27/02/2017

Él Mató en el Konex: cambiar todo para que nada cambie

La banda platense y su relectura indie del gatopardismo.

Nacho Sánchez / Ciudad Cultural Konex / Gentileza

Al igual que su discografía, las presentaciones en vivo de Él Mató a un Policía Motorizado están construidas sobre una serie de recursos mínimos bien implementados, en donde el trance inducido por repetición hace que cualquier detalle microscópico (una progresión de sólo dos acordes, una letra de no más de cinco palabras) magnifique su escala gracias a la reiteración. Y es esa misma redundancia de ingredientes la que hace que sus shows, como ocurrió en el Konex este domingo, ganen un hilo conceptual no planificado: la persona que empezó la noche con marcha lenta mencionando mundos peligrosos y turbas iracundas en "El magnetismo" es la misma que dos horas más tarde aseguró "tuve miedo pero ya se fue" sobre un pulso rabioso mientras contempla el apocalipsis rifle en mano en "Mi próximo movimiento".

Y aunque la banda de Santiago Barrionuevo viene de pasar veinte días en los estudios Sonic Ranch en Texas para grabar su tercer larga duración, la posibilidad de presenciar un adelanto del álbum quedó anulada ante una lista de temas que tuvo el eje puesto en las canciones de La dinastía Scorpio y Violencia, las dos últimas luminarias de la discografía motorizada. "La cobra", la ebullición en crecimiento constante de "Nuevos discos", el ritual pagano de "El baile de la colina" y la canción que da nombre a su último EP funcionaron como postales de un presente más o menos cercano. El repaso cronológico comenzó de a poco a tener un recorte temporal más amplio y en dos velocidades opuestas: apenas por encima de la mínima reglamentaria en "Día de los muertos", y con actitud galopante noise en "Terrorismo en la copa del mundo".

Después de que "Amigo piedra" agitase las aguas a paso lento pero firme, el nervio punk de "El rey de la TV italiana" hizo mella en el ala más fiel del público de Él Mató, y ese mismo pulso se replicó en "El héroe de la navidad". Los bpm disminuyeron de manera drástica en "Noche negra", pero las descargas eléctricas redoblaron su presencia mientras Niño Elefante y Pantro Puto tejían paredes de guitarras y acoples para dar forma a una balada noise robusta e inquebrantable. El formato mostró ser provechoso y se repitió más tarde en "Dos galaxias", una canción que Rivers Cuomo envidiaría no haber escrito, capaz de convertir al universo de Star Wars en un recurso viable para una declaración sentimental ("Como cuando Luke miraba el cielo, mi amor por vos se ve tan grande / Tan grande como la galaxia, tan grande que parece dos").

Con una carrera construida a pulmón y con espíritu DIY, El Mató todavía puede jactarse de ser la punta de lanza de una renovación (generacional, pero también estética) necesaria en el rock local post Cromañón. La aparición de su álbum debut en 2004 funcionó como una bocanada revitalizante para una escena under que se presentaba adormecida, y que al poco tiempo sumó un elenco de bandas amigas a su órbita (107 Faunos, Go-Neko!, Bestia Bebé, Atrás Hay Truenos, y la lista sigue) para acoplarlos a su causa. Pero la renovación no sólo es hacia afuera sino también hacia adentro, y es la que hace posible vislumbrar cuánto creció la banda cuando "Sábado" (2004) suena casi pegada a "El fuego que hemos construido" (2012). Edificadas a partir de un mismo yeite (la repetición inalterable de dos acordes), la primera es una pieza de alt-garage de pulso acelerado y fuzz constante, mientras que la otra se construye de menos a más y a fuego lento a partir de un loop de Niño Elefante que varios minutos después desemboca en una catarata distorsionada.

En el tramo final del show, poco parece unir desde la superficie a los climas voladores del instrumental "Rucho" con el minimalismo ruidoso de "Chica rutera" y su economía lírica (espero-que-vuelvas-chica-rutera) o el proto kraut guitarrero de "Navidad en Los Santos", pero basta con escarbar un poco para encontrar en el centro de cada una de ellas un denominador común que hace que todas compartan un mismo espíritu más allá de sus formas. Si en 1957 Guiseppe Tomasi di Lampedusa instauró en El gatopardo la máxima que reza "cambiar todo para que nada cambie", Él Mató se adueña de esa misma afirmación a su propia manera, quizá la mejor prueba de que las ideas no deben medirse por su supuesta grandeza sino por la manera en que terminan siendo implementadas.