13/10/2019

Iron Maiden en Vélez: teatro de operaciones

El legado de la Bestia se traspasa de una generación a la otra.

Iron Maiden

"Legacy of the Beast", la gira que trajo nuevamente a Iron Maiden a la Argentina, le debe su nombre y su inspiración al videojuego para celulares (y pinball contante y sonante) que la banda lanzó en 2016. La iconografía clásica del sexteto pedía a gritos algo por el estilo y, bueno, ahí está el app store para engrosar un poco más las cuentas bancarias de Steve Harris y compañía. Está por terminar la segunda década del siglo y nadie va a plantear traiciones al metal ni boludeces principistas que ya huelen rancio. Al contrario, la marea humana se agitó por primera vez en el campo de Vélez mientras en las pantallas se veía el trailer del jueguito.

Pero esa es sólo parte de la historia, porque lo que en realidad movió a más de 40 mil personas fue la potencia arrolladora -con un sonido tan fuerte como prístino- de la música de Iron Maiden. En Vélez había gente de edades muy diversas, como para confirmar una vez más que "el legado de la Bestia" se ha traspasado por generaciones. Y cuando sonó la voz de Winston Churchill durante la Segunda Guerra Mundial, chicos y grandes sabían que venía "Aces High", y con ella el comienzo de un show tan calculado como movilizador.

Una cita más, al fin y al cabo, con una de las bandas más clásicas del heavy metal. Pero una que trajo una puesta teatral de principio a fin como uno de los condimentos para renovar la pasión. En ese contexto, Bruce Dickinson -con la voz impecable- fue actor, maestro de ceremonias y titiritero en escena, al que era imposible quitarle los ojos de encima así sobrevolara sobre él un avión de guerra o hubiera un Eddie trooper de más de tres metros intentando matarlo a espadazos. Por lo que genera esa atracción, también, el cantante abandonaba una y otra vez el escenario para que sus compañeros se lucieran con sus solos, en medio del despliegue épico de una banda inoxidable.

La dinámica de las tres guitarras, que ya lleva un par de décadas, llegaría a un punto cúlmine en "The Wicker Man" -cuando Adrian Smith y Janick Gers, enfrentados, tocaron con sus púas las seis cuerdas del otro-, pero se hizo notoria desde el comienzo: mientras el cantante corría por el enorme escenario ataviado como un piloto de guerra, Dave Murray le agregaba con su solo más épica a una canción que la derrocha de por sí. Para "Where Eagles Dare", Dickinson ya llevaba un gorro sherpa, apropiado para el telón de fondo con una montaña nevada. "No llores por mí, Argentina -dijo el vocalista en "2 Minutes to Midnight"- ¡Gritá por mí, Argentina!" La explosión abajo empardó a las que tenía preparadas Iron Maiden.

En su única alocución de la noche, Dickinson pidió perdón por no haber tocado en un lugar más grande ("la próxima vamos a hacer dos o tres shows en el fuckin' estadio de River Plate", ¿exageró?) e introdujo "The Clansman" recordando la historia del escocés William Wallace y su lucha contra la opresión inglesa. No hubo imágenes de Mel Gibson mostrando el culo a las tropas de la Reina, pero la canción quedó más que lógica en esa parte del show centrada en lo bélico (incluso desde la escenografía con camuflaje que llegaba hasta a tapar al baterista Nicko McBrain). El segmento terminó con el vocalista cruzando mandobles con la mascota zombie de Iron Maiden, y levantando una bandera argentina y una británica durante "The Trooper".

"Revelation" inició el segundo acto con una suerte de iglesia pagana desde el telón de fondo, continuada por "For the Greater Good of God", "The Wicker Man" y "Sign of the Cross", en la que Dickinson blandió una cruz de la que salían luces. "Flight of Icarus" mostró en el fondo del escenario una versión inflable y enorme del personaje mitológico, mientras el cantante tiraba fuego con un lanzallamas en cada mano. En "Fear of the Dark" -una de las más coreadas de la noche-, el vocalista jugó uno de sus roles teatrales más intensos, con máscara y farol en mano; y en "Iron Maiden" un demonio enorme se apoderó del escenario. Claro que en el medio estuvo "The Number of the Beast", otro clásico del grupo que suena incluso mejor que en sus comienzos.

"The Evil That Men Do", "Hallowed Be Thy Name" (con Dickinson cantando tras las rejas o con una horca en la mano) y "Run to the Hills" (con tantas llamaradas como es posible desplegar en un escenario) fueron los bises de un show que no se corrió ni un ápice de su libreto, más allá del espacio de cada músico para desarrollar su inventiva -y sus propios clisés, obviamente- en los solos. El hecho de que una banda con más de cuatro décadas de vuelo como Maiden todavía logre propuestas atractivas con un sonido por demás de clásico es para destacar. Deberían darle un reconocimiento en el Congreso o algo así...