02/10/2017

Guns N’ Roses y The Who en La Plata: química entre los dos

Los no tan chicos están bien.

Ake Music / Gentileza

Hay una escena de la película Casi famosos en la que, en medio de una crisis interna, el dúo creativo de Stillwater repasa los roles de cada uno: el cantante debe ser extrovertido y el guitarrista, misterioso. Si en algún momento alguno osa salirse del guión, lo que corre peligro no es sólo la integridad de la banda sino también la del gran circo del rock and roll. Y eso es lo que The Who y Guns N’ Roses todavía luchan por sostener después de años de idas, vueltas, desplantes y despechos.

Porque apenas sonaron los acordes de “I Can’t Explain”, la distorsión de la guitarra de Pete Townshend que derrite los parlantes se esparció como lava incandescente y, en el golpe inicial, las ausencias de Keith Moon y John Entwistle pasaron al olvido. Para completar la posta, Roger Daltrey tomó la pequeña pasarela y desgarró su garganta bajo la lluvia. El binomio cantante-guitarrista sostenían el peso de la historia y saldaban una deuda de 55 años con el público argentino.

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“The Seeker” completó el uno-dos inicial. Townshend aporreó las cuerdas de su guitarra con su clásico movimiento en remolino y Daltrey revoleó su micrófono dibujando círculos en el aire. Cómo en una cátedra de clasicismo rockero, la fuerza centrífuga de ambos parecía atraer tanta nostalgia como salvajismo. Para bajar los decibeles, las armonías vocales y el andar entrecortado de “Who Are You?” iniciaron el recorrido de The Who por todas las zonas de su obra.

Pasado el shock inicial, la voz de Daltrey mostró algunas falencias que quedaron disimuladas en una lista compacta y precisa. “My Generation” se convirtió en el grito de guerra de un público que tuvo que esperar demasiado (cancelaciones mediante) para escuchar eso que hace 50 años definía su adolescencia, y entonces poco importó que el líder de los Who flaqueara en algunas notas o que John Bulton arremetiera con su bajo tocando las notas correctas pero sin el swing de Entwistle. Con “Behind Blue Eyes”, una prefiguración de la power ballad, la épica atravesó todo tipo de generaciones y remeras. Una vez más, todo quedó en manos del binomio cantante-guitarrista.

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Como esos boxeadores que saben cuándo pegar, The Who fue contundente en el final de su set. “Pinball Wizard” y “See Me, Feel Me” mostraron la inapelable combinación de rock guitarrero y grandilocuencia conceptual que distinguió al grupo de sus pares. Las grandes formas construidas desde las pequeñas formaciones, o cómo inventar el rock de estadios. Pero faltaban dos ases por jugar. “Baba O’ Riley” redujo el rock a su expresión mínima: tres acordes mayores, que tocados por Townshend se volvieron gigantes, y un cantante que encontró sus mejores agudos.

Casi sin que el grupo interactuara con el público en los 90 minutos de show, “Won’t Get Fooled Again” cerró el debut de The Who en la Argentina de la misma manera que lo arrancó: con el puño de Townshend en lo alto y con Daltrey sacudiendo el micrófono como si se tratara de un lazo. “Vamos a luchar en las calles / con los chicos a nuestros pies“, dicen los primeros versos de la canción editada en 1971. El público veinteañero que despidió al grupo con ovación y asombro les dio la razón.

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Si alguien ha disfrutado y sufrido de la tensión cantante-guitarrista, esos son Axl Rose y Slash. Porque aunque Guns N’ Roses nunca dejó de existir y su cantante se encargó de mantener el nombre casi como una muestra de orgullo adolescente, nada fue lo mismo desde el hombre de la galera decidió abandonar el grupo en 1993. Y es por eso que este regreso, que ya los tuvo en la Argentina el año pasado, parece una prueba constante de lealtad y madurez.

Sin nada que demostrar, Slash aceptó volver a Guns N’ Roses bajo las reglas de Axl: la formación actual y la inclusión de temas de Chinese Democracy parecen responder a un capricho de seniority de quien mantuvo viva la marca durante todos estos años. Pero todo eso se esfumó en el aire ni bien el grupo arremetió con “It’s So Easy” y “Mr. Brownstone”, con un despliegue que recuperó todos los yeites de un show a gran escala: fuegos de artificio, despliegue escénico, inicio demoledor  y la lluvia como un imponderable a capitalizar.

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Del contoneo de Axl a la parada de Slash con la Les Paul sobre su muslo, Guns N’ Roses entregó una postal rockera en cada momento. Los clichés del hard rock dejan de serlo en la piel de quienes los inventaron. Debajo del escenario, la reacción fue automática y la estampida del público motivó el pedido del cantante, traductor mediante, de que todos dieran un paso atrás para que nadie saliera herido. “Chinese Democracy”, próxima en la lista, jugó a favor de la calma… aunque momentánea, porque acto seguido, “Welcome To The Jungle” desató el pogo más grande de la noche y uno de los momentos de mejor sinergia grupal.

Después de que la combinación “Rocket Queen”-“You Could Be Mine” se probara demasiado exigente para este Axl con mucha garganta pero pocos pulmones, “New Rose” (de The Damned) y “This I Love” comenzaron a plantar la certeza de que al show no le faltaría pero también le sobraría bastante. Un cover poco esmerado de “Black Hole Sun” y la seguidilla de instrumentales con homenajes al tema principal de El Padrino y a “Wish You Were Here” atentarían contra la contundencia de un repertorio que tiene su fuerte en la cantidad y calidad de clásicos de factura propia. “Civil War”, con cita a “Voodoo Child” en el cierre, y “Yesterdays”, que el grupo no tocaba en la Argentina desde 1993, pusieron Guns N’ Roses a mostrar variantes y a Axl a desplazarse cómodo por su registro medio y bajo. Detrás suyo, Slash ya había copado el escenario a lo ancho y su diapasón a lo largo.

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Para la segunda mitad de la lista, el cansancio y la lluvia hicieron mella en el público -algunos se retiraron luego de “Sweet Child O’ Mine”- y en el grupo -“November Rain” sonó desangelada gracias a algunos apuros innecesarios-. Pero Axl es el cantante de las mil sobrevidas. Después de ir por todo en “Knockin’ On Heaven’s Door”, guardó sus últimas balas para los bises.

“Patience” y “Don’t Cry”, dos baladas con diferentes intensidades, se intercalaron con “Whole Lotta Rossie” (un guiño y agradecimiento a AC/DC) y “Paradise City”, el final festivo ineludible. Vestido con sombrero, bandana, campera y guantes de cuero, anillos, remera, dos crucifijos, camisa atada a al cintura, jeans y botas texanas, Axl encierra todos los Axl que supo ser, y disfruta de esos momentos en los que su garganta le trae los mejores recuerdos, y entonces gira sobre su eje y sonríe. Del otro lado, Slash esconde sus expresiones debajo de su galera y sus rulos. Porque Slash es muy discreto y no dice nada. Y ambos saben que es mejor así.

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