01/05/2022

Gorillaz en Quilmes Rock 2022: fuerza de la naturaleza

Como un golpe de rayo.

Gorillaz

La segunda visita de Gorillaz a la Argentina quedará marcada por un feat no tan inesperado que ocurrió en el último tema del concierto. Minutos antes del final, después de una hora y media de un show que se meció entre hits, deep cuts y algún que otro estreno, Damon Albarn invitó a Trueno a compartir el escenario en “Clint Eastwood”. El freestyler de La Boca entró al escenario del Quilmes Rock sin anuncio para tirar barras en el que tal vez sea el hit máximo de Gorillaz, mientras el dueño del circo animado lo miraba con una media sonrisa en su boca, como aprobando el filo de cada verso por más que no pudiera entender una sola palabra de lo que estaba escuchando. Si en su show en Uruguay, Albarn había querido tener un gesto con el público al tocar “The Tower of Montevideo”, acá las cosas habían ido bastante más al límite. 

Y aunque las cosas terminaron bastante distintas, el comienzo de su segundo show en Buenos Aires fue bastante parecido al primero, con el crescendo punk de “M1 A1” y el dub juguetón de “Last Living Souls”. Para marcar una diferencia, entre ambas se posó “Strange Timez”, grabada junto a Robert Smith, y con la cara del líder de The Cure convertido en la luna de Georges Melies. “Tranz” fue uno de los varios momentos en los que la música pareció sintonizar con el apocalipsis, y después “Aries” pegó un giro: un cimbronazo distorsionado que prometía caos le abrió paso a un electropop corte Manchester, con el bajista Seye Adelekan replicando nota por nota la línea que Peter Hook grabó en su versión original. 

Melódica en mano, Albarn comandó una lectura fiel de “Tomorrow Comes Today”, el primer hit de Gorillaz, con animaciones de fondo fechadas en 2000. “Rhinestone Eyes”, en cambio, lo encontró en modo eufórico: después de arrodillarse para enfatizar la súplica de su letra bajo a la fosa para rematar el tema sobre el público, y volvió al escenario con una bandera de Argentina que se mantuvo sobre sus hombros para “19/2000” y “Cracker Island”, un estreno que lo tuvo a Thundercat aportando música y delirio desde la pantalla de fondo. Después de todo eso, “O Green World” funcionó como un resumen concentrado de todo lo que pasa por la cabeza del creador de Gorillaz, con una balada flemática al piano que, oscilación de cinta mediante, se convirtió en una fiesta de pulso electrónico, para ir y volver en reiteradas ocasiones.

Si la animación y las canciones son las dos columnas centrales de Gorillaz, hay una que no debe ser desestimada y es la cuota escénica que le aporta Albarn. Para muestra, “Pirate Jet”, en la que volvió a bajar a la vallar, esta vez para ponerse una máscara de payaso igual a la que 2D utiliza en el video de Stylo, para luego sacarle el celular a alguien del público, filmarse en primer plano mientras cantaba y luego devolverlo, todo en poco más de un minuto. “On Melancholy Hill”, en cambio, lo tuvo de vuelta al piano para una de las canciones más conmovedoras de toda su cosecha. Desde ese mismo instrumento, el también líder de Blur dirigió los hilos del funk robótico de “Stylo”, que tuvo a Bootie Brown rapeando desde el escenario y a la voz grabada de Bobby Womack como una suerte de manifestación espectral en los estribillos. 

Aún con el pasar de los años, la raíz conceptual de Gorillaz sigue estando en Demon Days, su segundo disco. De ahí que el pop en tonos menores de “El mañana” y “Kids With Guns” marquen una línea de continuidad estética con “Andromeda” por más que entre ambas haya 13 años de diferencia. “Momentary Bliss”, en cambio”, demostró tener una raíz propia, un beat de hip hop salido de una cajita musical que se convirtió en un huracán guitarrero a partir de la aparición en pantalla de Slowthai y el dúo de hardcore Slaves. Tan voraz fue el momento, que el groove plenipotenciario de “Dirty Harry” fue la única salida posible no para acentuar contrastes, sino para liberar la presión por algún lado. 

Posdnous, de De La Soul, tuvo la tarea de reemplazar a sus demás compañeros de banda en el pop juguetón de “Superstar Jellyfish”, y luego en “Feel Good Inc”, ya convertido en una suerte de coordinador de viaje de egresados que no podía parar de pedir palmas a los gritos, incluso tapando a Albarn mientras cantaba. Y de ahí al final del show, que es también el principio de este texto: Gorillaz rompió la lógica de sus shows en vivo, que históricamente replican el cierre de Demon Days, y dio pie a una versión de “Clint Eastwood” que tuvo el freestyle a cargo de Trueno, y una última sección anfetamínica en la que tomó la posta Sweetie Irie. Y si la vez anterior la banda se despidió de la Argentina a las apuradas porque una tormenta prometía arrasar con todo, esta vez la fuerza natural estuvo sobre el escenario.