16/03/2016

Iron Maiden en Vélez: la Bestia ha resucitado

Más de 40 mil personas fueron a escuchar su remera.

Como desde hace ya varios años, lo último que suena antes de que empiece el recital de Iron Maiden es "Doctor Doctor", de UFO, y lo que termina es "Always Look on the Bright Side of Life", de Monty Python. Lo que sucedió en el medio en el Estadio de Vélez Sarsfield, sin embargo, fue la enésima prueba de un grupo que sabe cómo reinventarse. Una vez pasada la animación que mostraba al Ed Force One atascado en una selva (en la vida real está atascado en el aeropuerto de Santiago de Chile), Bruce Dickinson, encargado de pilotear esa nave y también la de los seis músicos en el escenario, se paró sobre lo que emulaba ser la pirámide de un imperio precolombino y dio comienzo a "If Eternity Should Fail", un tema de The Book Of Souls, el disco que los tiene de gira.

Aquí, la primera gran diferencia con su anterior visita a Buenos Aires. En 2013, su paso por el Estadio de River Plate había dejado un sabor agridulce. No sólo por el recordado incidente del vallado que obligo a parar el recital por más de 20 minutos, sino porque el repertorio aquella vez fue una especie de Grandes Éxitos llevado al vivo cuyos temas más actuales databan de 1992 ("Fear of the Dark" y "Afraid to Shoot Strangers"). Por supuesto que un show de Maiden a puro clásicos es un partido ganado antes de empezar, pero también corrían el riesgo de convertirse en su propia fotografía en sepia. Este Maiden, el modelo 2016, confía en su presente y sube al escenario a defender su última producción como en los años en los que todavía tenían que probarle vigencia al mundo.

Un grito pelado de Bruce Dickinson antes de "Speed of Light" fue la demostración de que su cáncer de lengua ya quedó atrás, porque puede ser piloto de avión, licenciado en Historia y esgrimista de primer nivel, pero antes que nada es el cantante más dramático que haya dado el heavy metal. "Children of the Damned" -una balada arquetípica que no forma parte de los hits obligados del grupo, pero cuya secuencia armónica puede escucharse desde "The Unforgiven" (Metallica) a "La balada del diablo y la muerte" (La Renga)- fue el primer vistazo al pasado para volver de inmediato a The Book Of Souls con "Tears of a Clown", dedicado a Robin Williams, y "The Red and the Black".

Recién seis temas después de comenzado el show, las más de 40 mil personas que vistieron de negro el lugar tuvieron su pogo desenfrenado: Bruce Dickinson peló la Union Jack y "The Trooper" funcionó como síntesis perfecta de su arquitectura sonora. Un riff igual de coreable que la melodía, un bajo atresillado que cabalga como en película épica protagonizada por Mel Gibson, Nicko McBrain atacando el ride como si Sylvester Stallone fuese desafiado a tocar jazz, y los guitarristas cediéndose los solos a la velocidad con la que los corredores olímpicos se pasan el testamento en una posta de 4 x 100.

"Los imperios caen, se levantan y vuelven a caer, pero la gente es la que está en el medio", explicó Dickinson en una mini clase de Historia con conciencia social y después de un pequeño respiro que incluyó el cantito de feliz cumpleaños a Steve Harris (su onomástico fue el 12 de marzo), "The Book of Souls" trajo por fin la presencia de Eddie. Allí el cantante volvió a desplegar todos sus recursos escénicos para demostrar que no sólo su voz goza de buen estado sino también su físico.

"Hallowed be thy Name", con sus guitarras tan enmarañadas como ágiles, fue el comienzo perfecto, ahora así, para la ráfaga de clásicos. Siguió "Fear of the Dark", la muestra cabal de que, si la tragedia está bien lograda, un metalero puede reconocer que le tiene miedo a la oscuridad sin ser acusado de blando en el intento y "Iron Maiden" marcó el final antes de los bises. El intervalo duró lo que dura la siniestra voz en off que hace las veces de introducción a "The Number of The Beast", el tema infaltable en cualquier show en vivo y en cualquiera de las innumerables compilaciones del sexteto que pululan por las bateas de las disquerías.

Pero Maiden tenía guardada otra sorpresa para el final. Ni "Run to the Hills" ni "Two Minutes to Midnight" ni "Aces high": el penúltimo tema de la noche fue "Blood Brothers", del injustamente subvalorado Brave New World (2000), el disco que marcó, además del regreso de Dickinson, el de Adrian Smith para establecer la formación actual con guitarras trillizas. Explosiones mediante, "Wasted years" fue el punto final para otra contundente presentación de Iron Maiden en la Argentina. “No malgastes el tiempo buscando esos años perdidos / hacele frente, parate / y date cuenta que estás viviendo tus años dorados”, cantó Dickinson con sus agudos imposibles y redentores. Casi como un lema de autoayuda que ellos mismos comprobaron efectivo.