24/07/2017

Lollapalooza París: libertad, igualdad y música

Después de la toma de la Bastilla, llegó la del Hipódromo.

Afterdepth / Lollapalooza París / Gentileza

Con varias similitudes y algunas diferencias con la versión argentina del festival, este fin de semana se realizó el primer Lollapalooza París. En el Hipódromo de Longchamp, muy parecido en aspecto al de San Isidro, aunque más ajustado en tamaño, el festival contó con The Weeknd, Red Hot Chili Peppers y Lana Del Rey como headliners de sus dos fechas. ¿Una menos que las que tendrá el quinto Lolla Argentina? Eso adelantó Perry Farrell de manera informal, pero hay que esperar a la confirmación oficial, que llegará en una semana.

La diferencia más grande con la versión argentina se vio en el público, que -a contramano del cambio generacional visto en San Isidro en abril- estuvo más cercano a la homogeneidad: era difícil encontrar un +40 o un -18, de la misma forma que costaba saber qué había ido a ver cada uno. La afamada igualdad logró que quienes el sábado lanzaron agudos al ritmo de The Weeknd, el domingo agitaran la cabeza con Pixies con la misma intensidad, casi firmando una declaración de libertad y fraternidad musical digna de las ideas de Voltaire durante la Revolución Francesa.

Para el sábado, el pronóstico del tiempo anticipaba una lluvia que, por suerte para los presentes, solo fue una llovizna replicada en varios momentos, como antes del comienzo de Glass Animals en el escenario alternativo. Con un setlist prácticamente igual que al de sus dos shows porteños, los británicos, a puros saltos y bailes desquiciados por parte de Dave Bayley, su frontman, brindaron la primera cuota indie del día, en una jornada más cercana al pop que al rock. Mientras tanto, en el Main Stage 1, Skepta mantuvo un frenesí similar, aunque menos banal: "Esta es la parte en donde quiero decir algunas cosas, algo de verdad. Demasiado baile, demasiado coger", argumentó antes de "Skepta Interlude", del disco More Life, de Drake.

El aumentó de decibeles de la tarde llegó por parte de The Hives, y fue proporcional al ego de Pelle Almqvist y los suyos, algo que es común en cada una de sus presentaciones. Los suecos arremetieron a las 50 mil personas presentas con un set guitarrero y cafeínico, además de una verborragia en plan rockstar: "¡Yo puedo decir lo que quiera! Seamos una democracia. ¿Cuántos creen que tenemos que tocar para siempre?", gritó antes de lanzar una alargada "Tick Tick Boom", en donde cada uno de los espectadores se "convirtió en parte de la banda" solo por aplaudir.

El comodín de las dos jornadas del Lollapalooza fue The Roots, con una propuesta tan grandilocuente como atractiva para cualquiera que se acercara al Main Stage 2. Con base en el hip hop, pero raíces que se estiraron por una amplia gama de espectros, pasando del funk al soul, Questlove y los suyos llegaron al clímax con un cover de "Sweet Child O' Mine", de Guns N' Roses, dejándoles la vara alta a Imagine Dragons, vecinos de escenario. En el único homenaje realizado durante el fin de semana, Dan Reynolds, cantante de la banda de Las Vegas, recordó a Chester Bennington, fallecido el jueves pasado: "Esta canción es para uno de los músicos que inspiraron a muchos otros alrededor del mundo. Nuestro amor a su familia", aclaró antes de "Demons", uno de sus tantos hits para hipsters.

La distancia entre los norteamericanos y el trío inglés London Grammar no solo se marcó entre los escenarios, sino también en el concepto: con un show cálido e íntimo, Hannah Reid demostró, a capella, la impresionante capacidad de su particular voz en "Rooting for You", instante que hubiese sido perfecto de no haber sido por la intrusión del sonido del Perry's Stage y el de los primeros.

