13/12/2017

Jaime Sin Tierra en La Trastienda: melancolía, aquí otra vez

El regreso de la banda que condicionó y direccionó a buena parte de la escena independiente de hoy.

Agustín Dusserre / Gentileza

Casi como una figura marginal en el terreno construido por fuera del mainstream a fines del siglo pasado, la obra de Jaime Sin Tierra condicionó y direccionó a una escena independiente que hoy roza su pubertad. Con el pasar de los años, esa influencia fue de lo imperceptible a lo evidente, y fue la misma que hizo que, por más que su nombre no se mencionara (al menos en público) desde su última presentación en vivo hace algo más de una década, las entradas para su show de reunión se agotasen en poco más de una hora y demandaran una segunda función.

En todo este tiempo, de actividad primero e hibernación indefinida luego, Jaime Sin Tierra cosechó un culto de seguidores tan silencioso como extremadamente fiel. La firmeza y renovación de ese vínculo quedaron entendidos desde el comienzo del show, con el murmullo creciente de “Bonus”. Allí donde cualquier otra banda hubiera jugado una carta fácil, el grupo recurrió a un track oculto, escondido sobre el final de su primer disco, El avión ya se estrelló y yo sigo volando. Lejos de invitar al desconcierto, el gesto sentó las bases de una comunión emotiva que terminó de cementarse en “Torta” y “Kili”, ahí donde la melancolía se cruza con un pedal de distorsión.

Nacida en una época con los tantos repartidos entre el discurso combativo y las orquestas de un Titanic sociopolítico inminente, la banda integrada por Sebastián y Nicolás Kramer, Juan Stewart y Javier Diz no tomó partido por ninguna de las dos posturas y trazó la propia, que retrató la angustia previa al fin del milenio. Esa procesión interna asomó convertida en desolación en “Autochocador” (“Perdí mi rumbo, soy un auto chocador / Que está en llamas y necesita tu amor”), pero también como motor de superación personal en “Inquieto” (“¿Qué son estas cosas que siento? / Soy yo, alguien que llevo dentro / Me está pidiendo que no me quede quieto / Mientras crezco”).

En un repaso caracterizado por una lectura respetuosa de su propia obra, “Cápsula” quebrantó el formato y apostó por la deconstrucción del pasado, con Nicolás en guitarra acústica y Stewart a cargo de una nube de sintetizadores. Los chispazos de “Cero de amor” le pasaron de cerca al Radiohead de Pablo Honey, y “La felicidad” procesó a “One of These Things First” de Nick Drake a través del tamiz indie. Poco después, “Tifón” apostó por un crecimiento paulatino, que fue desde un clima microscópico a un desenlace fronterizo al noise, y “Citrus” se paseó como un trip hop con tracción a sangre construido con una serie de recursos mínimos.

Después del bossa & indie de “Ruta a 80”, “Mismas estrellas” fue la respuesta posible a cómo sonaría “Inbetween Days” si se le restase oscuridad y se le sumase melancolía. Casi como una necesidad de borrar etiquetas y lugares comunes, “No te desanimes” y su estribillo echaron por tierra cualquier caricatura de excesiva sensibilidad y tristeza. Después de una versión electrificada y a paso lento de “(22)”, “Explotar” hizo honor a su título: una progresión de cuatro acordes que en cada repetición sumó intensidades hasta desembocar en un estallido valvular y “24 centavos” fue un recordatorio de cuánto costaba una llamada en un teléfono público hace casi dos décadas. Sin frases elocuentes ni declaraciones calculadas, Jaime Sin Tierra convirtió la última canción de la lista en una declaración testimonial. “Es mutuo, es tuyo y es mío / Es de todos lo que quieran compartirlo” reza la letra de “Nuestro”, la enésima reafirmación de esa complicidad silenciosa entre la banda y su público.