14/11/2016

Music Wins 2016: indies del mundo, uníos

El sol salió para que ganara la música.

Apenas terminado el show de Mac DeMarco, varios cientos de personas se cruzaban en el camino de acceso a los escenarios montados en Tecnópolis: los que se iban, en general, eran más jóvenes que los que acudían raudamente a ver a Primal Scream y quedarse al cierre a cargo de Air. Pero, más allá de los gustos y las diferencias generacionales, la segunda edición del Festival Music Wins funcionó como ámbito de contención y placer para quienes no tienen demasiado interés en el rock que se escucha en las radios de rock, y que privilegian -tanto con espíritu de búsqueda como con esnobismo- el costado menos "obvio" de esta cultura. Y para el disfrute ayudaron la buena disposición de los tablados, una tarde apacible después de la tormenta y hasta la posibilidad de tomar una cerveza entre tanto festival abstemio, aunque eso de hacer cola para comprar tokens para hacer cola para comprar birra debería ser revisado a futuro. Pero si la música ganó fue porque lo más importante sucedió arriba de los escenarios.

Es difícil tomarse en serio a Mac DeMarco: el tipo salió a escena con una gorra blanca y chaleco de pescador, y se puso a boludear entre tema y tema con el guitarrista Andrew Charles White. Así, el show del canadiense terminó convirtiéndose en una cruza entre un concierto convencional y un espectáculo de stand up, en el que además de anunciar el side show del miércoles en Niceto invitaro a pasear por el cementerio de la Chacarita. "Mañana me voy a matar y me van a enterrar ahí, no se lo pierdan", dijo el violero. Y después de que éste anunció que contuvo la respiración durante todo un tema, el cantante dijo que su compañero bigotudo se aprestaba a batir el record de permanencia bajo el agua del mago David Blaine. "Pero él es un ilusionista, yo soy una persona real", cerró la humorada White. Más tarde, ambos cantaron el "Feliz cumpleaños" y se engancharon en el "Olé olé olé, Marcó, Marcó" (?) del público.

Pero la música de DeMarco no es joda: la melodía es la reina, incluso si por momentos el despelote le gana a la prolijidad, y las guitarras suenan tan cristalinas que a veces parece que pudieran resquebrajarse con el empuje de la base. En su nueva visita a Buenos Aires, las palmas surgieron naturales con la cadencia"Without Me", todos aplaudieron la dedicatoria del cantante a su novia en "My Kind of Woman" (del mini álbum Another One) y el brillo de "Stars Keep On Calling my Name" no se vio opacado por las humoradas del canadiense. Ni por el "baile interpretativo" de White...

"Hola, gracias. ¡Nosotros somos Michael DeMarco!", se reía Tomás Justo Gaggero entre "Mi CD B" y "Avión". Ahí arriba, en el techo de un viejo colectivo Mercedes-Benz 1114 devenido en escenario itinerante, los Michael Mike disfrutaron de su vuelta a las andadas a pesar de estar compitiendo con uno de los números fuertes de la noche. La versión 2016 de la banda se aleja un poco del coqueteo con el rap y abraza al tecno con fruición, con teclados y sintes como caballitos de batalla. De a poco, la callecita interna de Tecnópolis se empezó a llenar con bailarines espásticos en una especie de flashmob. "Quisiera corromper la canción que oí ayer / Creo en el espacio y en los cuerpos también", declamó Justo en "Lo que a vos el amor"; la pequeña multitud cumplió y dignificó.

Con una guitarra tremolada y una pandereta llena de eco, The Brian Jonestown Massacre empezó su invitación en trance hasta que "Geezers” se convirtió en un calidoscopio sonoro. En pleno viaje mental, el show se sostuvo con la interacción entre Anton Newcombe, en su rol de líder supremo de su propio proyecto, y Joel Gion, convertido en maestro de ceremonias pasado de ponche de ácido lisérgico. Conforme pasaban los temas, la versión de la psicodelia según Newcombe y compañía cambiaba de color y forma: valvular y retro cuando repasaba las canciones de Take It From the Man! y ...And This Is Our Music, y más acelerada y sostenida por teclados cuando las cosas se acercaban en el tiempo al abordar Mini Album Thingy Wingy y Revelation.

A medida que el recorrido avanzaba, el telón sonoro se volvía cada vez más lisérgico, y también quedaba en claro porque en la disputa documentada en el film DiG! el ganador del voto popular fue The Dandy Warhols. Mientras Courtney Taylor-Taylor y compañía no le temen a simpatizar al gusto masivo, Newcombe le rehuye a la idea ("Pish" podría serlo, pero no mucho más). Todo suena hipnótico, etéreo, compuesto e interpretado más allá de las puertas de la percepción. Cada coda instrumental plagada de estímulos sonoros es una ventana al trip personal del cantante, y sumarse al viaje es tan inevitable como disfrutable.

