18/05/2017

Juana Molina en Niceto: folklore de planetas mentales

Una artista envuelta en un "halo" diferente.

La música de Juana Molina tiene un derrotero en común con ese pasado de comediante genial que ella eligió dejar atrás, que a grandes rasgos podría ser esbozado así: planteo – repetición – acumulación – variación – desconcierto – aceptación – disfrute. En la tele, se le aparecían sus “hermanas”, y había lugar para toda esa galería de personajes levemente desencajados que provocaban primero extrañeza y luego carcajadas.

Con las canciones sucede algo parecido, que involucra tanto a su creación y emisión como a la recepción, incluso en sus presentaciones en vivo. Desde que descubrió una “loop station” con la que puede utilizar fragmentos de música para construir una obra superior, verla en concierto implicaba asistir a una suerte de encastre de piezas, hasta que salía con algo inesperado que, tras el impacto inicial, constituía el elemento esencial para elevar la canción a una dimensión inexplorada.

Después de presentarse sola durante buena parte de su carrera, en los últimos años Molina cambió la guitarra acústica por una Gibson SG (¡la que usa Angus Young!) y se rodeó de una banda acotada -Odín Schwartz en guitarra, bajo, teclado y coros; Diego López de Arcaute en batería y percusiones-, pero de una versatilidad y un vuelo notables. El flamante Halo es el resultado de esas variantes, con la cantante en estado de expansión y nueva búsqueda: además de compartir su música con colegas, salió de la costumbre de grabar en su casa y se fue a los estudios Sonic Ranch, en Texas. Y si ya antes de presentar el nuevo disco sus shows habían ganado en dinámica, la primera muestra de Halo en Buenos Aires confirmó a Molina como una artista en estado de gracia.

Si Molina debió batallar para no ser sólo profeta fuera de su tierra, la certeza de dos Niceto llenos (repetirá el miércoles 24) parecen dar cuenta de su triunfo en ese aspecto. Los costados artísticos ya los había conquistado hacía rato, aunque a veces resultara incómodo verla trasladar al escenario esas canciones inusuales que había construido en la soledad de su casa. Esa suerte de folklore de un mundo que sólo existe en su mente tiene ahora una llegada más directa, que genera el contacto rápido con un público ávido de algo fuera de lo común. Es que no hay demasiados artistas -al menos no en el mainstream- que arriesguen por caminos paralelos a los de la cantante argentina: Animal Collective, Dirty Projectors… ¿alguien más?

Antes de que Molina y su banda se plantaran sobre el escenario, una Juana dibujada apareció proyectada sobre el fondo mientas decía “halo”; en instantes, la imagen se multiplicó y el sonido acumuló capas, hasta que la sustracción o la aparición “a destiempo” concretaron ese mismo patrón del que se hablaba al principio. Pero el disfrute en sí comenzó con “Cosoco”, la primera de las cuatro canciones de Halo que establecieron forma y contenido del show.  La repetición de frases más o menos complejas en la guitarra o los teclados continuó en “Cara de espejo”, donde por momentos suena como si King Crimson hiciera un tema de breakbeat con la ayuda de Björk. “Estalácticas” toma elementos folklóricos y los cruza con sonidos de vanguardia, un cóctel que promueve el baile sin necesidad de saber bailar. Y eso mismo hizo Molina en “Paraguaya”, ya sin la guitarra, sobre una base de trance ciberhumano.

“Un día” marcó el pico de intensidad del show, con Molina loopeando teclados y voces hasta construir una copla norteña, sí, pero del norte de Ganímides. “Voy a cantar las canciones sin letra / Y cada uno podrá imaginar / Si hablo de amor o desilusión / Banalidades o sobre Platón”, prometía en ese tema de 2008, cosa que cumple por partida triple en Halo: la experimentación de “A00 B01” y el crescendo psicodélico de “In the Lassa” (que en el disco complementa “Andó”) tienen la voz de la cantante, pero el sentido termina de formarse en la mente del oyente.

Otras canciones del flamante trabajo que sonaron en Niceto fueron “Lentísimo halo” y “Sin dones”, pero también hubo espacio para otra de Un día, “Dar (qué difícil)” y ¡ocho! de Wed 21, su álbum anterior: “Ferocísimo”, “Eras”, “Lo decidí yo”, “Ay, no se ofendan” (en el que jugó con loops de su respiración y tocó un platillo), “Bicho auto”, y los bises con el tema que da nombre a la placa (otro con voz pero sin letra), “Sin guía, no”, y “Final feliz”, en la que los loops construyeron el cimiento para el relato de una pesadilla que termina con el despertar. Afortunadamente, el trance que Molina genera con su música no sólo es más agradable sino también más duradero.