19/03/2016

Lollapalooza 2016, día 1: un mundo de sensaciones

El descomunal show de Eminem fue el punto más alto de una jornada repleta de matices.

Los pies piden algún remedio de abuela para volver a funcionar, la garganta es pura ronquera, las horas de descanso son pedidas a gritos por el cuerpo todo. ¿Todo? Bueno, no, porque la boca está perfecta en su rictus de sonrisa permanente después de la primera jornada del Lollapalooza 2016. Un mundo de sensaciones se vivieron arriba y (sobre todo) abajo de los escenarios del festival, que hoy continuará en el Hipódromo de San Isidro con más shows para atesorar en el recuerdo. En la primera jornada hubo para todos los gustos y a veces en simultáneo: como ejemplo, vaya la postal de Jack Novak y su clase de aerobics a puro bombo en negras en el escenario Perry, mientras al lado, en el Alternativo, los galeses The Joy Formidable cargaban las canciones de guitarras noventosas.

Pero el recuento de lo sucedido en Lollapalooza no puede ser cronológico ni parejo, porque entre lo que se vivió en San Isidro hay un show que ya es histórico: dentro de décadas se hablará con nostalgia del desembarco de Eminem en la Argentina. "Ésta es nuestra primera vez acá y ahora no queremos volver a casa", soltó en un momento el rapero de Detroit, y el mismo deseo asaltó a las 80 mil cabezas que ya habían volado con la contundencia y vuelo de su banda, y (especialmente) la impresionante velocidad y precisión de su flow: quedate acá, Marshall, hay un montón de comics y muñecos para que compres, tirá un show de estos por semana y a nadie le va a importar el precio del dólar...

El fondo del escenario era un telón con forma de radiograbador old school, pero se convertía en pantalla inmensa para imágenes que apoyaban la entrega del (ex) rubio. Su show, repleto de clásicos y con un manejo de los tiempos notable, llegó a su pico más alto con la ráfaga de "My Name Is", "The Real Slim Shady" y "Without Me", las canciones de los tiempos en que se drogaba, dijo. "Rap God", la versión abreviada de "Stan" (con lucimiento para su corista) en la que cambió el lugar del encuentro con su fan por la Argentina, "Love the Way You Lie" (después de hacer gritar a varones y damas por separado) y el bis demoledor con "Lose Yourself" fueron otras cimas de un concierto que se pareció a las secuencias de las películas de Rocky en la que los rounds de las peleas empiezan a fundirse unos con otros.

Eminem, el Balboa del género, revalidó su título mundial como MC: tal vez, ese poco de controversia que él aportaba hace una década hoy radique en los tweets de Kanye West y la avanzada estelar del hip hop esté en las manos cargadas de Grammy de Kendrick Lamar, pero en el rapeo de vieja escuela -ese que evocó desde las remeras con discos clásicos que lució- difícilmente haya quien le gane al bueno de Marshall. "Mejor perdete en la música y el momento / Es tuyo, mejor que no lo dejes ir / Sólo tenés un disparo / no pierdas tu chance de explotar / esta oportunidad sólo llega una vez en la vida", rapeó antes de adelantar un fragmento de un tema nuevo y salir por un costado del escenario. Lollapalooza explotó con su música, pero ojalá no haya sido la única oportunidad en que su flow impactante atronó suelo argentino.

Entre los localismos rockeros de la Argentina, el de Tame Impala quizá sea el más llamativo de todos. Lo que la propuesta de Kevin Parker y compañía tiene de elogiable, también lo tiene de poco popular; pero, así y todo, su convocatoria en Buenos Aires fue cada vez mayor, lo que se tradujo a que su show en el Main Stage 2 fuera uno de los más convocantes de la jornada (al menos en su primera parte). "Let It Happen", el single de Currents, su tercer disco, puso de manifiesto cuál es la percepción 2016 de la psicodelia para Parker y los suyos: brumosa, plagada de sintetizadores vintage, con vocoders invitando a cortar amarras con la realidad y con la reiteración como herramienta necesaria para convocar al trance.

Casi en continuado, "Mind Mischief" y "Why Won’t They Talk to Me?" fueron el recordatorio de que, hasta hace no mucho, lo de Tame Impala pasaba por las guitarras convertidas en péndulo hipnótico. Poco después, el arpegio envolvente y repetitivo de "It’s Not Meant to Be" (de Innerspeaker, su debut de 2010) fue otra invitación a la levitación mental y también el filtro para eliminar curiosos con una música poco complaciente que no atraviesa cualquier umbral de tolerancia.

