09/10/2019

King Crimson en el Luna Park: insensatez y sentimientos

50 años no es nada.

Gentileza
King Crimson

Todo comenzó con unas botellas de Persecco: Robert Fripp le contó a este cronista que una noche de julio de 2013, cuando nació el príncipe George de Cambridge y él cargaba unas copas de más, se le ocurrió preguntar “Si King Crimson volviera a tocar mañana, ¿qué sería?”. A Fripp se le ocurrió algo digno de un tipo cargado de licor: un septeto con tres bateristas al frente del escenario. Una de esas ideas que cualquier tipo sensato descartaría una vez pasada la resaca. Pero Fripp no es de esos tipos sensatos.

Entonces hay que hacer un salto en el tiempo y caer en el 8 de octubre de 2019, muy lejos de Londres, de la noche en que nacieron el futuro rey de Inglaterra y la futura encarnación del Crimson King.

Joder, Fripp tenía razón.

La Bestia de Siete Cabezas está cerrando tres horas de show con “21st. Century Schizoid Man” y un Luna Park repleto se viene abajo. Este 10 de octubre, In the Court of the Crimson King cumplirá 50 años: el King Crimson modelo 2019 le da una actualidad que desmiente cualquier prejuicio sobre el rock progresivo de los ’70. Pat Mastelotto, Gavin Harrison y Jeremy Stacey en las baterías; Tony Levin en bajo y stick, Jakko Jakzyk en guitarra y voz y el histórico Mel Collins en saxo y flauta. Y ahí, en un costadito, como si fuera un simple invitado de último momento que no quiere molestar, sentado con su Les Paul dorada y su rack y sus pedaleras, Robert Fripp. El diseñador de una maquinaria demencial que borra cualquier debate sobre quién está y quién no en este Crimson. El tipo que imaginó una banda que podía traer el sonido de los 70 al nuevo siglo y no sonar anacrónica.

Ese es un término que ni aparece al ver y escuchar a este Crimson. En todo caso, su anacronismo es que no haya un mar de pantallitas entre el público, tener un único diseño de luces que apenas virará al rojo al final, buscar que todo lleve a que el protagonismo lo tenga la música. Así, el intervalo de 20 minutos entre las dos partes del show es para tomar aliento. Para que el público tome aliento, porque ellos podrían seguir y seguir. En esa primera parte, “Circus” pasó de la dulzura bucólica a un sonido amenazante, y fue la puerta de entrada a una versión de “Red” que dejó los pelos de punta, y un combo de “Epitaph” y “Moonchild” que enlazó con total naturalidad con las más recientes “Cadenzae” y “Lark’s Tongues in Aspic Pt. 4” (que tiene… ¡19 años!) como si todo fuera parte de la misma cosecha. Y cuando todos creían que el primer segmento había sido algo sublime empezó el segundo, y la seguidilla de “Lark’s Tongues in Aspic Pt. 2”, “In the Court of the Crimson King” e “Indiscipline” -a la que la ausencia de Adrian Belew impone un cambio radical de la parte vocal- fue un aluvión que agotó todo adjetivo.

Buenos Aires no tuvo el privilegio de ver debutar a esta encarnación de King Crimson, pero sí de apreciarlo a punto caramelo, con cinco años de trabajo encima. Lo que hacen los bateristas no es un ejercicio onanista para solaz de los expertos: hay una musicalidad que excede al “solo de batería”. Pueden arrancar sus “Drumsons” y “Drumzilla” tocando exactamente el mismo moño imposible, y de pronto ponerse a dialogar, a intercambiar partes, a complementarse y diferenciarse y hacer algo que es, sí, una canción tocada a tres baterías. Lo que tocan en la larga intro de “Indiscipline” es para colgar en la pared y admirar una y otra vez. La combinación del saxo de Collins y el Mellotron de Stacey remite al Crimson de los setenta pero sonando mañana; Mr. Robert pasa de las Frippertronics que hipnotizan a unos riffs furiosos, la mano izquierda como una araña insidiosa e hiperkinética, un señor de chaleco y corbata que te patea la cabeza como un punk desastrado.

50 años después, King Crimson sigue siendo una bestia indescifrable, inclasificable, un desafío a cualquier intento de definición. Algo completamente diferente al doble trío que se vio en el Broadway hace 25 años, y a la vez la misma banda. Cuando “Starless” -el monumental cierre de Red- empezó a ponerle el moño al concierto, la patria progresiva que llenó el templo del Bajo se tiraba mentalmente en palomita de puro disfrute. En una revancha histórica por tantas noches de sonido detestable, Crimson pasó por encima al Luna Park, lo hizo sonar como nadie. Y regaló un postre exquisito, la oda al hombre esquizoide imaginada en 1969 que en el siglo XXI demuele toda resistencia.

Cuando Tony Levin, el bajista-pared de sonido, levantó su cámara como signo de que el público estaba al fin habilitado a sacar sus aparatitos, la gente lo hizo casi de oficio, solo para tener una instantánea del momento. Para tener una comprobación de que fue real. Lo que pasó en el Luna no entra en ninguna tarjeta de memoria.