03/12/2017

Festi Laptra en el Konex: ahora soy mejor

El paso adelante de una ética y una estética indies.

Florencia Petra / Gentileza

Desde hace casi una década, El Mató a un Policía Motorizado se convirtió en una banda de referencia ética y estética para una porción importante del indie local que, de hecho, creció en número bajo el influjo de los discos de los platenses. Aparecieron bandas con sonido similar, o que hacían letras con una o dos frases, mientras que toda una escena encontraba en la independencia argumentos para su expresión. Y muchos de esos artistas fueron cobijados por Laptra, el sello cooperativo que publica los trabajos del quinteto, que se convirtió en un emblema algo difuso de cierto sonido, cierta manera de hacer las cosas.

Pero mientras eso sucedía, El Mató concretaba una lenta evolución que terminó de concretarse en el brillante La síntesis O’Konor. Y la obstinada y saludable forma de moverse del quinteto trasladó ese crecimiento al Festi Laptra, el encuentro anual en el que las bandas del sello rockean juntas en un mismo lugar. Santiago Motorizado y compañía acapararon el interés, lógicamente, y lo multiplicaron al anunciar que sería la única vez que tocarían el disco entero y en orden. Su set duró una hora, el doble que el de los demás artistas, y ocupó el horario central en el patio del Konex (después de las 22, los shows fueron adentro por cuestiones de volumen y vecinos). Y tuvo toda la lógica del mundo: la gran mayoría de los que agotaron las entradas fue a ver a los platenses. Pero se encontró además con bandas a las que prestarle atención. O, en todo caso, disfrutó un rato de sentirse parte de algo que, tras años de gestación, hoy es una realidad.

Las siguientes comparaciones son obviamente exageradas, pero tienen un punto. ¿Será La síntesis O’Konor el Nevermind del indie argentino? ¿Tendrá el Festi Laptra algo que ver con el Lollapalooza original? El fenómeno que desató en todo el mundo el segundo álbum de Nirvana se debió, en cierta medida, al paso hacia un sonido más elaborado de un montón de bandas que había desarrollado su identidad durante el fin de los 80. Las mismas que Perry Farrell convocó para su primer festival, cuando todavía no era bandera del mainstream.

A escala, algo así quizá suceda con la evolución de El Mató. Porque, entre otras cosas, ese cambio dejó al resto de los grupos de la escena en evidencia: cada uno a su manera, necesita crecer si no quiere seguir siendo “el secreto mejor guardado”. Y esto no significa sacrificar su identidad ni venderse: el quinteto platense es el mejor ejemplo de ello. Además, el mismo Santiago Motorizado reconoce la influencia de otras bandas de Laptra en el sonido de su propio grupo, en una suerte de ida y vuelta en el que obviamente está en posición de referente. ¿Por qué no podrían dar ese mismo salto más artistas del indie?

Pantallas HD en cada escenario dieron cuenta de un avance de la escena en un aspecto que no es estrictamente musical. Y el uso que les dio El Mató, de un interés estético que siempre estuvo ahí y que ahora puede concretarse en mejores términos. Terminada la traslación de su último disco al escenario, el grupo fue hacia atrás en el tiempo en orden, con tres canciones de La dinastía Skorpio (“Chica de oro”, “Yoni B” y “Más o menos bien” con mayor presencia de los teclados), una del EP Día de los muertos (“Mi próximo movimiento”), y un gran clásico de Un millón de euros (“Chica rutera”). Y, más allá de la ampliación del universo estético del grupo, todo el show resultó coherente y celebratorio.

El Festi Laptra fue una verdadera maratón que duró nueve horas y mostró estéticas afines, aunque con cierta diversidad. Por ejemplo, Atrás Hay Truenos arrancó sutil y colgado, y terminó su set enchufado a 220, mientras que Javi Punga y los suyos hicieron un repaso fugaz por su discografía, amparados en un sonido constante y sin sobresaltos (pero con muchos cambios de guitarras), entre el low fi y cierto tono gracioso en canciones como “Chica cheta” y “El rey de la ruta”, con puntos de contacto con Mac DeMarco. Por su parte, 107 Faunos funcionó de preámbulo para El Mató en el escenario del patio, con su sonido descuidado y golpes de efecto certeros, como cuando durante “Jazmín chino” llegó una lluvia inesperada: a falta de gotas reales, público y banda lanzaron espuma de carnaval a diestra y siniestra.

La única banda extranjera del festival fue la californiana Winter, conformada por cuatro chicas que soltaron alguna distorsión y mucho grrrl power. Con una base de arreglos de voces que fueron del graznido al susurro sin escalas en ningún aeropuerto, Samira Winter y las suyas demostraron que los puntos de contacto entre la escena indie local y la internacional son varios. “Felicidades, Laptra”, lanzaron los Cabeza Flotante durante su set, donde lograron adhesión con canciones guitarreras como “Nuestros sueños” y “Esta noche”, y la espesa “Te esperé”.

Tras una exquisita versión de “Unos pocos peligrosos sensatos” de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota por parte de Srta. Trueno Negro, Hojas Secas continuó con las banderas bien altas, haciéndose cargo de la cuota más rockera de la noche, con pogos, un Lucas Jaubet encendido, y unas guitarras a la Strokes en versión platense. Ya de madrugada, Las Ligas Menores canalizaron la energía dispersa con canciones como “Renault Fuego” y “Europa”, y para el final de la noche, Bestia Bebé definió la fiesta en el barrio: con agite y camaradería (hasta el guitarrista de Hojas Secas se sumó en un tema), el círculo cerró.