01/04/2019

Kendrick Lamar en Lollapalooza: el orgullo y el amor

El equilibrio de Kung Fu.

Captura de video
Kendrick Lamar

Kendrick Lamar está agazapado en el medio del escenario principal de Lollapalooza. Excepto por su pecho que se infla y se contrae en cada respiración, todo está en pausa; hasta las gotas de transpiración que cuelgan de su rostro vencen la gravedad. Es una gárgola atormentada planeando los movimientos de su próximo zarpazo. Pero el zarpazo se hace esperar. En cambio, pide al público que encienda la luz de sus celulares y se una a él para dedicar un minuto de silencio en honor a Nipsey Hussle, el rapero asesinado apenas un par de horas antes. "Hemos perdido un soldado", dice consternado.

Kendrick Lamar, el ser humano con mayor autodeterminación que ha dado la música popular en los últimos años; el hombre que se hace llamar Kung Fu Kenny; el que en su último disco de estudio se hartó del mundo, mandó a la mierda a todos y se decidió a caminar solo, está pidiendo ayuda para atravesar el dolor.  Antes de eso había sonado "PRIDE.". Después... "LOVE".

Eso era Kendrick Lamar en ese preciso instante: un mesías que encontró el balance entre el orgullo y el amor.

Media hora antes del minuto de silencio, había dado comienzo a su debut en la Argentina con "DNA.", ese tema de aliteraciones obsesivas en el reconoce que en su ADN conviven el poder, la felicidad y el diablo pudriéndose. Apenas visibles en los laterales, los músicos que lo secundaron parecían haber quedado separados tras el paso del rapero por el medio del escenario. Como si Moisés hubiese abierto las aguas del Mar Rojo.

Kendrick Lamar

Pero la dimensión bíblica de Kendrick Lamar no tiene aspiraciones de alabanza. "Nadie está rezando por mí", cantó enseguida en "ELEMENT.", con un sol amarillo elevándose sobre un cielo rojo en la pantalla a sus espaldas. Apenas habían pasado dos temas de su repertorio y el flow angular de bordes filosos que salía desde su voz nasal no dejaba escapatoria, incluso en un predio de 150 hectáreas a cielo abierto. Ya con "King Kunta", un g-funk con pies de plomo, Kung Fu Kenny invitó los presentes a sumarse a sus filas con el baile como carnada irresistible. En el mismo bloque, la lista de temas tambió sumó afiliados: "Big Shot", "Goosbumps" (ambos con feat de Travis Scott) y "Collard Greens" (con feat de ScHoolboy Q).

"¿Cuántos fans hay hoy? Los voy a poner a prueba", desafió antes de pegar dos de good kid, m.A.A.d city: "Swimming Pools (Drank)" y la brutal "Backseat Freestyle", un perfecto ejercicio de rima infinita en el que cada barra se engrosa robándole energía a la interior. "Martin tuvo un sueño / Kendrick tiene un sueño", exhala sobre el final, dejando en claro que no le interesa tener adeptos incondicionales sino más bien seguidores capaces de contar su propia historia.

Después del homenaje a Nipsey Hussle, Kendrick Lamar encaró el tramo final de su show reposicionado como líder, pero ahora sin altar. “Soy un pecador que probablemente vaya a pecar de nuevo”, se sinceró en “Bitch Don’t”, mientras la banda repartía sutilezas en plan acid jazz, pero prometió que “vamos a estar bien”, en “Alright”. A modo de bis, “All the Stars, el tema en colaboración con SZA para la película Black Panther y lo más cercano a un hit crossover en toda su obra, funcionó como premio y abrazo para el público menos conocedor del género que bancó hasta el final.

Con la mirada perdida en el infinito, el rapero de Compton saludó y se retiró del escenario. Sus músicos, en cambio, continuaron tocando enardecidos. Kendrick Lamar ya había hecho su trabajo: demostrarle al público argentino que el dolor, el baile y el amor tensan sus rimas tanto como el interior de cada uno, y demostrarse a sí mismo que para consumar todo eso es mejor no hacerlo solo.