28/09/2018

Kasabian en Obras: todos los caminos conducen al dancefloor

El escenario como hábitat natural del repertorio.

Kasabian

Caso paradójico el de Kasabian. Mientras más endebles son sus álbumes de estudio, más se aceita su maquinaria sobre el escenario. La segunda visita a la Argentina de la banda de Leicester fue en el marco de la presentación de For Crying Out Loud, quizás el punto más endeble de su discografía, y sin embargo sus canciones (o al menos la gran mayoría) no sólo no desentonaron al lado del resto de su repertorio, sino que en vivo cobraron una cuota extra de vigor, como si su efecto estuviese supeditado a su interpretación en el aquí y ahora.

Su show en Obras el jueves por la noche fue una prueba más de que, por más buenos resultados que pueda lograr en la sala de grabación, Kasabian encuentra su razón de ser sobre las tablas. Parte de ello radica en su timing escénico, capaz de hacer que la fanfarria de 20th Century Fox se funda con “Ill Ray (The King)” en el comienzo del show como si se tratase de una sola pieza, y también en el magnetismo entre el vocalista Tom Meighan y el guitarrista (y principal ideólogo de Kasabian) Serge Pizzorno, envueltos en una retroalimentación constante.  

“Underdog”, de West Ryder Pauper Lunatic Asylum (2009), plantó bandera del terreno en el que mejor se mueve el grupo, un madchester con mismas dosis de groove digital con herrumbre rockera. De a poco, Pizzorno entró en una suerte de trance chamánico: tras descolgarse su guitarra para bailar en la fosa como un raver perdido en The Haçienda pasado de peyote, volvió a agarrar su instrumento para “Days Are Forgotten”, precedida por “Ecstasy of Gold”, la canción que Ennio Morricone compuso para El bueno, el malo y el feo. Ya a la altura de “ezz-eh”, el factor humano cedió protagonismo al espíritu de pista de baile con altas dosis de MDMA en sangre.

Los ganchos poperos de “You’re In Love With a Psycho” y “Wasted”, ambas de For Crying Out Loud, cobraron una fuerza carente en sus originales de estudio, aunque poco pudieron hacer cuando lo que sonó a continuación fue el tándem “Club Foot” y “Re Wired”, dos de los temas más intensos del repertorio de Kasabian. “Treat” y su guiño al estribillo de “Personal Jesus” volvió a darle el protagonismo a Pizzorno, quien maracas en mano comandó una zapada discotequera antes de ponerse al hombro la lúgubre “U Boat”. Ya con Meighan de vuelta en funciones, el machaque industrial de “Switchblade Smiles” hizo pensar en cómo hubiera sonado Nine Inch Nails de haberse fundado en Bristol en vez de Cleveland.

Después del glam pendenciero de “Empire”, la cuota rockera continuó con “Bless This Acid House”, quizás el título más engañoso de su repertorio (y también el de una canción que a Joaquín Levinton le hubiera gustado escribir). Para no perder el envión, “Stevie”, de 48:13, fue puro golpe de efecto de imagen y sonido, con la banda en su versión más ajustada (y por ende, menos amable), y con un despliegue de flashes enceguedores en el escenario, sus laterales y hasta el techo de Obras. Sobre la hora, “L.S.F. (Lost Souls Forever)” fue el momento en el que Meighan revalidó su credencial de frontman, incrustando el estribillo de “Lose Yourself” de Eminem al primer gran hit de Kasabian, fechado en 2004.

Y aunque sus compañeros se habían retirado tras bambalinas, Pizzorno dedicó el tiempo muerto de los bises para arengar al público por enésima vez. Al momento mismo que se bajó del escenario, los teclados pregrabados de “Comeback Kid” lo hicieron regresar con la misma rapidez con la que se había retirado. En un volantazo brusco, “Vlad the Impaler” borró todo atisbo pop para suplantarlo por la oscuridad propia de una canción inspirada en el mito de Drácula, ronda de pogo violento incluída. Así las cosas, la despedida con “Fire” fue un falso alivio, un recorrido que fue del blues rural casi susurrado al disco anfetamínico, y la prueba de que, no importa que camino tome, Kasabian siempre termina en la pista de baile.