29/03/2019

Interpol en Lollapalooza: la angustia sigue siendo la misma

Nuevas canciones, viejas mañas.

Interpol

Cada show de Interpol en la Argentina está signado por el contexto interno en el que ocurrió. Así como su debut porteño en 2007 coincidió con su intento de medirse en terreno de discográficas major tras exprimir la independencia, sus posteriores visitas pusieron al público de testigo de una banda que perdió a un integrante clave primero y que tuvo que buscar cómo salir adelante después. Su cuarto paso por el país (y el segundo por Lollapalooza) ofreció una variante nueva: la de la reinvención necesaria después de años de terreno seguro, sin dejar de lado a la angustia como motor creativo.

Por eso, aunque “C’Mere” (de Antics, de 2004) haya sido el comienzo formal de su show, el verdadero punto de inicio estuvo en el tema siguiente. “If You Really Love Nothing”, encargada de abrir Marauder, su último disco, restó hermetismo post punk y sumó una ambición pop presente en el falsete dominante de Paul Banks, sin que eso contrastase con la rigurosa etiqueta negra de su vestuario. Por momentos, el recambio dejó de ser musical y lo fue también estético, como en la bola de espejos que ornamentó con destellos el escenario durante “Public Pervert”.

Con la necesidad de actualizar el repertorio, “Evil” sumó matices con la simple incorporación de un piano en diálogo con las seis cuerdas. Pero como no todo debe limitarse a borrar de plano al pasado, “PDA” replicó de manera fiel la atmósfera de su álbum debut, ahí donde Joy Division choca de frente con las guitarras de cepa neoyorquina. A modo de actualización sonora, “Fine Mess”, que da título al EP que Interpol publicará en mayo, llevó su angustia citadina a la pista de baile. En un español perfecto, Banks agradeció al público antes de una lectura rabiosa de “Say Hello to the Angels” y una versión de “All the Rage Back Home” algo accidentada.

“Rest My Chemistry”, edificada sobre una base que parece trastabillar a cada compás para recomponerse al siguiente, logró hermanarse con “The Rover” a través de su composición matemática, en este caso a partir de un riff que parece ensamblarse de a una nota por vez desde la guitarra de Daniel Kessler. “Creo que todos conocen esta”, dijo Banks antes de “Slow Hands”, timoneada por una línea de bajo y un Hammond chispeante. Después de “The Heinrich Maneuver” y su falso final, “Lights” puso el cierre formal a base de purismos, porque no hay experimentación que pueda hacerle frente a una fórmula ganadora.