20/09/2021

Homenaje a Palo Pandolfo en el CCK: una luz en la neblina

Estará, estará.

Gentileza Centro Cultural Kirchner/ Fede Kaplun
Palo Pandolfo

Claudio Fernández sostiene los palillos en alto por unos segundos. Sus herramientas de trabajo señalan un cielo imaginario, cubierto en ese instante por el techo de La Ballena Azul, el auditorio más majestuoso del Centro Cultural Kirchner. A la salida se lo puede ver: el cielo está rosado como un pomelo y una neblina extraña lo cubre. Parece una noche otoñal casi en el inicio de la primavera. Pero el fenómeno va de la mano con lo que acaba de acontecer. Un evento de una belleza desconcertante, una sinfonía agridulce, una celebración que se lloró de principio a fin. Este sábado 18 de septiembre es un velorio y a la vez una fiesta.

Hace casi dos meses, el mundo de la música argentina tomó con sorpresa la muerte de un obrero de la canción, Palo Pandolfo. Con un disco casi terminado al que solo faltaba grabar participaciones de músicos invitados, y mientras la agenda de shows retoma paso a paso en medio de la pandemia, el mazazo pegó fuerte y aún está siendo digerido por el público y los íntimos. Estaré, la celebración de su obra acontecida en el CCK, sirvió para hacerse la idea de la ausencia física y como muestrario breve de un legado polivalente: coherencia discursiva, poesía vivaz, prepotencia de trabajo y un universo musical tan inabarcable como su voz. Una hora y media de un Palo y sus Bandas Eternas sin el mismísimo Palo. Qué cachetazo a la justicia: esto pudo y debió haber sucedido en vida.

La celebración comenzó por el medio. La Fuerza Suave fue el primer grupo que formó el hombre de Flores (a propósito: hermosa la decoración floral a cargo del fotógrafo Leo Vaca en medio del escenario) para encarar su aventura solista, recién iniciado el siglo XXI. El primer y único disco con esta banda, A través de los sueños (2001), apareció días antes de la gran crisis de aquel año. “Virgen” y “Todos somos el enviado” fueron las postales elegidas, con las voces de Lucio Mantel y Micaela Chauque y las guitarras de Sol Bassa y Tito Losavio sumándose al ensamble. En esos cuatro nombres se vio el mapa de influencias del homenajeado: un cantor sensible ungido por Pandolfo dentro de lo que denominaba La Nueva Vanguardia; una coplista linkeable a las sonoridades de Maderita o Ritual criollo; una joven fan que vio y accionó (“Si hay alguien que me enseñó a ser obrera es Palo, salir a defender lo que uno construye”, dijo Bassa); y un compañero de generación con el que trabajó codo a codo (Losavio produjo Antojo, el disco de versiones que Palo publicó en 2004).

El primer bombazo cayó pronto: una formación remozada de Los Visitantes con los hermanos Mariano y Juan Pablo Fernández Bussy al frente, Jorge Bianchini en saxo y  Christian Dergarabedián en teclados. Luego, la cofradía con la que Palo compartió dos bandas: Fede Ghazarossian, Alejandro Varela y Daniel Gorostegui, junto con Karina Cohen, compañera de vida y arte, con su remera de Los Verbonautas. La carga emotiva de “Playas oscuras” entró por todos los flancos, y los Fernández se repartieron la melodía como pan caliente: un poquito cada uno. En sus estilos, tan distintos entre sí, hay una deuda al corte tanguero de Palo, con un efecto más dulce en Mariano y más parco en Juan.

Además del homenaje de Karina, otra rendición flotaba en la superficie: en el escenario podría estar Santiago, el hermano Fernández que ya no está, ese que acompañó a Pandolfo en su excursión tanguera con El Cuarteto Garpamal. El tributo resulta múltiple, el trompazo es fuerte. Y cuando terminó “Playas oscuras”, Juan Pablo se quedó para ejecutar “Sangre”, intervenida con más poesía por Karina. Solo dos canciones de Los Visitantes y el show debía continuar a toda velocidad.

