16/12/2017

Arcade Fire en el Festival BUE 2017: todo ahora

Cuando calienta el sol aquí en la playa (de estacionamiento).

Juliana Wainsztein
Arcade Fire

“Todo ahora”, canta Win Butler sobre el escenario principal del Festival BUE, y el tema que da nombre al último disco de Arcade Fire –una suerte de “no sé lo que quiero pero lo quiero ya” multiplicado por Netflix- se convierte en síntesis también de la forma de vivir hoy un encuentro multitudinario. Todo debe estar disponible: el patio de comidas, las atracciones que proponen las marcas, los camiones de las radios, la posibilidad del campo vip, desfilar de un escenario a otro, boludear en algún juego... Ah, y la música, que en muchos casos pasa a ser un artículo complementario, porque lo que importa para muchos es la sensación del festival. Cada uno lo vive como quiere, claro, y los canadienses ni siquiera remarcan el trazo de su mirada sobre una sociedad on demand, más bien se ríen de costado sabiéndose parte de ella.

Pero más allá de todas las distracciones de la vida festivalera, la música continúa ejerciendo su poder único y trascendente. De ahí la comunión entre el público y Arcade Fire durante “Wake Up”, de ahí la concentración para percibir cada detalle mínimo de las canciones de Cigarettes After Sex, el silencio para escuchar la voz apenas amplificada de una de las vocalistas de Thievery Corporation cuando se cortó el sonido, o para cantar todos los temas del consagratorio set de El Mató a un Policía Motorizado (que llenó el estadio cubierto de Tecnópolis con unas 10 mil personas). Todo ahora en la vida moderna, sí, pero la música no se mancha.

La ironía no le sienta bien todo el tiempo a Arcade Fire, pero en el comienzo de su segundo show argentino –el anterior fue en el primer Lollapalooza- toda esa carga condensada en el reciente Everything Now se puso de manifiesto en buena forma: la banda fue presentada como si fuera un boxeador por un locutor en off, mientras en las pantallas se repasaban sus knock outs y cero derrotas. Los músicos pasaron caminando por la fosa debajo del escenario y subieron esquivando las cuerdas que simulaban un ring. Pero apenas sonaron los primeros acordes quedó claro que los canadienses no son joda: con el beat como centro, construyeron otro de esos hits instantáneos... para reírse sobre la cultura de lo instantáneo.

Potente e inquieta máquina escénica, Arcade Fire combinó sobre el escenario sus diferentes etapas sin perder coherencia. El show, siempre con arreglos vocales perfectos, estuvo constituído alrededor del pulso bailable de su último disco, pero fue hacia la oscuridad de Funeral o al urbanismo a la Springsteen de Neon Bible con naturalidad. Y así acumuló momentos trascendentes, como tener a todo el público tarareando la melodía de “Here Comes the Night Time” o inventando un campo de estrellas con sus celulares en “Neon Bible”. Y uno particular,  el “sigan luchando por sus derechos” de Butler antes de “No Cars Go”. La referencia a la represión policial frente al Congreso se convirtió más tarde en dedicatoria antes de “The Suburbs”, otro de los picos de la noche, pero esta vez por la sutileza de la interpretación y la conexión con la audiencia.

En medio, Régine Chassagne pasó del teclado a la Pablo Lescano a bailar al frente del escenario mientras cantaba “Electric Blue” –el guiño Blondie del disco-, y luego a la segunda batería durante varios temas. Es una de las características de Arcade Fire: todos cambian de instrumento y la energía no deja de fluir. En el BUE, por momentos parecían uno de esos boxeadores que tiran piñas para todos lados; pero no, porque supieron poner justo los golpes de knock out. Entonces, a “Ready to Start” le pegaron “Sprawl II (Mountains Beyond Mountains)” –con la bola de espejos a pleno-, “Reflektor”, la reciente “Creature Comfort” y un cierre demoledor con “Neighbourhood #3 (Power Out)”.

Pero había más y con sorpresa: Butler apareció caminando en medio del campo vip, bien a mano del público para cantar "We Don't Deserve Love" -en la que Chassagne toca... botellas-. "Everything Now (Continued)" trajo el leit motiv de la gira de nuevo a la mente de los espectadores y el final con la monumental "Wake Up" -la que le gustaba cantar a David Bowie- se convirtió en un coro infinito. Otra vez entre la gente: la despedida fue con todos los músicos tocando por el foso que iba hasta el mangrullo y hacia uno de los costados. Un fin de fiesta con algo de tribal y mucho de celebratorio.

En otras circunstancias, saltar del escenario principal al secundario en un festival sería una caída en desgracia. Para Él Mató a un Policía Motorizado, que hace exactamente un año había tocado al aire libre en el BUE, la sensación fue de victoria: con casi diez mil personas llenando el stage cerrado, Santiago Barrionuevo y los suyos se llevaron la foto que revela su actual capacidad de convocatoria y aplacaron la presión de los sets festivaleros jugando con las armas del intimismo.

El aplaudido La síntesis O'Konor quedó ubicado en el centro de la presentación del grupo, reconvertido en sexteto gracias a la inclusión del percusionista Pablo Mena. La evolución sonora del disco -fluctuando entre las letras pop y los vaivenes sonoros de "Tesoro" y las guitarras alla Strokes de "Ahora imagino cosas"- genera resultados palpables: una ovación al comenzar los primeros acordes del primero, un pogo compacto en el estribillo del segundo.

"Gracias, amigos y amigas", dijo Santiago Motorizado promediando el show; la postal que veía del otro lado de la valla, con un lleno equivalente al de Wilco en ese mismo estadio en 2016, puede darle la tranquilidad de que el camino ascendente de la banda aún no tiene fecha de vencimiento. Así, el anuncio de una fecha en un predio de la talla del Luna Park u Obras es apenas una cuestión de tiempo.

