grosos”, a tono con ese recordatorio de que, en el final, el amor que te llevás es igual al amor que diste.