07/05/2017

Linkin Park, Slayer y Rob Zombie en el Maximus Festival: teorías híbridas

Por el camino del metal.

“Ustedes son uno de los mejores públicos que vi jamás”, le grita B-Real, con su cabeza enfundada en una ghutra, a la multitud parada frente al Rockatansky Stage, uno de los dos escenarios principales del Maximus Festival. Una hora y media más tarde, Chester Bennington -la rasposa y reconocible voz de Linkin Park- repitió la fórmula: “Hoy es uno de los mejores días de mi vida”. Sean o no sinceros, los comentarios dan cuenta de algo más que la clásica reivindicación del fan argentino: la consolidación del Maximus como gran evento anual del metal en Buenos Aires, a la altura de propuestas similares en otras partes del mundo y en igualdad de condiciones con los espacios ganados por otros géneros en el resto de los festivales locales.

El término “metal”, claro, debe entenderse en sentido amplio. Si en la primera edición local en septiembre pasado, los headliners fluctuaban entre la apertura hacia el hard rock de Marilyn Manson y el NDH de Rammstein, el salto de Ciudad del Rock a Tecnópolis trajo consigo una grilla con nombres individualmente menos convocantes pero con aún mayor diversidad en sus propuestas. ¿Que cómo conviven el nü metal alla MTV de Linkin Park con el sonido clásico de Slayer o la teatralidad de Rob Zombie? Arriba del escenario, casi sin contacto entre los puntos; debajo, el público se encargó de demostrar que la atomización del gusto también llegó a su barrio… y no hay nada de malo con ello.

“No sé por qué ni siquiera importa cuán duro lo intentes”. La frase que abre el rapeo de Mike Shinoda en “In the End” podría haberse convertido en una profecía autocumplida para Linkin Park sobre cómo lidiar, a más de una década y media del lanzamiento de Hybrid Theory, con las canciones que los llevaron al tope de los ránkings. La apuesta de la banda es, a tono con el título de aquel álbum, ecléctica: un punto medio entre convertirse en una máquina de repetir hits de antaño y poner la mirada únicamente en lo nuevo.

Así, el primer bloque de canciones se acercó más a la segunda postura, con una secuencia inicial basada en “Roads Untraveled” (Living Things, 2012), una versión reducida de “The Catalyst” -un corte de difusión de principios de esta década, pero con poca presencia en sus presentaciones en vivo- y “Talking To Myself”, una balada con tintes electrónicos que tuvo su estreno mundial en el predio de Villa Martelli. De ahí en adelante, la presencia de lo viejo (de “One Step Closer” a “Papercut”) se sucedió con constancia a lo largo de los 90 minutos de show, atravesada siempre por puntos de inflexión (“Esta es la canción más controvertida que hemos compuesto hasta el momento”, anunció el cantante antes de “Heavy”, un tema que recuerda invariablemente a “See You Again”, el track que Wiz Khalifa compuso para Rápido y furioso) suficientes para romper los esquemas de lo previsible.

Los esfuerzos de Bennington por mantenerse activo, recorriendo de punta a punta el escenario y cambiando de look en cuestión de minutos, contrastan con la apariencia sobria y la versatilidad interpretativa de Shinoda, capaz de pasar de los teclados (“Leave Out All The Rest”) a la guitarra (“Somewhere I Belong”), para luego adentrarse en el personaje extrovertido de “In the End”. Es en su actuación, junto con los destellos de destreza del guitarrista Brad “BBB” Delson, en donde se deja relucir la potencia de la banda. Los metaleros de vieja cepa, que observaban con cierta desconfianza desde el campo el set de los californianos, tal vez hayan encontrado en ellos algunos yeites a destacar.

Una mano en la cara: en cada rincón del campo de Tecnópolis podían verse fans con una palma roja dibujada en la mitad del rostro. La expectativa por la primera presentación en suelo argentino de Five Finger Death Punch se vio satisfecha con una lista que se centró en los inicios de la banda de Las Vegas (“The Bleeding”, una versión acústica de “Remember Everything”, “Never Enough”) y hasta un cover de “Bad Company”, de la banda homónima. Su apuesta sonora, a mitad de camino entre la potencia de Slayer y la propuesta de Linkin Park en el cierre del festival, funcionó como entrada en calor para lo que vendría después.  

