10/06/2019

Fito Páez en el Movistar Fri Music: brillante sobre el mic

El rosarino paseó por toda su trayectoria en el Hipódromo de Palermo.

Movistar / Gentileza
Fito Páez

Es imposible resumir la carrera de Fito Páez en un solo show, incluso si este dura dos horas y 40 minutos, pero el rosarino lo intentó en su presentación del domingo en el Movistar Fri Music desarrollado en el Hipódromo de Palermo. Canciones de varias eras se cruzaron entre sí y algunas se dijeron “hola” después de mucho tiempo, mientras el cantante construía otro recital para el recuerdo. Y en ese ida y vuelta entre pasados recientes y lejanos, dejó abierta la puerta del futuro: “Aunque no lo crean, ya tengo otro disco”, cantó sobre la melodía de “Brillante sobre el mic”, un anuncio que más tarde completó con la certeza de que va a “grabarlo ya”.

Fito Páez habló también de “dar paso a las nuevas canciones”, aunque vale la pena preguntarse cuántas de ellas podrán integrar eventualmente las listas de temas de shows por venir. Es que el cancionero del rosarino puede ostentar sin tapujos múltiples gemas de la música popular argentina -con el rock incluido- de las últimas décadas, temas que han conmovido a varias generaciones y a los que, más que tildar de clásicos, habría que mencionar como parte del inconsciente colectivo del país.

En el Movistar Fri Music, eso se hizo patente desde el comienzo, cuando Páez arrancó a cantar que “Rosario siempre estuvo cerca”. “Tema de Piluso” le dio paso a “La ciudad liberada”, la canción que le dio título a su último trabajo, y “Giros” terminó de poner las cuestiones geográficas en perspectiva: “Estoy en Buenos Aires, en mi ciudad”, improvisó el cantante, que ya pasó mucho más de la mitad de su vida en la capital argentina. “Cómo dicen que me fui si siempre estoy volviendo, che”, parafraseó antes del tema a Aníbal Troilo, emblema porteño si los hay.

En la primera parte del show, el rosarino azuzó al público ante una respuesta que sentía algo fría, pero lo cierto fue que las canciones elegidas para ese segmento no fueron las más populares: “Aleluya al sol”, “Wo Wo Wo” y “Tu vida, mi vida”, del último álbum, se escucharon con respeto pero sin euforia; “Naturaleza sangre” fue la primera muestra del costado más rockero del músico; y “El jardín donde vuelan los mares” obró como rescate de una de esas páginas injustamente poco conocidas de su producción.

“Vamos a ver si cantan todos”, desafió Fito en el comienzo de una seguidilla de hits: en “11 y 6” obró de director de un coro de 25 mil personas, “El amor después del amor” y “Dos días en la vida” permitieron el lucimiento de la corista Anita Álvarez de Toledo, la belleza de “Un vestido y un amor” tocó los corazones y “Polaroid de locura ordinaria” confirmó lo que había dicho Páez antes de tocarla: “En ningún lado se canta esta canción como en Buenos Aires”.

Cuando el músico anunció que invitaría a una cantante amiga, parte del público empezó a cantar por Fabiana Cantilo, pero él lo cortó, risueño: “No es Fabi. ¿Se creen que es la única amiga que tengo? Quiero tener un millón de amigas y de amigos y de amigues”. Quien sí subió al escenario fue María Campos, que antes había participado de la jornada (al igual que Leo García y La Femme d’Argent), y que con voz tanguera y Páez al piano logró la magia de la intimidad multitudinaria con su versión de “La despedida”. El otro invitado de la noche llegó enseguida, pero en otro plan: David Lebón cantó “Copado por el diablo”, una de sus canciones iniciales, e intercambió punzantes solos de guitarra con Maxi Agüero.

Con la temperatura del show más elevada, Páez eligió la diversificación: primero dejó que el tecladista Juan Absatz y el bajista Diego Olivero construyeran una suerte de outtake de Vangelis a dos sintes en “5778”, levantó con “Tumbas de la gloria”, bajó línea con “Islamabad” y cantó que “la música es la luz del alma” en “Plegaria”. “Se terminó”, también de La ciudad liberada, fue una falsa despedida, porque venía lo más jugoso del show. “La verdad es un mundo de charlatanes, yo también lo soy, pero algunas de las palabras las puedo cantar con la frente alta. Estas, por ejemplo”, dijo antes de “Al lado del camino”. Y “Circo beat” (en cuya letra reemplazó a Gena Rowlands por Sofía Gala, que estaba entre el público) terminó de cerrar el calidoscopio de variopintas influencias de Páez.

“Ahora sí se prenden todos los teléfonos, estamos en la noche de Movistar, ¿o no?”, le planteó el músico a su público, que respondió con un mar de lucecitas (mientras el escenario quedaba a oscuras) para “Brillante sobre el mic”. “Ciudad de pobres corazones” sonó todavía más desgarradora de lo habitual con la guitarra de Lebón: exultante, Páez no sólo fue a subirle el volumen al parlante del violero sino que estiró la canción varias vueltas para que el ex Seru Giran hiciera solos. “A rodar la vida”, una vez más, aligeró los ánimos después de la descarga.

Ya en los bises, “Dar es dar” y “Mariposa tecknicolor” probaron su categoría de clásicos, y “Dale alegría a mi corazón” produjo uno de esos momentos únicos que genera la música: al final, la banda dejó sus instrumentos y acompañó a Fito Páez en un canto a capella hermanado con el de la multitud. Hubiera sido el final perfecto, pero el cantante no quería irse sin meterse nuevamente con Buenos Aires en “El diablo de tu corazón”. “¿Por qué nos cuesta tanto el amor?”, volvió a inquirir, como en las dos últimas décadas. Es que algunas preguntas necesitan repetirse hasta encontrar (algo parecido a) una respuesta.