Si hubo un momento durante el fin de semana que marcó a fuego la esencia del Lollapalooza hoy en día, lejos del festival "alternativo" que ideó Perry Farrell en 1991, fue durante el cierre de The Weeknd. Con "Can't Feel My Face" como himno dance de la noche, la explosión de casi la totalidad de los presentes encendió cada selfie entre amigos y cada mano levantada. "I Feel It Coming", uno de sus hits junto a Daft Punk, cerró el círculo de pasos a lo Michael Jackson con una arremetida de fuegos artificiales dignos del 14 de julio, día patrio francés.

Con un set casi idéntico al que realizó en Buenos Aires, el canadiense se amparó por poco más de una hora -unos treinta minutos menos de lo anunciado en cartel- en su carisma al frente del escenario, aunque a diferencia de su show porteño, esta vez su banda tuvo un protagonismo mayor, con una guitarra tan imponente con su falsete.

Durante la segunda jornada, Editors, a base de unas melodías solidas y unas guitarras limpias, desperezaron a todos los que utilizaron el pasto para descansar, aunque, acto seguido, Liam Gallagher pareció intentar lo contrario. "Ahora que tenemos su atención, vamos a hacer algunas canciones nuevas", desafió el ex Oasis luego de dos impecables versiones de "Rock 'n' Roll Star" y "Morning Glory". La balanza entre la euforia y la dispersión se dio en cada cambio de rumbo entre suex banda y su repertorio actual, con más canciones nuevas que clásicos. De todas formas, el cierre con "Be Here Now" y una versión acotada de "Wonderwall" ponderaron su estigma de estrella sin daños colaterales.

La contracara de esto fue Pixies, que, con una integración de varios temas de Head Carrier (2016), su último disco, tan festejados por el público como "Here Comes Your Man" o "Debaser", mantuvo un show firme y con poco espacio para el bostezo. Pero la confusión de los parisinos llegó con el riff inicial de "All I Think About Now", muy similar al de "Where Is My Mind?", en el que la marea de celulares filmando se calmó rápidamente después de entender que el tema no era el esperado.

En uno de los momentos más altos del festival, Lana Del Rey ratificó su lugar de diva de antaño. Comprender su show es entender que, aunque la música ocupa un lugar fundamental, la esencia del todo pasa por ella: con un carisma sensual y delicado, la californiana (por adopción) encontró cada espacio que pudo para complacer a su público, ya fuera haciendo "ojitos" o cantando una canción a capella solo porque una fan con un tatuaje de ella se lo gritó.

El ejemplo más claro fue en "Born to Die", cuando comenzó una lluvia que no pararía hasta la mañana siguiente del festival. Del Rey aprovechó para la picardía: "Estoy intentando bajar con ustedes, así yo también me mojo...". "Dejame que te coja duro en la lluvia", enfatizó luego, variando un verso del tema, y, cumpliendo su promesa, bajó del escenario para repartir besos, selfies y autógrafos, incluso varios instantes después de finalizado.

Gracias a los matices, que fueron desde la oscura y tensionada "Pleader", de Relaxer, su último disco, hasta la bailada"Breezeblocks", alt-J encontró a un público fiel que, a pesar de que en el mismo horario tocaron tanto Lana del Rey como los Red Hot Chili Peppers, se mantuvo en el Alternative Stage durante la hora y media del show, momento en el que emigraron directamente al Main Stage 1 para el final de la noche.

El cierre del festival se enalteció gracias a una lluvia torrencial que funcionó de complemento perfecto para la masterclass que cada uno de los Red Hot Chili Peppers propuso desde su lugar. Aunque por momentos la banda dio la sensación de tocar desconectada, la potencia de los cuatro fue infalible, incluso en las largas zapadas en las que cada uno mostró su virtuosismo. Con una catarata de hits y varios covers, Flea y Josh Klinghoffer fueron los fundadores de los últimos -y casi primeros- pogos del festival.

Luego de una de sus zapadas características, el riff de guitarra de "I Wanna Be Your Dog", de los Stooges, encendió los motores para que "Californication", "By the Way" o "Goodbye Angels" patearan con fuerza a los presentes y así destronar al cliché de que París bajo la lluvia es solamente romántico. También puede ser muy rockero.