14/05/2017

Festival Nuestro en Tecnópolis: la argentinidad al palo

De mates, churros y pastillas de abuelos.

Gentileza

La tarde recién está entrando en calor en Tecnópolis y Bersuit Vergarabat se encuentra arriba del escenario principal. Daniel Suárez, uno de los cantantes, hace una referencia en repudio al fallo de la Corte Suprema por el 2×1 a represores como introducción de “El tiempo no para”. Casi todos en el público cantan, pero hay un instante de mayor intensidad. “Las noches de frío es mejor ni nacer / las de calor se escoje matar o morir / y así nos hacemos argentinos”. Como una descarga masiva, todos enfatizan en la palabra “argentino”, agitando los brazos con fuerza y orgullo.

Esta secuencia ilustra con claridad el espíritu del Festival Nuestro: un enaltecimiento de la argentinidad. Como una suerte de respuesta a los festivales extranjeros convertidos en marca (más claro, el Lollapalooza), todos los componentes simbólicos de este evento están cuidadosamente puestos en función de esa jactancia. Su título aglutinador, los nombres de los escenarios (“Ñ”, “Churro”, “Mate”), la recepción en el predio con canciones de puro rock nacional y, claro, la grilla, compuesta en su mayoría por artistas argentinos de raigambre popular. Algo así como un mini Cosquín Rock, que también incluyó un “espacio matero”, otro de “fogón” y otro de juegos. Y para darle un toque de esa argentinidad oscura, en la entrada habían gendarmes postrados con actitud desafiante que revisaban uno por uno a los que ingresaban.

Tras un show de Boom Boom Kid algo accidentado en sonido, Bersuit en horario diurno sirvió para empezar a calentar la primera tarde. Vestidos de sus tradicionales pijamas, la banda liderada por Suárez y el Cóndor Sbarbati se despachó con una catarata de hits bailanteros y representantes del ser nacional. Por ahí pasaron el discurso del chamuyero en “Porteño de ley” y los locos, los borrachos, las putas y los guachos de “El viejo de arriba”. Y así como ese grito de “El tiempo no para” le sirvió al público para cargar el pecho de orgullo, también les ofreció momentos para descomprimirlo. Seguramente una buena parte de los presentes -sobre todo los más jóvenes- no debe saber quiénes fueron Norma Pla o el Perro Santillán, pero a casi dos décadas de su aparición, “Sr. Cobranza” conserva el mismo poder catárquico que en su momento.

Directamente después Los Caligaris se encargaron de seguir estimulando el nervio popular a fuerza de canciones de la cordobesidad al palo. “Hagamo’ un asado, tomemo’ fernet”, cantan con la alegría de pueblo en pleno carnaval. Su show fue, literalmente, una fiesta en la que todos participaron, bailando, revoleando remeras y saltando mientras se producía una lluvia de papelitos.

En varios sentidos El Cuarteto de Nos rompió con la línea de lo que venía sucediendo. Primero, por haber sido la única presencia extranjera. Segundo, porque las canciones de los uruguayos distan de ser celebratorias de lo regional (si no se cree, escuchar “No somos latinos”). Por el contrario, son un compedio de neurosis humanas bien globales que toman forma en rimas kilométricas y estribillos arrolladores con el vúmetro en alto. Desde ahí sucedió que, a pesar de que sus personajes necesitan tratamiento psiquiátrico urgente, lograron mantener el clima festivo de la tarde con una serie de hits acumulados desde Raro, su álbum bisagra (“Buen día Benito”, “El hijo de Hernández”, “Ya no se qué hacer conmigo, “Miguel gritar”, “Invierno del 92”, “Yendo a la casa de Damián”), junto a algunos estrenos de su flamante álbum Apocalípsis zombi.

La inclusión del Chango Spasiuk sorprendió no sólo por cuestiones de género, sino también por el lugar en la grilla. Sentado con su acordeón y acompañado por un sexteto de neto corte folklórico, el músico misionero llevó su repertorio del chamamé puro al blend con la psicodelia y el heavy metal. Después de versionar a Hendrix y Spinetta con Baltasar Comotto en guitarra eléctrica, Ricardo Iorio -el nexo indiscutible entre folklore y rock pesado- se sumó para “Río Paraná” y “Sé vos”.

“Quiero dar la bienvenida a un Larralde, un Yupanqui urbano”, presentó Spasiuk a Iorio. Aunque con una voz desgastada y algunas imprecisiones de tempo, el ex Almafuerte encarnó uno de los momentos de mayor intensidad en Tecnópolis.”Saben todos que soy un metalero y no me da la oreja, pero sobra corazón y el corazón se vende por kilo“, sentenció antes del final.

“Vamos a hacer la única canción que conocen”, bromeó Germán Daffunchio antes de invitar a Claudia “Kola” Canga para que “Será”, el hit crossover por excelencia de Las Pelotas, se parezca lo más posible a la versión original. Intercalando baladas (“Cuántas cosas”), reggaes criollos (“Si supieras”) y temas de pulso más rockero (“¿Qué podés dar?”), el inicio del repertorio resumió buena parte de los sonidos que dominaron el festival. 

Amparados en la solvencia que muestra en todas sus líneas para abordar las distintas caras del grupo, Las Pelotas tuvo el oficio suficiente para armar una lista con pocas concesiones festivaleras hasta el final del show. Recién ahí, y con Fernando Ruiz Díaz como invitado, “Sin hilo” y “El ojo blindado” (Sumo) levantaron la temperatura para que “Capitán América” cierre como una onda antiimperialista y refuerce esa idea de lo nuestro que condensó la jornada.

“De Malvinas a Inglaterra que este loco diez bajito / llenó de risas la tierra”, se escucha sobre la mitad del set de Las Pastillas del Abuelo en “Qué es Dios?”, una canción dedicada a Diego Maradona, poniendo el termómetro de la argentinidad en su punto más alto. No tiene el espíritu de estadio de “Maradó” de Los Piojos o “La Mano de Dios” de Rodrigo, más bien tiene un tono de melancolía ríoplatense. Es que el grupo nacido en Caballito no tiene pudor en apelar a los sentimientos, apostando por una lírica sencilla, pero bien construída, cargada de imágenes que se mueven entre el melodrama y la motivación, entre el tango y el hashtag soltar. En ese sentido, Piti Fernández es la figura central, con una expresión poderosa, casi como un predicador de barrio.

Las Pastillas del Abuelo fue la banda más esperada de la jornada, ganando por lejos el índice de remeras en el predio. Reconociendo esta situación, se adueñaron del festival con un show casi propio a través de un set de 25 canciones que duró más de dos horas y que atravesó toda su discografía de forma distribuida. Así se afianzó el toma y daca con el público, que retribuyó con las banderas en alto durante todo el show. Otra postal de argentinidad.

Mientras una buena parte de los fanáticos de Las Pastillas del Abuelo se retiraban del predio, Roberto Pettinato subió al escenario vestido de mameluco para dar su show de versiones retorcidas de Sumo. El set incluyó “El reggae de paz y amor”, “Debede”, “Mejor no hablar de ciertas cosas”, “Nextweek”, “Crua-chan”, “El ojo blindado” y “Fuck you”. Todos clásicos que fueron deformados hasta llegar a extremos thrash, dejando un sabor agridulce. Como música de fondo para una retirada amigable, Nonpalidece cerró el festival con la dosis de reggae ortodoxo que no podía faltar en la curaduría.