25/06/2017

Los Espíritus en El Teatro Flores: noches de verano, en invierno

Crónicas urbanas desde La Paternal.

Cecilia Salas
Los Espíritus

Un clima atípico de fin de junio se vive desde hace algunos días en la Ciudad de Buenos Aires, con temperaturas que rondan y hasta superan los 20 grados. ¿Culpa del calentamiento global? Pobrecita la Madre Tierra, sí, pero para aquellos que asistieron a los dos shows de Los Espíritus en El Teatro Flores esta temperatura, que alentaba a vestir ropa ligera, fue una bendición: ahí adentro todo ardió.

Así de fuerte somos”, anuncia Maxi Prietto en “Huracanes”, tema que abre Agua ardiente, casi como una advertencia del momento que vive Los Espíritus. Gratitud, su trabajo anterior, había sido presentado en diciembre de 2015 en un Vorterix incompleto; ahora, estrenaron oficialmente su tercer trabajo con dos Flores sold out, ofreciendo toda una demostración de fuerza. ¿Qué pasó en este año y medio? La banda porteña se consolidó como una de las renovaciones del rock argentino, reconociendo las raíces originarias (Manal, Vox Dei, Billy Bond y la Pesada), pero diversificando la propuesta. Psicodelia, oda a la naturaleza, latinoamericanismo, crónicas urbanas y una mirada progre forman un combo que suena tan refrescante como caliente.

La primera hora del show estuvo dedicada exclusivamente al nuevo álbum, con el sexteto (a veces septeto) tocándolo de principio a fin y en orden, por lo que no hubo muchas sorpresas. Los temas -más compactos y directos que sus antecesores- fueron interpretados casi iguales que en el disco. El atractivo estuvo en que, llevados al plano del en vivo, lograron intensificar sus atmósferas. Así, “Huracanes” sonó más tribal; “Jugo” y “La rueda que mueve al mundo” -la más festejada por el público, sin dudas- más sucias y “La mirada”, por el contrario, más limpia. En “Las armas las carga el diablo”, el clima se volvió tétrico, casi peligroso (“A donde vayas, no estará lejos”, repite Prietto, siniestro, bajo luces oscuras), mientras que “El viento” es apocalíptico (“Soplará mucho el viento / cada una de nuestras voces se apagará / una a una bajo el silencio de la luna”, cantaba mientras el humo y el juego de luces ofrecía un espectáculo caótico).

“Perdida en el fuego”, “Mapa vacío” y “Luna llena” fueron los momentos en que Santiago Moraes tomó liderazgo vocal (en el escenario, siempre estuvo ubicado en el centro), ofreciendo un interesante contrapunto escénico con Prietto. Mientras su compañero evidenció su estilo relajado e indiferente, Moraes entregó una interpretación compenetrada y emocional.

(Foto: Mariano Sclocco / Gentileza)

Durante la siguiente hora y media, Los Espíritus repasaron sus dos primeros discos, y la diferencia con la primera parte fue clara. Naturalmente, son canciones que el grupo tiene más aceitadas y esto permitió que se puedan dar el lujo de aplicar a cada una un viraje propio, con zapadas extendidas y cuelgues hipnóticos. El público, a su vez, respondió con mayor énfasis. “La mina de huesos”, primer tema de su disco debut de 2013, abrió el segmento, que siguió con “Mares” y explotó con “El gato”, cuya marcada base rítmica convocaba a ser parte de un ritual pagano. Para ese momento, todos, arriba y abajo del escenario, ya chorreaban sudor.

La banda casi no habló, dejando todo en manos del poder de la música. Por ahí pasaron una diversidad de géneros y orígenes que se mezclan unos con otros, cada uno invitando al baile o al cuelgue: blues suburbano (“Negro chico”), space rock de las Américas (“La crecida”, “El palacio”), rock and roll ansioso (“Lo echaron del bar”, “Perro viejo”), folk chamánico (“Alto valle”), psicodelia áspera (“Jesus rima con cruz”). En cada canción, la banda se volvía más apabullante, y el ambiente más caliente.

Una segunda tanda de bises abrió con “Las sirenas”, que estalló en el público y ofreció un final extendido notable, con un solo de Prietto que sonaba como si Santana hubiera hecho un cover de “I Am the Resurrection” de los Stone Roses. El cierre fue con “Noches de verano”, su pequeño himno, y de repente todo adquirió sentido, hasta la tensa relación entre calendario y termómetro.