16/02/2020

Festival Buena Vibra: bailar es escuchar con el cuerpo

El groove está en el corazón.

Matías Casal / Gentileza
Buena Vibra

“¿Qué será lo primero que hagas cuando seas libre?”, le pregunta el confundido y algo enamorado niño nazi a la joven judía que encontró hace días escondida en su desván. La respuesta es muy simple: “Bailar”. Bailar es lo que le permitirá a la joven Elsa, prisionera/protegida de Jojo Rabbit, reconocerse en el aire, tras el encierro y el horror. Bailar como ejercicio liberador, como emancipador y como la más fiel mímesis del goce. Bailar como rebeldía y como resistencia. Bailar como práctica sinestésica de escuchar con el cuerpo. Bailar por bailar. Bailar, en todas sus acepciones, parece haber sido la consigna principal del Festival Buena Vibra, que copó el Hipódromo de Palermo ayer durante todo el día.

La intención del Festival Buena Vibra se resume en su nombre: con un line up construido sobre la base de artistas independientes que durante los últimos años fueron estableciéndose en la escena, al que este año se le sumaron números centrales de gran trayectoria y convocatoria, la idea del encuentro es la de construir, desde lo estético y lo formal, una alternativa para un público sub 30 cool, desprejuiciado, diverso, hedonista y canchero. Desde las entrañas mismas de Palermo, la imagen que daba la masa crítica de asistentes, que llegó al predio desde muy temprano, parecía pasada por un filtro de Instagram. Pero, a diferencia de lo que a menudo ocurre en otros festivales del estilo Lollapalooza, aquí la música sí fue el centro del asunto. La música y el baile, por supuesto.

Un único escenario dividido en dos resultó una alternativa acertada que permitió que los shows comenzaran en tiempo y forma. La ventaja del monoescenario compartido fue, además de su practicidad técnica, que desde cualquiera de las dos mitades de la explanada se veía el otro extremo: no era necesario ir rebotando de un lado al otro para poder ver (¡y escuchar!) la música. Parece un detalle menor, pero esa particularidad marcó la cuota de relax del asunto. Nadie estaba corriendo de un lado para el otro, nadie se estaba perdiendo nada. Los shows ocurrían sin necesidad de andar yendo a buscarlos.

Los muchachos de El Zar abrieron la fecha ardiente, con casi 35 grados de sol podo después del mediodía. A las tres y media de la tarde, y tras las presentaciones de Paula Maffía y Nafta, la voz de Barbi Recanati se podía escuchar nítida y ruidosa desde Libertador y Oro. Un poquito más tarde, el trío patagónico Fémina le imprimía a la tarde ese color terroso y brillante de la world music hecha en el sur que las caracteriza. Y entonces fue que las caderas, los brazos, las piernas comenzaron, tímidamente, el movimiento bamboleante que adquirirían a partir de este momento.

Conociendo Rusia, el proyecto solista de Mateo Sujatovich, se hizo cargo de la escena poco antes de las 17. Con “Cabildo y Juramento”, tema que da título a uno de los discos más elogiados de 2019, el artista fue desgranando una lista de canciones en las que demuestra que no siempre es triste el desengaño amoroso y que puede formar parte de una cotidianidad más o menos manejable, sin un extremo dolor: “Quiero hacer canciones que no hablen de vos, pero no me sale”, le canta a alguien en “Quiero que me llames”, juguetón, guitarrero, funk.

El sol comenzaba a esconderse detrás del escenario cuando las chicas de Perotá Chingó desplegaron sus artes para trasladar al oyente a alguna playa en la costa norte uruguaya. “Esto es una mutación constante. Seguiremos mutando todos hasta el infinito”, prometen Julia Ortiz y Dolores Aguirre que, a capella o con banda, dan forma a un combo que fusiona diferentes ritmos bailables, apuntando alternativamente hacia el funk un poco más souleado o hacia la cumbia rapeada.

“Víctor Jara en una canción dijo yo no canto por cantar. Bueno: yo tengo muchas canciones que no son por cantar, que hablan de cosas importantes. En nuestro país estamos en una lucha que se trata de tener el derecho de autodeterminar nuestro futuro”. La arenga política y ética de Alex Anwandter lo antecede y lo trasciende. Enfundado en un modelito robado a La venganza de los nerds, el músico chileno (único artista internacional del line up) vino a demostrar que el pop también puede tener un mensaje y a recordar que bailar, muchas veces, puede ser un hecho revolucionario. “El Mercurio miente”, canta en “Cordillera”. Cualquier evocación a la realidad argentina queda a cuenta del lector. “Si están de este lado es muy probable que sean gays y los amo por eso. Pero no quiero discriminar así que voy a hacer está canción dedicada especialmente a los heterosexuales”, bromeó el músico antes de colgarse la guitarra para interpretar “Éramos tan felices” en un registro algo más rockero, aunque sin por eso dejar de ser bailable.

Una de las constantes que se dieron en esta edición del Buena Vibra fue la oposición entre emergente y establecido. Así, los músicos que venían a terminar de consolidarse en sus lugares de “novedad”, apostaron a tirar sus temas más conocidos en el arranque de los shows, llamar la atención al principio y luego seguir con sets que no duraron más de 50 minutos. En el caso de los artistas consagrados y con varios discos en sus espaldas, la receta en general fue la de arrojar un hit atrás de otro. En este sentido, Lisandro Aristimuño y El Kuelgue se sucedieron en los escenarios para demostrar por qué ocupan los lugares que ocupan en la escena musical actual.

