15/12/2019

El Mató a un Policía Motorizado en el Malvinas: la fiesta que te prometí

De navidades y balances de fin de año.

Mató

El fin de año tiene una carga simbólica fuerte en el universo de El Mató a un Policía Motorizado. Por un lado, las postales agridulces de las fiestas son el eje temático de varias de sus canciones (principalmente las de, claro, el EP Navidad de reserva); por el otro, diciembre se volvió, de un tiempo a esta parte, en el momento para hacer un cierre de balance acorde a una convocatoria en crecimiento constante. Lo que fueron seguidillas de shows en Niceto luego se mudó a Vorterix y tuvo su primer salto sin red en el estadio cerrado de Tecnópolis en 2018. El show del sábado por la noche en el Malvinas Argentinas no sólo no escapó a esa lógica, sino que exprimió todo su potencial posible.

“Buscando más allá”, de La otra dimensión, el compilado de rarities y versiones alternativas que publicaron a principio de mes, ofició de comienzo con un carreteo suave, con guitarras llenas de efectos envolventes. “Viejo ebrio y perdido” aportó después la primera instantánea navideña, un kraut ensamblado en el estadio El Bosque que tuvo su continuidad lógica en “La síntesis O’Konor”, un instrumental motorik pero con sensibilidad pop. Bajo la premisa de derrumbar todo para empezar de nuevo a velocidad crucero, “La noche eterna” ofreció de dique contenedor de las canciones que le siguieron: “Las luces”, cantada a dúo con Anabella Cartolano, de Las Ligas Menores, y “Nuevos discos”, con su caos in crescendo a fuego lento y una fórmula ganadora en repeat (discos y drogas, para qué más).  

Después de que “El perro” volviese a hacer foco en el presente, “Navidad de reserva” y “Amigo piedra” fueron el comienzo de un recorrido por la trilogía de EP’s de El Mató a un Policía Motorizado, un tríptico secuencial de nacimiento-vida-muerte. “Navidad en los Santos” y “La celebración del fuego” se encargaron de la desacralización de las fiestas, con persecuciones policíacas la primera, y con una lectura heterodoxa del Nuevo Testamento (“Cuéntame esa historia, mi señor Jesús / anarquía y descontrol en la celebración"), para que después “Chica rutera” volviese sobre el formato menos-es-más en fermentación eterna, con el pulgar en alto de Santiago Motorizado en signo de aprobación silenciosa luego de que el público cantase en apoyo a Alberto Fernández.

Puestas en continuado, “Alguien que lo merece”, “El tesoro” y “Destrucción” graficaron la expansión del universo sonoro de El Mató en el último tiempo, con teclados y percusiones con protagonismo en los planos para revertir la limitación del formato estándar de banda indie, por más que haya sido ese mismo el que exprimiesen poco después en “Yoni B”, el hijo improbable entre Ramones y Guided By Voices. En sintonía con su actualidad, “Excalibur” sonó en la versión de “La nueva dimensión”, con el teclado en reemplazo del arpegio de guitarra, aunque el desenlace en “Mundo extraño” se mantuvo inalterable. Y después de la efervescencia de “Sábado”, única referencia a su debut homónimo, “El fuego que hemos construido”, un cierre en tonos menores en ida y vuelta desde la expresión mínima al cimbronazo amplificado.

A la hora de los bises, El Mató a un Policía Motorizado entregó su versión más atípica. Con Santiago en guitarra eléctrica y Niño Elefante con una acústica, el dúo revisitó dos canciones de Día de los muertos en formato despojado. Con los bpm por debajo de su versión de estudio, “El día del huracán” y “El último sereno” adquirieron una identidad nueva, un intimismo apto para estadios. La banda volvió para dar forma a “La casa fantasmal”, un lado B reformulado en pieza canónica de su discografía a partir de su más reciente disco, con un beat de marcha lenta pero firme y cascadas de delays como ornamentación básica. En “Fuego”, las guitarras volvieron a dar un paso al costado y lo que tomó protagonismo fueron de vuelta los sintetizadores, la búsqueda del equilibrio entre el Depeche Mode iniciático y el electropop de este lado del cambio de milenio.  

Con un barrido metalero como ariete principal, “Ahora imagino cosas” ofició también de recordatorio de que, por más que haya ampliado sus horizontes, El Mató también encontró cómo engrosar el músculo de su encarnación principal. “Más o menos bien”, ese pequeño himno para la patria slacker, amagó un cierre al que luego se sumó “Chica de oro” con la promesa de un mundo mejor después de la catástrofe. Y fue justamente esa búsqueda de una salvación después del apocalipsis la que otorgó el fin real con “Mi próximo movimiento”. Mientras la banda tocaba, apareció en escena el perro protagonista de su último clip, con cartel ramonero en brazos. La escena culminó con el desenlace pendiente del corto y el reencuentro con su dueña sobre el tablado. En ese pequeño paso de comedia, El Mató se midió involuntariamente en las arenas de un género propio de esta época del año: las películas navideñas con finales felices.