31/03/2019

La Mona Jiménez en Lollapalooza: las joyas de la corona

El cordobés se dio un gusto en San Isidro.

La Mona Jiménez

“Ahora viene La Mona“, se alcanzó a escuchar al término del gran debut de Salvapantallas en el Lollapalooza argentino. El comentario venía de un grupo de chicas adolescentes, pero representaba buena parte de las expectativas generadas en torno a la participación de Carlitos Jiménez en el evento, que lo recibió como un rey y lo programó en su escenario principal.

“Buenas noches a todos, perdón, buenas tardes. Un honor estar en el festival más grande del mundo, Lollapalooza”, expresó Jiménez al promediar la primera canción de su set. A esa altura, una fiesta ya se desataba frente al Main Stage 1, que se parecía cada vez más a un baile de cuarteto que a un recital de un artista anglo o de un rapero de fama global. “¡¿Qué me venís con Lenny Kravitz, culiado?!”, se escuchó más tarde desde el público. Y las palabras sobran para definir la contundencia de ese comentario en plena siesta de San Isidro.

El sentido de comunidad y los rituales de los fans del “James Brown cordobés” (célebre apodo inaugurado por Vicentico) se vieron de a poco en la previa y ganaron terreno con el correr de los minutos. A la altura de “El federal” (un clásico de los últimos años de Jiménez), ya había pogo, palmas, pasos de baile, manos en alto con señas de barrios y ciudades y hasta un preadolescente parado sobre los hombros de un par de cómplices de ese gesto de amor eterno propio de los seguidores “moneros”.

El show fue un hecho único en la carrera del cordobés, que también se dio el gusto de representar un sonido completamente original en medio de muestras de diferentes fórmulas más cercanas al pop, al rock y a géneros urbanos. En una hora (sus bailes semanales suelen ser tres o cuatro veces más largos), el cuartetero desplegó joyas de la música popular cordobesa por antonomasia. “Un muchacho de barrio”, “La pupera” o “Beso a beso” fueron un muestreo selecto de más de 50 años de trayectoria.

Seis percusionistas, tres tecladistas, acordeonista, bajista y guitarrista montaron un entramado rítmico y melódico inédito en un escenario de Lollapalooza, trazando un paralelo con el show de Damas Gratis en la edición anterior. Pero, en el caso de Jiménez, su música trasciende lo que se escucha. Cuando respondió las señas geográficas que su público le ofrenda regularmente, dejó en claro que, más allá de evidenciar el paso de los años, La Mona necesita el escenario para mantenerse vivo. Aunque le cueste cantar a tiempo, se mueve con una cadencia envidiable. Aunque sea retrógrado en tiempos de feminismo, sigue vigente. Y tiene el plus de una química única con quiénes lo van a ver “a todas partes”, como una deidad.

“Contestemén” (sic), pidió en el inicio del tramo final, antes de recibir el grito de los miles de presentes, entre curiosos y fanáticos acérrimos, todos alentados a bailar y a saltar por un “viejito” de 68 años. De ahí en más, tanques cómo “Me mata” (la misma que popularizó Kapanga para el público rockero), “Quién se ha tomado todo el vino” o “La novia blanca” volvieron a confirmar la leyenda de un Jiménez que resiste con carisma y simpatía.

Su show en Lollapalooza fue consagratorio en cuanto a que logró algo que ningún colega del género ha hecho. Sin embargo, fue sólo en términos simbólicos y a manera de gusto personal. La Mona y sus canciones, su mística y sus contradicciones, son parte de la historia de las manifestaciones populares de este país desde hace tiempo.