Se sabe: Tame Impala es el resultado de la mente retorcida de Parker, que compone, graba y produce todo por su propia cuenta. Hay, sin embargo, un mérito en la banda que lo acompaña en vivo, que traduce de manera fidedigna al escenario lo que su líder craneó en la más absoluta soledad en el estudio. Convertidos en auténticos militantes del clímax, todos juntos timonean un viaje que puede ponerse pop ("The Less I Know The Better"), introspectivo ("Apocalypse Dreams"), intensamente rockero ("Elephant") o melancólico ("Feels Like We Only Go Backwards"). Al igual que en el disco, el cierre llegó con "New Person, Same Old Mistakes", una última estocada de confort y música para volar. Mientras la progresión de acordes y sintes avanzaba en cámara lenta y Parker se entregaba a un falsete etéreo, el audio cambiaba de planos y texturas, como para dejar en claro que, sea bajo la forma que fuere, lo de Tame Impala es y será siempre una invitación a dejarse adulterar los sentidos. Al menos por un rato.

En tanto, una decena de chalecos de jean con insignias bordadas (la bandera cubana, el logo del Mundial 78) y el grito de guerra GALLO NEGRO en la espalda ocupó el último bloque horario del Alternative Stage. Illya Kuryaki and the Valderramas, en su segundo paso por el Lollapalooza vernáculo, se mostró como una hermandad dispuesta a contar lo que tenía para decir ("Ritmo mezcal", anticipo de su próximo disco), pero también lo que sus fieles esperaban de ellos (los hits de ayer y hoy, de "Coolo" a "Ula ula"). La participación de Miguel en "Estrella fugaz", otro de los estrenos de la noche, el bloque homenaje a Luis Alberto Spinetta ("Sigue", "Aguila amarilla") y la sorpresiva versión de "Guerrilla sexua" -lado B de Leche- fueron los momentos destacados de un show con altibajos. "¡Llegó el futuro, Lolla! ¡2016!", gritó Emmanuel Horvilleur: el tiempo pasa y el funk sigue firme.

Parece que, más allá de cuál sea el resultado final que cada uno decida tomar, todo artista surgido de Islandia (de Björk a Sigur Rós, pasando por múm y GusGus) siente la necesidad de crear algo atmosférico, etéreo y de tinte emocional. Of Monsters and Men se inscribe en esa tradición, algo tangible en el comienzo de su show. "Thousand Eyes" e "Empire" fueron una epopeya post rock sumamente climática con golpes de efecto, guitarras reverberantes y la sensación de que de repente la vida pasaba a desarrollarse en cámara lenta.

Una vez establecidas las reglas de juego, Nanna Bryndís Hilmarsdóttir y Ragnar Þórhallsson comenzaron su dinámica de intercambio de roles protagónicos, y ahí la cosa devino en un folk épico con intenciones de trascendencia, como lo mostraron "King and Lionheart" y "Black Water". De a poco, esa necesidad de que todo sea grandilocuente agota su efecto y alcance por la reiteración, pero la propuesta encuentra aires de renovación en temas como "Mountain Sound", un pop juguetón sostenido por un piano que busca protagonismo a los saltos. Para el final, "Little Talks" y "Six Weeks" recrearon otro clima épico y lúdico a la vez, como si los Siete Enanitos fueran parte del universo Tolkien y marchasen al frente de batalla.

Para quienes no estaban avisados de sus shows adrenalínicos (y bastante tribuneros), lo de Twenty One Pilots fue la mayor sorpresa de la jornada. El cantante Tyler Joseph tocó teclados, bajo y ukelele, aunque buena parte del tiempo se limitó a disparar una secuencia y dedicarse a entretener al público con su entrega, que incluyó colgarse del mangrullo de sonido mientras cantaba. Las pegadizas canciones de la dupla (del pop y la electrónica al reggae y el indie rock, siempre un poco deformes) y su puesta en escena se sostienen en el músculo del baterista Josh Dunn, quien no sólo es un show en sí mismo sobre el tablado sino que monta su instrumento sobre una plancha de madera y sale a hacer ¿drum surfing? mientras sigue tocando. Ellos dos solitos se las arreglaron para que la energía no decayera durante la transición entre la tarde y la noche.

