17/03/2017

Jake Bugg en Vorterix: creciendo en público

De joven promesa a artista consolidado en sólo tres años.

El paso del tiempo parece correr a una velocidad distinta para Jake Bugg que para la mayoría de sus compañeros de camada. Aun prescindiendo del análisis de su discografía de estudio, basta con aferrarse a su primera visita a Buenos Aires en marzo de 2014 (como parte de Lollapalooza, y también con sideshow propio en Niceto) y compararla con la de este jueves en Vorterix para entender cómo en sólo tres años el pibe de Nottingham pasó de talento promisorio de los barrios bajos para ser alguien que se planta en un escenario más que curtido por la experiencia.

El abismo entre sus versiones pasada y actual quedó en claro desde el comienzo. A pesar de contar con una pared de Marshalls de fondo, Bugg salió a escena sólo con su guitarra acústica, y así se mantuvieron las cosas por cuatro temas. Todo comenzó con “On My One”, un blues arrastrado y cantado con displicencia, y con una letra auto referencial centrada en el tedio de la vida de gira. De a poco, la cosa se tiñó de folk en “The Love We’re Hoping For” y “Country Song”, y a la altura de “Simple As This” quedó en claro que el bueno de Jake se pasó varias tardes de su adolescencia escuchando a Johnny Cash mientras sus compañeros de colegio se juntaban a jugar a la Play.

Ya con su banda sobre el escenario, Bugg se colgó la eléctrica, y las cosas se mantuvieron así de inalterables hasta el final. En ese formato, “Two Fingers”, una viñeta no-future de sus días en Nottingham de su álbum debut, cobró vigor al prescindir de las guitarras acústicas de su versión de estudio. Algo parecido ocurrió poco después con “Messed Up Kids”, que aportó el primer solo de guitarra de la noche, que los hubo y varios, y con una versión de “Seen It All” (el relato en primera persona de un pibe que asegura haber vivido mucho en poco tiempo) que manejó la intensidad de menor a mayor.

Como si sintiera la necesidad de ofrecer otro matiz, “Love, Hope and Misery” entró en el terreno de las baladas confesionales, con un estribillo de tintes épicos que dejó en claro su intención de querer apuntar a algo más grande a escala de su ambición. La apuesta con el tono rutero de “”ever Wanna Dance”, pero hizo agua poco después con “Bitter Salt”, plagada de guiños souleros que sonaron forzados y ajenos. No por nada, enseguida entraron en acción “Trouble Town” y “Kingpin”, otras dos referencias más que ineludibles a Cash, que sonaron a qué hubiera pasado si, tras bajarse un frasco de anfetaminas, el Hombre de Negro hubiera decidido agarrar una Stratocaster.

Esa senda de rockabilly pisado a fondo continuó con “There’s a Beast and We All Feed It”, en la que Bugg ametralló palabras amontonando consonantes en cada verso. Lejos de reducir los BPM, “Taste It” y “Slumville Sunrise” sirvieron como evidencia tangible de cómo suena lo que hace un pibe de 24 que creció mirando de cerca a Arctic Monkeys. Entre tanta descarga, “Simple Pleasures” volvió sobre el camino de las baladas, esta vez con un balance más armonioso y con un falso final que dio lugar a una coda plagada de solos y licks.

Aun cuando su último trabajo de estudio es un paso en falso en su carrera, las canciones de On my One compensan en vivo todas esas falencias. Prueba de ello fue la versión de “Gimme The Love”, que abandonó las pretensiones dance del original y tomó un viraje eléctrico contundente. Recién terminado el tema (y dos antes de despedirse), Bugg saludó por primera vez al público con escasas palabras. Esa carencia de efusividad fue compensada con una versión desgarradora de “Broken” sólo con su acústica, y una relectura acelerada de “Lightning Bolt”. Tras el último compás, unos pocos saludos y no mucho más, como si la austeridad de su propuesta fuera también de emociones, al menos –o solamente- mientras las canciones no están sonando.