01/04/2017

Lollapalooza 2017, día 1: expansión y límites

Cómo pasar de Rancid a The xx en un mismo festival.

Daniela Amdan y Cecilia Salas / Textos: Joaquín Vismara, Sebastián Chaves, Ignacio Guebara, Ilan Kazez y Guido Scollo
The XX

La primera jornada de Lollapalooza arrancó con una noticia inesperada: no se podría consumir bebidas alcohólicas durante todo el festival. Más allá de algún insulto en voz baja y las consabidas quejas online, la medida no afectó al desarrollo de la cuarta edición del encuentro. Lo que sí cambió las reglas del juego con respecto a las anteriores fue la disposición diferente de los escenarios, más alejados entre sí para poder dar cabida a las 100 mil personas que agotaron las entradas para ambos días. Había que seleccionar cuidadosamente la grilla, claro, porque la caminata desde el principal al Perry's, por ejemplo, llevaba un buen rato.

Lo bueno es que esa "amplitud geográfica" también se reflejó en los artistas que pasaron por los escenarios, trasladada debajo con una convivencia perfecta entre quienes lucían remeras negras con el logo de Metallica (leé la crónica completa de su show acá) y los que usaban el mismo color pero por identificación con The xx. Y si el cuarteto thrash concentró a la mayoría de los asistentes durante su concierto, al mismo tiempo Marshmello hacía bailar a otra multitud sin que se borrara la smiley face dibujada en el balde que tapa el rostro del DJ.

“Es un placer estar tocando acá, al lado de grosos”, dijo Juan Campodónico –líder de Campo- a poco de iniciar su show. El comentario no era sólo una expresión: a menos de cien metros, León Gieco revisitaba “El fantasma de Canterville” (leé la crónica completa de ese show acá). Con esa “competencia desleal”, los uruguayos se embarcaron en un viaje ecléctico, fluctuando entre el electropop de “Bailar quieto” -adelanto de su próximo álbum- y la relectura cumbiera de “La marcha tropical”. “Mareo”, el hit de Bajofondo que tuvo a Gustavo Cerati como voz invitada, fue el epicentro del homenaje al historial artístico de Campodónico. El juego de luces, que convertía al escenario alternativo en un cielo estrellado, le daba a la tarde el toque emotivo de rigor.

Glass Animals viene del ala The xx del festival. Aprovechando las bondades de la percusión orgánica y electrónica, su trabajo consiste en crear climas de guitarras y sintetizadores para que Dave Bayley, líder y vocalista, pueda encarnar los neuróticos personajes de sus canciones. Su show en la mitad de la tarde fue una versión compacta de lo que se había visto en Niceto la noche anterior, pero con condiciones más favorables: el sonido al aire libre le permitió expandir sus beats y hacer bailar al público, mientras que el escenario ampliado le dio más libertad al frontman para desplegar su contagiosa hiperquinesis.

No hubo mejor encargado que Cage the Elephant para volver a encender las chispas que aún quedaban encendidas en el Main Stage 1 tras el show de León Gieco. Vestido con una camisa roja y unas botas doradas, Matt Schultz –o la perfecta combinación entre Toti Iglesias y Mick Jagger- y compañía arremetieron ante los presentes con un aluvión de guitarras distorsionadas y corridas frenéticas. “Cry Baby”, “In One Ear” y “Spiderhead” desataron la furia de Schultz contra el pie del micrófono y una serie de patadas voladoras para el show off de sus botas. Entre “Trouble” y “Ain’t No Rest for the Wicked”, los pocos botones de la camisa que aún seguían en pie volaron tras su primer cara a cara con el público. Luego de “Come a Little Closer”, la banda bajó tres cambios para “Cigarrettes Daydreams”, coreado desde allí hasta el Perry’s. “Ha sido un placer, Argentina”, gritó Schultz mientras sus botas y camisa volaban por el escenario, previo a comenzar a caminar sobre la gente, igualito a Iggy Pop.