En el infame horario de las 15:15, no apto para oficinistas, Eagles of Death Metal hizo su debut en suelo argentino con un show apoyado en dos pilares infalibles: arenga y distorsión. La combinación de remera de Ramones y tiradores (Elio Rossi, ¿estás ahí?) convirtió inmediatamente a Jesse Hughes en amo y señor de la tarde, incluso antes de que pudiera demostrar sus dotes de frontman. "Yes, I did like the fernet, baby!", comenta el vocalista, para satisfacción de los presentes; más tarde, en una inevitable referencia a la tragedia de París se sincera: "estos últimos meses han sido bastante locos, pero verlos a ustedes acá hace que todo tenga sentido". En lo estrictamente musical, la banda pivoteó entre Death by Sexy y Peace Love Death Metal -sus discos de principios de la década pasada-, aunque probablemente sean los covers potentes de "Save a Prayer", de Duran Duran, y "Blitzkrieg Bop" los que queden fijados en la retina colectiva. La pared de amplificadores Orange que decoraba el fondo daba color y esperanza: el rock de guitarras está vivo, ellos también.

"¿Qué pasa?", disparó el líder de Jungle Tom McFarland, enfundado en su clásica campera verde militar, sobre el escenario del Main Stage 1. No era una pregunta al aire, sino un comentario entre viejos amigos: en 2015, con apenas tres años de existencia como banda y sólo un disco editado, estos ingleses agotaron su fecha en Niceto en pocos días. Con una propuesta simple pero compleja a la vez -capaz de producir un sonido actual en base a una mixtura de estilos como el disco, el funk y el soul-, la banda logró convertir las debilidades de tocar de día y al aire libre en una fortaleza. Miles de jovencitos moviendo la patita no pueden estar equivocados.

 Mientras las nubes todavía se posaban como una amenaza en potencia sobre el Hipódromo, Albert Hammond Jr. tomó las riendas del asunto en el escenario Alternativo. De punta en blanco y acompañado por una backing band que exuda alma de garage, el guitarrista de los Strokes revalidó su título de solista por derecho propio, con un set que repasó sus tres discos, con el énfasis puesto en Momentary Masters, publicado el año pasado. La cultura neoyorquina caló hondo en Hammond, que se evidencia en los guiños a Talking Heads en "Born Slippy", el pulso (post) punk de "Touché"y la efervescencia guitarrera de "Losing Touch". Y así como en la primera edición del festival Julian Casablancas buscó desmarcarse de la banda que lo hizo conocido con un show caótico y difuso, su compañero de grupo hizo todo lo contrario. Las comparaciones son odiosas, pero el nervio guitarrero de "Side Boob", elegida para el cierre, dejó en claro quién tira para qué lado en los Strokes.

El Perry Stage (o Escenario de Música Electrónica, para quienes prefieren simplificar por estilo) ofrece todos los años una dinámica similar. Un núcleo duro de gente se mantiene allí durante todo el día y, a medida que la noche avanza, va aumentando el número de personas que llega para quedarse. A diferencia del comportamiento nómade del público que va en busca de lo que más le interesa, el Perry se convierte en una rave dentro del festival.

Anoche, mientras Eminem se llevaba gran parte de las miradas, Zedd ponía a bailar a puro electrohouse a miles de jóvenes que en sus playlists no tienen lugar para el rapero de Detroit. El joven DJ nacido en Rusia había sido también una de las figuritas centrales de la primera edición del festival, por lo que esta vez no hizo más que confirmar todo lo hecho hace dos años con un set enérgico y una producción visual a la altura. Antes, Duke Dumont había aportado aires retro con un house que toma mucho del UK Garage de los 90 y Flosstradamus, el dúo conformado por J2K y Autobot, trajo su EDM con arengas rockeras cuando la luna comenzaba a ganarle a las nubes.

Sin embargo, Jack Ü no sólo cerró la noche, sino que lo hizo en el Main Stage 2. Claro, pergaminos les sobran a los dos integrantes de esta dupla de productores: Skrillex y Diplo mandaron a media concurrencia a dormir con la primera sirena que hicieron estallar en los parlantes, y al resto la pusieron a bailar con esa suerte de licuadora de electrónica y guiños de localía (un breve sampleo de "Gasolina", el hit iniciático de Daddy Yankee, por caso) que desarma cuerpos y mentes por igual.

(Fotos adicionales: Alive Coverage / DF Entertainment)