Ingresó El Ritual y confluyen universos de nuevo. La dupla de Pablo Dacal y Lucía Riet arremetió con “Oficio del cantor”, dos voces muy distintas conviviendo en una página preciosa, casi un manifiesto. Mariano Fernández regresó, esta vez junto a Cucuza Castiello, uno de los tantos tangueros que se crio al calor del rock nacional y cayó rendido ante el coctel estilístico de Espiritango. Pasó “El ente” y entró Lidia Borda, no para hacer “Turbias golondrinas” -la canción que grabó con Palo- sino para revisar “Canción cántaro”. Nora Lezano, sentada a la izquierda de Lidia, se puso de pie para recitar un fragmento de la letra y volvió a su silla. El aire olía a dolor y gloria.

Palo Pandolfo

“No puedo creer esto que voy a presentar”, anunció Gabriela Radice, que ofició de maestra de ceremonias entre lágrimas contenidas y recuerdos variopintos. Eso que iba a presentar era Don Cornelio (y La Zona, si gustan) y se reunía de manera oficial, anuncio mediante, por primera vez desde su separación. Pasaron más de 30 años y este Cornelio fue un Frankenstein inclusivo: todos los músicos que participaron de la etapa profesional del grupo estaban en escena. Y es justo. Tal vez el bloque más esperado de la noche, ubicado en el medio de la grilla.

Aquí aparecieron los brazos extendidos al cielo imaginario de Claudio. Y su batería, que fue un martillazo. "El baterista que gestiona todo desde ahí", decía Palo. Los invitados fueron precisos y dieron la talla. El Cardenal Domínguez inició la jugada con “Tazas de té chino”, y Flopa Lestani se sumergió en la magia negra de “Espirales”. Una presencia fuerte y sombría, la seducción vuelta exorcismo.

La banda obliga: aquella leyenda sobre sus recitales salvajes fue durante ese instante poderoso una realidad palpable, aun sin el dragón que escupía fuego al frente. Flopa le pasó la posta a Paula Maffia y “Espirales” se enganchó con “Patearte hasta la muerte”, otra de Patria o muerte (1988). Maffia prolongó el conjuro con la misma intensidad, y venció. Que difícil salir a tocar después de Don Cornelio, que terminó el set con su máximo hit reformulado por el siempre enérgico Fernando Ruiz Díaz: “Palo vendrá”.

A partir de allí, el desafío quedó en manos de casi toda la familia Vitale, dirigida por Juan Belvis. Las dos canciones que anticipan Siervo -“El alma partida” y “Tu amor”-, el disco póstumo que será publicado el 22 de octubre, fueron interpretadas por Liliana Vitale y Mora Navarro primero, y la misma Mora junto a Santiago Motorizado después. La Hermandad devolvió la intensidad tras el momento íntimo e indie en, tal vez, el bloque más festivo (“El leñador”, con Sol Pereya y algunos desperfectos técnicos luego solucionados; “Morel”, con Ignacia y Juani Rodríguez de Andando Descalzo; y “Antojo”, otra de Los Visitantes, con Losavio de nuevo en escena pero ahora en la voz).

El homenaje llevó el nombre de una canción que Palo Pandolfo compuso en el oeste del conurbano cuando, en un rapto de hartazgo, se tomó el tren Sarmiento, bajó en Castelar y alquiló el primer chalet que le mostraron. Una huida del caos y las avenidas, un canto definido por el mismo Palo como "ecosocialista". El escenario fue un desborde al momento de esa canción que habla de un sol que alumbra por igual a un recién nacido y a un preso. La fiesta ante la muerte, la multitud de músicos en escena, la duración infinita. Así debía cerrar un homenaje al artista eléctrico. Con el tema que, decía, “levanta hasta a los muertos”. Estamos, estarás. Y que la niebla y el cielo color pomelo se lleven las lágrimas.