29/03/2019

Kamasi Washington y Escalandrum en Lollapalooza: jazz do it

De cómo luchar contra los preconceptos en un megafestival.

“Hacemos algo que es jazz argentino. Esperamos que se sientan identificados y les guste”. Micrófono en mano, Pipi Piazzolla no sólo presentó uno a uno a los músicos con los que comparte Escalandrum, sino que además sintió la necesidad de anticiparle al público qué es lo que iba a ocurrir en los próximos 45 minutos. Y, no bien sonaron los primeros compases de “Misterioso”, la aprobación fue inmediata: en el mismo escenario en el que Kamasi Washington se encargaría de echar por tierra esa noción de que el jazz es música “de grandes”, el sexteto hizo lo propio serpenteando entre preciosismo melódico, sacudones rítmicos inesperados y estallidos cercanos al freestyle.

Con 20 años de trayectoria, un paciente encuentro con Astor Piazzolla (Piazzolla plays Piazzolla, 2011) y a poco de haber grabado el Studio2 en Abbey Road, Escalandrum se planta en el escenario principal con total normalidad. Pero lo cierto es que, en tanto género, son los encargados de abrir el espacio para que, unos minutos más tarde, le de continuidad la joya internacional del género. Pipi Piazzolla ya lo había anticipado a Silencio: "Nos va a venir a chequear gente joven que probablemente escucha otra música y eso para mí está buenísimo". Y eso es lo que pasa cuando la banda comienza a entrar en calor y un adolescente de 16 años se para a escucharlos con la remera de The Smiths.

En "Acuático" (Studio2) el sexteto instrumental -con mucha improvisación y perfume argentino- se pone al hombro el fundamento de los caños, y su dirigencia le da a Pipi la libertad para la síncopa rítmica y la entrada para que Nicolás Guerschberg realice un solo de teclado (y no piano) puntualizado en la mano derecha y con desarrollo propio. La naturalidad con la que el grupo que está cumpliendo dos décadas de historia (con 40 países recorridos y once discos editados) fluye como en cada una de esas paradas que a la banda de jazz se le suelen presentar.

El público joven no se dispersa y escucha a Pipi decir lo últmo de la tarde: "Ahora vamos a hacer un tema de mi abuelo; no sé si alguna vez su música sonó en estos festivales. Me pone muy contento eso, porque lo amo, nos representa en todo el mundo. Nos despedimos con un arreglo nuevo de 'Adiós Nonino' que incluye varias de las etapas musicales". Allí suena el progresivo de los 70, la síntesis del quinteto, el despliegue del sexteto y la corporalidad del octeto.

"Hola, chiques". Kamasi Washington salió al Main Stage 1 utilizando lenguaje inclusivo. Es verdad, entonces: mete todo lo que tiene a mano, y si hay carencias lo soluciona con el aire. El problema es lo que no llega desde su grandísimo tamaño; la base del sonido, por ejemplo, que no logra estabilizar la planta hasta, por lo menos, el cuarto tema. Así, el sexteto -más los coros de Patricie Quinn- arrancan igual con "Street Fighter Mas".

Saxofonista, compositor y productor, Kamasi llega al país con una mochila de papeles. Colaboraciones, por ejemplo: Ryan Adams, Thundercat y Kendrick Lamar. Aunque el festejo de la crítica especializada haya estado unido con su arrollador The Epic (2015), van a tener que pasar algunos años más para tomar distancia de este trabajo y desfragmentarlo como es debido. No es posible comprender su magnitud rodeado de pura actualidad. No es sólo free jazz y destreza lo que pasó en la calurosa tarde del viernes. Mientras toca, Kamasi expresa mixtura, contemporaneidad, academia y digestión de la música que está girando por el mundo.

Así también se siente su set corto, de apenas 45 minutos. Dejan reposar el jazz y se involucran de lleno con el afrobeat, el soul de agite y los cuelgues más rítmicos que improvisados. La desmesura de Washington se condice más con The Epic que con Heaven and Earth, esto queda claro entre "The Rhythm Changes" y "Fists of Fury". Es un pelotón, una pared sonora inspirada en Spektor, con Kamasi como el primer jinete, al mando, al asalto, al acecho a la toma del poder.

Cuando los de Kamasi se ablandan, casi que ya están cerrando, pero hay tiempo para que -en uno de los cuelgues- su saxo se desprenda y pierda la cordura tímbrica. Grita el instrumento de la nueva revelación del jazz y de repente se corta. "Los amo", dice, y se va.