“Estos sí que me gustaron”, le dijo una señora cincuentona a una adolescente después del show de The 1975. Y estuvo claro el porqué: los británicos suenan a todo lo que ella ya conocía de la época en que solía ir a los asaltos. El grupo abreva de los '80 casi sin matices. Incluso su cantante, el lánguido Matt Healey, tiene el peinado de Gustavo Cerati en la epoca de Doble vida. En ese plan, su fórmula es la de rescatar el legado de los Michael Jackson y George Michael, combinando el synth pop con el funk más efectista (“UGH!”, “She’s American”, “Girls”) o bien entregando nuevo tracks para futuros segmentos de lentos (“Heart Out”, “A Change of Heart”) que, sí, incluyen ese saxo tipo “Careless Whisper”. Una fórmula perfecta para el espíritu familiar que propone el festival.

Bajo el resguardo de la enorme "o" derivada en una vagina que proviene de la tipografía de su último disco, Lady Wood, Tove Lo resaltó que "Moments" era una canción acerca de las cosas imperfectas, aunque poco de esa esencia tuvo su show. Entre saltos, bailes, y pequeños e íntimos jugueteos con ella misma, el momento cúlmine llegó con "Talking Body", tema en el que más de un metalero infiltrado entre el público quedó atónito ante la sútil y rápida muestra de los pechos por parte de la cantante. Y como dice esa canción, es mejor amarla bien...

Allá lejos y hace tiempo, Lollapalooza supo ser para gente como Rancid. Por eso, su debut en la Argentina,  con sideshow incluido pareció venir a recuperarle la memoria a un festival que desde hace años se corrió del margen al centro y donde hoy, y acá, predominan los disfraces y la pilcha último modelo. Entonces, lo que de antemano no era novedoso -punk californiano con más de 25 años de redundancia- de repente lo fue.

Sin más artilugios visuales que sus peladas, tatuajes tumberos y barbas vikingas, Tim Armstrong y compañía lograron trasladar su carga energética a lo largo de las 20 canciones que vienen repitiendo con perseverancia ramonera en su gira actual. "Radio" y "Roots Radicals" para comenzar, "Time Bomb" y "Ruby Soho" para terminar: en la homogeneidad está el gusto. En el medio, una bandera argentina que voló hasta el escenario, distorsión, melodías simples, bajos en corcheas, un agradecimiento por tantos años de espera y la satisfacción de haber devuelto el espíritu de la nación alternativa a los años pre-botox de su creador.

Al igual que su discografìa, la presentación en vivo de The xx estuvo construida a partir del ensamble de detalles mínimos. Un bajo sigiloso, unas pocas notas de guitarra y algún sample alternado con percusión electrónica tocada en vivo fueron elementos más que suficientes para que el trío de Londres construyera algo que se le asemeja tanto al dubstep como al dream pop, una amalgama de la que ahora también es parte una inesperada invitación a la pista de baile. Si "Say Something Loving" y "Crystalized" apostaron a mover las cosas de a poco con Romy Madley Croft y Oliver Sim intercambiando susurros, ya a la altura de "Lips" e "Islands" el clima era otro, bastante más efusivo.

De a poco, la añoranza fue abriendo paso al centelleo bailable, pero aunque los bpm subieron cada vez más de intensidad la postal agridulce de sus letras se hizo cada vez más intensa, tal vez la mejor manera de demostrar que a la melancolía también se la puede bailar. "Infinity", "Dangerous" (dedicada por el bajista a todos los solteros) y "Fiction" sentaron  las reglas de juego: mientras Madley Croft y Sim intercambiaron versos de insatisfacción sentimental,  al medio del escenario Jamie Smith ratificó su rol de productor y principal compositor del trío, al frente de un arsenal de sintetizadores, pads y samplers, todo manipulado en tiempo real. Con la coda de "Loud Places" convertida en un pasaje de EDM puro y duro que devino en "On Hold", The xx alcanzó cerca del final uno de sus mejores momentos de la mano del instrumental "Intro", o la comprobación empírica de que cuando la emoción es genuina, las palabras sobran.