El set de Valentín y los Volcanes puede pensarse como un resumen del indie argentino actual. Siempre con el sello de Él Mató como rector ético y estético, el grupo liderado por Jo Goyeneche se dio el lujo de añadir elementos exóegnos atendiendo siempre a la austeridad. Por un lado, "Costanera" recuperó, aunque sólo de manera evocativa, la melancolía de arrabal que es insignia de Acorazado Potemkin; por otro, un teclado de resonancia kraut (a la manera de los extintos Go Neko!) interrumpió el devenir desganado de "El tonto". En el medio, la melodía de "Sonámbulos", que pareció haber nacido en la casa de al lado de los Viva Elástico, fue un atisbo de hit. Como aderezo principal, un par de humoradas respecto del festival: "Podríamos pedirle a Mac DeMarco que baje un poco el volumen" y "No somos adeptos a este tipo de festivales, pero conseguimos que un par de amigos se cuelen".

“¿Qué quiere escuchar primero?”. En un español chapucero, Alex Ebert empezó el show de Edward Sharpe and the Magnetic Zeros a la carta, cediendo en sus fans la decisión de con qué comenzar su show. Lo que siguió fue esa suerte de gospel indie llamado “Man on Fire”, con su líder convertido en un pastor evangelista que comulga con un ecovaso como cáliz y que baja a predicar al campo con sus feligreses. “¿Bailan o no? Vamos, no necesitan música para hacerlo”. Un ademán de Ebert frenó en seco a la banda para que el público siguiera sus órdenes poco después  en  “I Don’t Wanna Pray”, propulsada unos minutos más tard por un acordeón rural y una base rítmica a la velocidad de una locomotora antigua.

Al rato, Ebert amenazó con tocar un tema compuesto hace poco con una letra en español -“con palabras que desconozco”, confesó-, y la escena se prolongó un poco más de lo debido, hasta que “They Were Wrong” apareció como una opción bastante más sensata. Tocó “Instant Karma! (We Al Shine On)” de John Lennon y la vivió como propia, envuelto en un trance personal, a tal punto que la fundió en una larga zapada psicodélica de su autoría. De a poco, la fórmula neo hippie se reiteró y algunos recursos (como que cada vez que giraba el micrófono al público, alguien le respondiera en perfecto inglés) invitaron a sospechar del factor de espontaneidad, pero el combo encontró en el hit “Home” su redención, el equivalente sonoro a una versión de La familia Ingalls en pleno viaje de ácido.

¿Qué artista puede "maridar" correctamente con un escenario que se asemeja más a un local de ropa de Cariló que a un stage festivalero? Entre árboles, sofás espolvoreados entre el campo y varios centenares de adolescentes sentados sobre el pasto, La Familia de Ukeleles desplegó una propuesta coherente con público y espacio, poniendo las cuerdas (ukeleles, sí, pero también banjo, violín y contrabajo) al servicio del swing general. Cuando se aleja de la norma indie alla Onda Vaga ("Eres fea") y abraza un cruce más auténtico entre el folk y el bolero, la banda liderada por Melisa Muñiz encuentra su lugar en el mundo.

"History Eraser", el tema con el que abrió su set, alcanzó para entender por qué Courtney Barnett es la nueva princesa del indie: con actitud desvergonzada para ir al frente, la australiana cruza la cadencia en el fraseo de Lou Reed ("Debbie Downer") con la enjundia guitarrera de los Kinks ("Sleepless in New York") y la fiereza de Nirvana (sobre todo en "Pedestrians at Best"), todo pasado por un filtro de Instagram. Entre solos de guitarra ruidosos ("Puppies") y atmósferas intensas ("Kim's Caravan"), la cantante logró encender a sus fans, que se agolparon frente al escenario, pero también captar la atención de los "neutrales", que aplaudieron tras el cierre con "Blah" (otra de las canciones que remite a los hermanos Davies, con una dosis de mugre indie convenientemente adosada).

"Gracias, Buenos Aires. Es bueno estar de vuelta", saludó Kurt Vile a la masa. A diferencia de su paso por estas tierras hace cuatro años, con Thurston Moore como tutor, el ex The War On Drugs pisó suelo porteño únicamente acompañado de su banda, The Violators. Frente a una audiencia más multitudinaria de lo esperable, por obra y gracia del corrimiento horario, el muchacho de Filadelfia pasó del banjo a la guitarra eléctrica y de ahí a la electroacústica para moverse entre el rock, el folk y el bluegrass. Es en las inmediaciones de estos últimos géneros, de la larguísima "Wakin' on a Pretty Day" a "KV Crimes" -que tranquilamente podría haber sido compuesta por Bruce Springsteen- que el muchacho demuestra estar en su salsa.

Si algo dejan entrever las composiciones de Rayos Láser, es que detrás de los sintetizadores y los beats programados hay canciones que retoman la atmósfera folk de los albores del rock argentino. Como unos Sui Generis 2.0, en su propuesta predominaron los arreglos acústicos de las tres guitarras a los que le sumaron las secuencias paulatinamente. El trío de Villa María pudo sortear los problemas de sonido con solvencia para "Luna Nueva", la melodía que mejor se ajusta desde su génesis a esta versión rural, y "Fascinación" inició la transición maquinada hacia el pop que no muestra con orgullo la influencia de Leo García. A esa hora, otros rayos, los del sol ilusionaban con una jornada en la que la música (indie) podía ganar. Y por una vez, los pronósticos se cumplieron.