Cuando cerca de las 20 se cortó la luz en el escenario principal del BUE, Thievery Corporation actuó, efectivamente, como una corporación. Uno a uno, los cantantes que ya se habían hecho cargo del micrófono de manera individual subió al escenario para pilotear la situación. Entre bailes y percusiones, sobrellevaron con gracia los 15 minutos que estuvieron sin sonido culpa de los desperfectos técnicos. La misión era clara: que no se interrumpa el influjo rítmico. Porque poco importó cuál sea el rincón del mundo que los nutrió en el momento (el inicio del show pegó una introducción de corte hindú con el reggae "True Sons of Zion") mientras el público no dejara de moverse.

Comandados por Rob Garza y Eric Hilton, el colectivo multicultural echó mano a su procesadora de world music a través del filtro lounge. "Hace 18 años que no vivo acá pero soy igual de porteña que ustedes", dijo en perfecto español la argentina Natalia Clavier como presentación antes de cantar, en inglés, "Lebanese Blonde", y de aclarar que "la música tiene un solo idioma". En el final, con todos los cantantes ocasionales nuevamente aunados, Mr. Lif, el MC arengador de Thievery Corporation, comandó "Fight To Survive", de The Temple of I & I, editado este año. Por si el mensaje de borrar fronteras a través de la música no estaba del todo claro, el grito mancomunado del estribillo fue concluyente: "Esta lucha por sobrevivir es tuya y mía".

En la variedad on demand del Festival BUE, Parquet Courts aportó el paseo por el lado salvaje, con un rock sucio y desprolijo que abreva en el garage de Nuggets pero va al choque con potencia punk. Como si hubieran decidido sacarle el jugo a la discoteca de sus padres, los cuatro neoyorquinos van desde los drones a la Velvet Underground a bordear el hardcore, siempre con los vúmetros en rojo y con una urgencia que trae al presente sonidos inevitablemente datados hace décadas. "One Man, No City" llevó al paroxismo esa licuadora de influencias (en la que también se mezclan aspectos de Pavement y Sonic Youth), ante un público que en su mayoría buscó refugio del sol en el aire acondicionado del estadio cubierto y terminó abrasado por el volumen de las guitarras del cuarteto.

“¿Qué nos puede impedir hacer el amor?”, preguntó Sabina Sciubba, cantante de Brazilian Girls, luego de presentar “Let’s Make Love”, tema homónimo de su próximo disco. Y, como si hubiera sido una ironía meteorológica, la respuesta vino desde arriba, con un sol incesante, digno de Río de Janeiro. Justamente, el calor fue una de las causas por la que la fiesta no terminó de concretarse, a pesar de la búsqueda de la banda. Chispas acá (“Nosotros somos Gaza y ustedes Palestina”, bromeó Sciubba antes de subir a dos personas al escenario para “Pussy”), y chispas allá (la rockera “Jique”), pero la hidratación fue el actor principal de la tarde. Y eso que el acento puesto en los sintetizadores del argentino Didi Gutman intentó lo contrario.

El aliciente ideal para bajar las revoluciones altas que dejó Arcade Fire llegó gracias al show de Cigarettes After Sex. Su set se encarnó en una monotonía dulce, triste y un tanto rara para su horario, pero perfecta para que el público logre distenderse utilizando el cementó del piso como un colchón. El repaso de Greg González y los suyos por su disco homónimo varió poco en intensidad, aunque logró representar a la perfección la sutileza de su sonido de estudio. “Each Time You Fall in Love”, “Apocalypse” o “K” encendieron de a poco la emoción de la gente, con incluso algunas lágrimas vistas a través de las pantallas. Sobre el final, la negativa por parte de la seguridad rompió el hechizo de todos los acostados, levantándolos y quebrando una máxima de la banda: según el cantante de voz andrógina, su música ayuda a la gente a dormir, y eso está muy bien.

La alianza artística que forjaron Kevin Parker y Mark Ronson es tan inexplicable como sus DJ sets a dúo. Y si resulta difícil encontrar un punto de contacto entre la psicodelia de alto estímulo sonoro y el pop todoterreno, su set en Tecnópolis se rigió por esa misma incertidumbre. Sin más que una laptop y algunos sintetizadores, el músico australiano y el productor británico serpentearon entre hits propios y ajenos, y el resultado final estuvo más cerca del desconcierto que de la fiesta colectiva.

El líder de Tame Impala se encargó de disparar canciones de su banda directo desde sus versiones originales ("Let It Happen" y "The Less I Know the Better)" con escasas modificaciones a lo plasmado en estudio. En su turno, Ronson se lanzó de bruces al rap, el hip hop y el neo soul (un poco de Kendrick Lamar, otro de Chance the Rapper, algún remix de Li'l Wayne y DRAM), pero sus arengas constantes, muchas de ellas bajando a cero el volumen de la música, conspiraron con la invitación al baile. Algunos segmentos tuvieron su nivel de hallazgo, como la incrustación del riff de "Elephant", de Tame Impala, sobre "Black Skinhead", de Kanye West, pero la sucesión aleatoria de hits producidos por Ronson (de "Back to Black" de Amy Winehouse a "Uptown Funk" de Bruno Mars) hicieron difícil pensar en que se estaba ante un espectáculo y no ante dos amigos mostrándose el uno al otro su colección de mp3 y nuevos plugins para el Traktor.

Textos de Sebastián Chaves, Ignacio Guebara, Roque Casciero, Joaquín Vismara y Guido Scollo. Fotos de Juliana Wainsztein y Cecilia Salas.