05/11/2018

Judas Priest en Tecnópolis: that metal show

Rock pesado para todos y todas.

Guido Adler / Solid Rock / Gentileza
Judas Priest

Judas Priest está en el escenario de Tecnópolis para cerrar una nueva edición del festival Solid Rock. Todo parece en su lugar. La banda suena híper ajustada desde los primeros segundos de “Firepower” y la escenografía impacta… pero la voz suena muy atrás. Pasados los dos primeros versos, el volumen se acomoda. Llegado el estribillo, Rob Halford rompe en un agudo imposible para cualquier humano de 67 años: para cualquier humano.

Ahora sí, no todo parece estar en su lugar, todo está en su lugar.

Lo que siguió después fue un refinamiento de voracidad metalera. La puesta en escena repleta de tridentes y animaciones que combinaron fuego y acero, vestuario de tachas y cuero, accesorios (una espada con luces, la Harley Davidson una vez más sobre el escenario), guitarras gemelas, doble bombo y, sobre todo, una performance vocal abrumadora. Rob Halford no canta: sodomiza el micrófono. Se encorva, lo agarra fuerte con las dos manos le grita con furia, lo somete a su merced. En “Sinner”, sus alaridos cayeron con el filo de una hoja de guillotina para rebotar en cada eco y quedar flotando en aire mientras la banda se entregó a una base con aires de Black Sabbath.

“Es bueno ver a la comunidad metalera reunida”, dijo Halford en una de las pocas intervenciones con el público. “Tenemos mucha energía, podemos cambiar muchas cosas porque no nos rendimos ni entregamos”. Enseguida, “No Surrender”, un hard rock ochentoso compuesto en 2018, lo puso a cantar en un registro más terrenal. Para cuando llegó “Turbo Lover”, el público se entregó y los músicos retribuyeron con una versión implacable. El flanger de las guitarras circuló como un manto envolvente para que esa oda al amor como mecanismo con sus propios engranajes se consume como el momento de la noche.

Pero la escalada no terminó allí y la salida del clímax no fue abrupta. “Freewheling Burning” fue pura velocidad y abrió el paso a los clásicos infaltables: “You’ve Got Another Thing Comin'”, “Hell Bent For Leather”, “Painkiller”, “Electric Eye”, “Breaking The Law” y “Living After Midnight”. En cada uno de ellos, el cantante que le dio al heavy metal su estética definitiva fue de su gola cavernosa hasta las frecuencias más altas. Pero en cada agudo de Halford hay angustia contenida. No se trata aquí de la liberación de libido a la Robert Plant, sino más bien de un grito que nació a puertas cerradas y se animó a atravesar el ecosistema más hostil. O del recuerdo de que siempre fue el puto amo, y nunca tuvo miedo de decirlo.

Para Jerry Cantrell y los suyos la cosa no está fácil. Nunca lo estuvo, de hecho. Pero sí William DuVall se está haciendo cargo de una obra cuyo canon en su mayoría no le pertenece, ahora el grupo debe lidiar con otra cosa que no le pertenece: la época. Hacer grunge en 2018 sin tu cantante icónico parece una lucha perdida… a menos que seas Alice In Chains.

Con una puesta modesta que extrañamente se guardó las producciones más logradas para los clásicos y dejó al nuevo repertorio a la deriva, los de Seattle ofrecieron un set efectivo, que en su comienzo alternó las dos etapas de la banda con mucho oficio. “Chek My Brain” y “Rooster” (ese paciente camino a la distorsión) marcaron principio y final de un repertorio que tuvo puntos altos en “Rainier Fog” y “Man In The Box” (la guitarra como un lamento granítico). En todo momento, fue Cantrell -tan líder que se encargó de presentar a la banda- quien estableció el clima de cada canción. Lo de Alice In Chains en Tecnópolis fue eso que siempre fue Alice In Chains: construir desde el vacío, tanto su sonido como su biografía.