10/06/2016

Kaiser Chiefs en La Trastienda: energía pop desdibujada

El quinteto de Leeds mezcló hitazos con adelantos poco prometedores.

Entre 2005 y 2007, daba la impresión de que a los Kaiser Chiefs nada podía salirles mal. Formado en Leeds cuando arrancaba el siglo, el quinteto tomó por asalto las radios con los cortes de su primer disco, Employment, que lo llevó a alzarse con tres Brit Awards y estar nominado para el Mercury Prize. El grupo con nombre de equipo de fútbol (sudafricano) apareció entre el malón que resucitaba la new wave, con Franz Ferdinand a la cabeza, y sorprendió con sus melodías pegadizas y su energía contagiosa, que en vivo se multiplicaba hasta ganar incluso a los más reacios. Con el primer álbum como caldo de cultivo, todo estaba listo como para que el grupo explotara con el segundo, Yours Truly, Angry Mob. Y así sucedió: "Ruby" llegó a la cima del chart británico y se convirtió en un hit global.

El grupo pisó por primera vez suelo argentino en octubre de 2008, como parte del Personal Fest, cuando recién salía del horno su tercer trabajo, Off with their Heads, de moderado suceso gracias al single "Never Miss a Beat". Desde entonces, la carrera de los Kaiser Chiefs sencillamente se diluyó: tuvieron algún que otro éxito modesto en su tierra natal, perdieron al baterista Nick Hodgson (que era el fundador y el principal compositor del grupo), y se dedicaron a transitar escenarios con la garantía de su entrega. The Future Is Medieval  (2011) y Education, Education, Education & War (2014) carecían de aquella inmediatez de los primeros, reemplazada a duras penas con el oficio de una banda que llevaba años de rodaje.

Las fortalezas y debilidades de Kaiser Chiefs quedaron plasmadas a la perfección en la hora y 20 minutos de concierto del jueves 9 en La Trastienda, como en un muestrario preciso de lo que son (y serán, porque hubo varios adelantos) los de Leeds. Incluso, el cambio de lugar a último momento marcó cierta pauta: iba a ser en Museum, con más del doble de capacidad, y hubiera quedado demasiado grande. El show empezó exactamente como Employment, con la energía desbordante de "Everyday I Love You Less and Less": el público se encendió enseguida, con una conexión que auguraba otro encuentro excitante (como el de 2013 en idéntico sitio). "Ruffians on Parade" fue una continuación lógica: es la canción del disco más reciente que mejor recupera el espíritu de los comienzos. Y "Everything is Average Nowadays" mantuvo las banderas en alto, pese a que ya estaba claro que el sonido sería opaco durante toda la noche.

Después del inicio energético, "Little Shocks" (única de The Future... en la lista) bajó un poco el ritmo y le dejó espacio al estreno "We Stay Together", que remite al disco-pop de Blondie en "Heart of Glass". "Never Miss a Beat", muy perjudicada por el sonido mediocre, levantó de nuevo el espíritu, justo para que "Modern Way" redondeara una primera parte de gran conexión con el público, casi sin interrupciones. Pero lo que vino a continuación fue todo lo contrario, con varias canciones flojas sostenidas con dificultad por un par de hits. "Parachute", otro de los adelantos de la noche, hace temer por el futuro del grupo: más que en Kaiser Chiefs, hace pensar en Calvin Harris, con todo lo malo y lo peor que eso significa. Y para entonces la voz de Ricky Wilson ya no tenía la fluidez del comienzo.

El momento de los celulares en modo filmadora en alto fue con "Ruby", lógicamente, al que la banda le pegó "Take my Temperature", una canción de los inicios que por algo no había entrado en Employment y quedó relegada a lado B. "The Angry Mob" y, sobre todo, "I Predict a Riot", mejoraron los ánimos, aunque el cierre con "Cannons" y el mid tempo "Coming Home" (ambas del último disco) sólo lograron contagiar a un puñadito de fans acérrimos. Lo mismo pasó con los dos primeros bises: el flamante "Hole in my Soul" (que difícilmente se convierta en un hit) y "Misery Company". Al final, Kaiser Chiefs le sacó lustre al viejo hit "Oh My God", con el estribillo de "Na Na Na Na Naa" intercalado (para hacer cantar al público, justo en el punto en el que la entrega hace equilibrio con la demagogia). Fue un buen modo de mandar a casa con una última sonrisa a todo el mundo, aunque en varios pasajes el concierto se hubiera desdibujado casi tanto como la carrera de la banda.