En tanto, Prophets of Rage también tuvo su debut vernáculo, aunque ninguno de sus integrantes podría ser considerado un desconocido en estas tierras. Tim Commerford, Tom Morello, Brad Wilk, Chuck D, DJ Lord y B-Real se limitaron a mostrar una única canción nueva, “Unfuck The World”; el resto de su set se convirtió, para dicha de los presentes, en una banda de covers de altísimo perfil. House of Pain (“Jump Around”), Rage Against The Machine (“Guerrilla Radio”, “Sleep Now In The Fire”), Cypress Hill (“Insane In The Brain”), Public Enemy (“Fight The Power”), y hasta The White Stripes (“Seven Nation Army”) tuvieron su “representación” en la lista de temas seleccionados; los destellos de carisma de los miembros del supergrupo -junto a detalles como la inscripción “Para las madres de los desaparecidos” en el dorso de la guitarra de Morello- hicieron el resto.

Si Slayer fue la banda thrash que menos concesiones otorgó en su historia, su inclusión en la grilla del Maximus como separador entre el shock rock del tándem Rob Zombie-Ghost y el rap metal de la dupla Prophets of Rage-Linkin Park funcionó como una apabullante muestra de ortodoxia metalera. En el juego de nombres, la muerte de Jeff Hanneman y la partida de Dave Lombardo parecen haber quedado atrás en el tiempo. Con Kerry King y Tom Araya no sólo alcanza: por momentos sobra.

Aunque el telón de fondo con la portada de Relentless (su último disco) y el comienzo del show con “Delusions of Savior” y el tema que da nombre al álbum como cartas de presentación podían hacer conjeturar que Slayer daría un show centrado en material nuevo, el cuarteto formado en 1981 trituró especulaciones y cerebros con el correr del set. God Hate Us All (2001) y World Painted Blood (2009) tuvieron sus visitas de protocolo con “Disciple” y “Hate Worldwide”, respectivamente, hasta que el período clásico -ese que va de Show No Mercy 1983 a Season in the Abyss (1990)- se apoderó del repertorio.

Ante tanta oferta de colores y parafernalias escénicas, King y Araya encarnaron una suerte de adaptación metalera del refrán y demostraron que saben por metaleros pero más saben por viejos. A casi 35 años de su primer disco, entienden que el headbanging es el único artilugio coreográfico y visual que necesitan. Para todo lo demás, existe la distorsión.  

“Este tema pertenece a nuestro último disco, que se llama The Electric Warlock Acid Witch Satanic Orgy Celebration Dispenser”, anunció Rob Zombie para sentenciar entre risas: “un nombre que funciona a la perfección en países que no hablan en inglés”. Entre el gore y la caricatura de sí mismo que aprendió a ser, el exlíder de White Zombie tiene la receta para entretener y calmar las ansias de pogo. Globos de colores más propios de un show de The Flaming Lips, otros en forma de extraterrestre que primero emuló cogerse y luego arrojó al público (en “Well, Everybody is Fucking in a U.F.O."), convivieron con riffs, secuencias y beats de probada efectividad (“Never Gonna Stop” más los clásicos de White Zombie “More Human Than Human” y “Thunder Kiss ‘65”).

Para dar rienda suelta a sus delirios, el también director de cine descansó en la expertise de John 5, el ya histórico guitarrista del género que también pasó por las filas de Marilyn Manson. Con la cara pintada de blanco, los labios de negro y el pelo bien amarillo, el atuendo del violero dio cuenta de que a Zombie ya no le importa que se vean los hilos: debajo de una capa medieval y pantalones de cuero el guitarrista dejó ver unas alpargatas a cuadros. El brutal uso del slide cual blusero salido de una película de terror despejó cualquier duda de pertenencia de género que el calzado pueda haber ocasionado.

Aunque su apareamiento con Rob Zombie respondió a una lógica estilística en lo que pareció un mini segmento de shock rock en homenaje a Alice Cooper, resulta extraño que una banda con los laureles de Ghost haya ocupado un lugar tempranero en la lista. Pero a Papa Emeritus III (que ahora encarna una especie de mimo diabólico) y los suyos poco pareció importarles cuán alto pegaba el sol a la hora de salir a escena. De la mano de una actualización del doom metal que atrae a público joven y no repele a puristas, los suecos volvieron a demostrar porque son una de las grandes apariciones del género en lo que va de la década.

“From The Pinnacle To The Pit”, con un bajo podrido marcando el groove, impulsó el primer pogo de un repertorio tan breve como demoledor. Sobre el cierre, Emeritus (de quien ahora se sabe que su verdadera identidad es Tobias Forge) demostró que su rango vocal puede tocar los extremos más cavernosos y celestiales, casi como un perfecto resumen de los grandes vocalistas del metal nórdico.

(Fotos Rob Zombie y Ghost: Gallo Bluguerman)