16/09/2018

Divididos en el Hipódromo: 30 años de acariciar lo áspero

Haciendo cosas normales para gente rara.

Ignacio Arnedo / Gentileza
Divididos

Y 30 años después, ahí anda Divididos, haciendo cosas normales para gente rara. Gente rara que, en el medio de un duelo durísimo como el de Luca Prodan, cierra filas y deja que la música fluya. O que, ya instalada en la popularidad, gambetea la "fama" berreta. Que decide que no alcanza con una sola piel para la banda y entonces la reconfigura una, dos, tres veces, pero en lugar de diluir su personalidad, la engrandece. Que se encierra en su tozudez y desde ella sostiene su acción. Que es capaz de ser un Chalchalero y también un Rolling Stone (aunque mejor habría que decir un Yupanqui y un Hendrix). Gente rara que celebra el aniversario redondo con un show multitudinario al aire libre, pero que ya piensa en tocar la semana próxima en Flores, el barrio donde treinta años todo (re)comenzó para Ricardo Mollo y Diego Arnedo.

Entradas agotadas, una puesta en escena a la altura de las circunstancias, la lluvia para agregar épica... y Divididos se plantó en el escenario como si estuviera en su sala de ensayos. Sonrisas, miradas a la multitud y "Che, qué esperás?" para arrancar como si nada. O como siempre: con la energía al palo de esa Aplanadora por la que se pedía desde horas antes de entrar al Hipódromo. Gente rara también la de abajo, claro. ¿Cómo se explica, si no, el pogo que provocó el segmento funk de "Salir a comprar", que sonó como si James Brown se hubiera armado un power trío? ¿Cómo se entiende que esos cuerpos mojados hayan podido entrar en combustión?

En el panorama del rock argentino, Divididos es un ejemplo en muchos aspectos, aunque no en cuanto a lo prolífico: ocho discos de estudio en 30 años dista de ser un número para el asombro. El último, Amapola del 66, salió hace ocho, y no parece que vaya a tener sucesor muy pronto, porque el trío arrancó a regrabar sus obras anteriores. Pero con lo hecho hasta aquí y la innegable felicidad que les provoca a los músicos reinventarlo sobre el escenario alcanza para que cada show sea parecido a la renovación de unos votos de fidelidad entre la banda y el público. La lista en el Hipódromo dejó afuera unos cuantos clásicos, entonces habrá que ir al próximo recital, a ver si los tocan...

A esta altura, detenerse en el nivel superlativo de Ricardo Mollo, Diego Arnedo y Catriel Ciavarella con sus instrumentos es redundante, pero así y todo hay momentos en los que toman por sorpresa al público. Anoche, uno de esos fue la inmensa versión de "Qué ves?", con Gustavo Santaolalla como invitado en charango: en el momento en que se esperaba el solo de guitarra, el trío y su antiguo productor bajaron los decibeles y construyeron un rato de psicodelia folklórica que abrió una nueva puerta, algo tan inédito como insospechado.

No fue el único momento, claro. "La flor azul", con Javier Casalla en violín y Jorge Calcaterra en guitarra, bajó a tierra la electricidad de la Aplanadora; en cambio, las cuerdas en "La ñapi de mamá" no hicieron sino subir el voltaje. "Par mil" y "Spaghetti del rock" en forma de tándem fueron golpes desde y al corazón; "Qué tal" mezclado con "La rubia tarada", la incitación funky a poner el cuerpo en situación de extraversión. Y las versiones de "Tengo" (Sandro), "Sucio y desprolijo" (Pappo's Blues) y "Light My Fire" (The Doors) ayudaron a completar la configuración de Divididos, desde el aula hasta el bar.

Fue una noche de mucha música y pocas palabras: algún chiste interno, la explicación de Arnedo de cómo arrancaron ("solamente queríamos ver si podíamos hacer otro show... y así seguimos"), agradecimientos ("gracias por salir de su casa y venir en un momento del país como éste"), y la incitación de Mollo a "no perder la alegría". El cantante y guitarrista empezó a anunciar la despedida cuando todavía faltaba un rato largo. El rato de la Aplanadora, precisamente: "Paraguay", "El 38" (con un fragmento de "Whole Lotta Love", de Led Zeppelin) y "Ala delta" desataron uno y mil pogos.

Pero no bastaba con acariciar lo áspero, había que ir al hueso, a las raíces, y por eso el final fue con tres canciones de Sumo y una de Atahualpa Yupanqui: "Crua Chan", "Next Week" y "El ojo blindado" trajeron un poco de aquel magnífico engendro teñido de oscuridad post punk; la hendrixiana versión de "El arriero", toda la magia de los caminos recorridos por Divididos en la construcción de su identidad. La de músicos que se mueren por tocar, la de un trío que no necesita de la farsa del rock and roll para encontrarle a esa música su latido. Treinta años después, una banda "en vivo", con todas las posibles interpretaciones para esa frase.