Y entonces llegó Fito. “El diablo en tu corazón” fue el comienzo de un vertiginoso viaje por la interminable lista de hits que, en esta oportunidad, hubo que reducir a 13, pero que podría haber sido de 100, o quién sabe cuántos más. Si la premisa principal del Buena Vibra fue de alguna manera el baile encarnado en esas propuestas estéticas que generalmente se construyen alrededor de músicas sin conflicto, donde la lógica tensión/reposo es casi inexistente, Fito Páez, consciente quizá de que el no conflicto y el baile no son exactamente su metier, apostó por interpelar al público del Buena Vibra a partir de su faceta de maestro de ceremonias- director de coros - autor de himnos incombustibles de la historia del rock de acá. Esto es: poner a todos a cantar.

“La verdad es que uno ha andado bastante por el mundo y en ninguna ciudad cantaron esta canción como aquí, pero ahora son todos niños. A ver si la saben”, amenazó antes de darle play a “Polaroid de locura ordinaria”. Y el público cumplió, claro que sí. Antes de eso, ya había pedido la colaboración de todos en “11 y 6”, y no había tenido que pedirla en “El amor después del amor” ni en “Circo beat”. Ni tuvo que hacerlo en “Brillante sobre el mic”, un poco más tarde, aunque en ese momento sí hizo preciso que todos encendieran sus celulares para cantarla con el escenario completamente a oscuras. Una “Ciudad de pobres corazones” demoledora, con un notable solo de guitarra a cargo de Juan Agüero, logró enmudecer al público durante los casi diez minutos que duró la versión. Pero las voces se volvieron a alzar para el final con “A rodar mi vida” y “Mariposa Technicolor”, con “lololo” alla Himno Nacional de Cancha incluido. “Vendrán tiempos mejores”, se despidió Páez. Chau, hasta mañana.

Pero la noche no hacía otra cosa más que empezar. Marilina Bertoldi no dio respiro en este bloque rockero. Con la banda vestida íntegramente de blanco y ella enfundada en un conjunto de pantalón y camisa de raso (¿o sería seda?) blancos con manchas grises, la artista se apostó sobre el escenario para, durante casi una hora, desplegar ese personaje que compone, mezcla de Prince, PJ Harvey y Terminator. Con el éxito consagratorio que resultó su último disco, Fumar de día, sobre los hombros, la santafesina demostró (una vez más, y van…) que el rock no es, no fue, no debe ser ni será cosa sólo de hombres.

Bándalos Chinos fueron los encargados de bajarle los decibeles a la soireé en el Buena Vibra. Después del remolino rockero de los últimos números, el sexteto proveniente de Beccar le dio un cariz lounge a la noche del sábado. Con una copa de Cosmopolitan imaginaria en una mano, Goyo Degano se plantó con la picardía y elegancia que le permitía su mono rojo a lunares blancos, dispuesto a devolver al ambiente su mood inicial: baile sin problemas, cabellos al viento, groove, good show.

Toda esa atmósfera cool y sin altibajos voló por lo alto cuando Miranda! saltó al escenario con “Mentía”, de Es imposible, que tuvo un arranque accidentado porque los micrófonos no sonaban del todo. Pero nada de eso es un problema cuando Juliana Gattas y Ale Sergi salen a escena, porque son capaces de atravesar cualquier tipo de adversidad a fuerza de una presencia y un histrionismo aprendidos y aceitados en los casi veinte años que lleva la banda. Como lo hicieran Aristimuño y Páez antes, este dúo que tan bien logró congeniar Pimpinela con Erasure apostó a una lista de temas infalible. Y si quedaba alguien sin mover la patita, pues aquí hubo de sucumbir. “Fantasmas”, “Ya lo sabía”, “743” (con versión de “Groove Is in the Heart”, de Deee-lite incluída), “Prisionero”, “Don”… ¿quién podría resistirse a ellos?

Medianoche. La luna se asoma por detrás de los puestos de comidas y bebidas. Lo' Pibitos se suben al escenario para comenzar el final de la velada, que cerraría casi doce horas de música ininterrumpidas ante un predio completo. “Anda corriendo el rumor”, el corte de su último disco, En espiral, recogió el guante (excitado, sudado) que habían dejado los Miranda! al retirarse a los camarines. Pero el público parecía no reconocer el cansancio y siguió bailando, inamovible, hasta el final. Hip hop, funk, reggae y ritmos latinoamericanos se fueron sucediendo mientras bajaban los decibeles de una jornada agotadora y calurosa. “Siempre en ascenso espiritual, intelectual y material, cantando, bailando y amando”, recita Facundo Cabral en “Levántate y anda”, texto que los muchachos eligieron para intervenir en una versión de su propia música un poco más retirada hacia lo progresivo. “La rubia tarada” versión funky furioso fue el comienzo del fin del Buena Vibra, que llegó con “YASTÁ”. Y todos a dormir. Pero quién les quita lo bailado.

Créditos fotográficos:
Tomás Pons (Perotá Chingó, Nafta, Marilina Bertoldi, Miranda!, Lo' Pibitos, El Kuelgue, Bandalos Chinos y Alex Anwandter)
Matías Casal (Paula Maffia, Nafta, Miranda!, Marilina Bertoldi, Fito Páez, Fémina, El Zar, Conociendo Rusia, Barbi Recanati y Bándalos Chinos).