27/02/2019

Courtney Barnett en Niceto: soy lo que soy

La observación de lo cotidiano como respuesta a todo.

Courtney Barnett

Casi sin ganas de llamar la atención, Courtney Barnett y su banda ocuparon sus lugares en el escenario de Niceto apenas iluminados por una tira de leds que recorría el lomo de los amplificadores y parte del piso. Mientras baterista y bajista ponían a punto sus instrumentos, la cantante australiana dio marcha al arpegio de “Hopefulness”, un slowcore tallado en Telecaster que tiene mucho de reflexión personal anti hater (“Sabés lo que dicen, nadie nace para odiar / Lo aprendemos en el andar”). Una vez que su backing band se acomodó, la pena pasó a ser compartida, como también las reflexiones para sanar heridas (“Tu vulnerabilidad es más fuerte de lo que parece / Sabés que está bien tener un mal día”), antes de un desenlace noise tamaño ristretto.

Y si el comienzo fue introspección, la puesta en marcha dio un paso hacia el mundo exterior. “City Looks Pretty” fue melodismo tamizado a través de desaliño guitarrero, una senda que se potenció en “Avant Gardener”, un pop de acordes mayores y corazón indie, estallido de fuzz incluído. Después del solo, una estrofa en spoken word hizo de puente estilístico hacia el próximo tema, el flamante “Small Talk”, o la lectura slacker del legado de The Velvet Underground. Esa especie de contención de la euforia tuvo su acto de liberación en “Need a Little Time”, donde Barnett dejó en claro su misión escénica: sumarle una pátina de desprolijidad y urgencia a las canciones de Tell Me How You Really Feel, su segundo disco.

“Nameless Faceless” volvió a poner al mid tempo al centro de la escena, pero no como una elección natural, sino como una suerte de contención de algo más estridente que termina teniendo sus estallidos aquí y allá, o el Pavement de “Stereo” procesado por un filtro de Instagram. “Small Poppies” la tuvo como capitana (Marvel) de un blues arrastrado a fuerza de palancazos a su Fender Jaguar modelo Kurt Cobain tuneada a gusto propio. Pero las similitudes empiezan y terminan en el instrumento y la zurdera: mientras el líder de Nirvana veía problemas sin resolución aparente, para Courtney Barnett pareciera no haber nada que no pudiera solucionarse tirándose en un sillón a hacer zapping y comiendo snacks.

“Depreston” mostró uno de los mejores costados de Barnett: el de la letrista de lo microscópico, la mujer capaz de tomar una localidad tierra adentro a la que encuentra sumamente aburrida y, a raíz de observaciones, convertirla en un destino fascinante del que es necesario querer saberlo todo. La canción sonó como la representación sonora del asfalto de un pueblo perdido, casi el extremo opuesto del indie colorido en 4K de “Are You Looking After Yourself?”. En la recta final, “Charity” volvió sobre esa idea de hacerle apretar los dientes al presente más próximo, esta vez para poder darle un hilo de continuidad al protogrunge de “Pedestrian at Best”, de su primer disco, Sometimes I Sit and Think, and Sometimes I Just Sit.  

De regreso en el escenario tras unos minutos, Barnett tomó de vuelta su Telecaster para interpretar a guitarra y voz una versión despojada de “Let It Go”, de Lotta Sea Lice, el álbum que grabó junto a Kurt Vile. La canción sonó como un “Blackbird” para la generación centennial, y toda cuota de fragilidad se evaporó cuando tomó un pañuelo verde, lo ató al pie del micrófono y, ya con su banda, entró de lleno en “Kim’s Caravan” (un relato apocalíptico de un futuro no tan lejano) y “History Eraser”, un fugaz repaso de su primer EP, antes de retirarse de la misma manera en que llegó al escenario, con el mismo sigilo.