13/02/2019

Cosquín Rock 2019, día 1: luces calientes

Esta noche es especial.

Skay

“Sierras, rock y fernet. El paraíso existe”, se lee en las paredes de los puestos de bebidas desperdigados por el aeródromo de Santa María de Punilla. La frase publicitaria, que también se repite hasta el hartazgo en carteles que empapelan media Córdoba capital, le hace bastante justicia al Cosquín Rock: a punto de cumplir 20 años de vida, el festival cordobés parece haber encontrado la fórmula para combinar estilos, atracciones y nombres propios sin convertirse en una parodia de sí mismo.

El ejemplo que mejor refleja esa variedad de opciones se dio, en la primera jornada de la edición 2019, minutos después de la medianoche del sábado. En una punta del predio, la presencia de Richard Coleman junto a Skay Beilinson (no como invitado breve, sino como segunda guitarra “oficial” en reemplazo de Oscar Reyna) ayudó a potenciar una versión cruda y efectiva de “Ji ji ji”, ese himno capaz de emocionar hasta a quienes no saben una palabra de castellano. Del otro lado, y ante una masa similar de público, Babasónicos abrió su show con “Cretino”, editada en el flamante Discutible, para luego continuar con “Risa”. “¿Les gusta el nuevo Cosquín?”, preguntó Adrián Dárgelos entre sonrisas minutos después.

La unión del ex Fricción con Beilinson -impulsada por una calidad de sonido impecable- fue la más notoria de una serie de feats, de Superman Troglio y Piti Fernández con Las Pelotas (“No tan distintos”, “El ojo blindado”) a Raly Barrionuevo con La Vela Puerca (“Luna de Neuquén”), pasando por algunos cruces repetidos (Pancho Chevez, también con Las Pelotas) y hasta sorpresivos (Nito Montecchia, de Los Auténticos Decadentes, crasheando el set de Babasónicos) que ya funcionan como marca registrada del Cosquín.

Debajo de los escenarios, la comunión entre los públicos fue igual de llamativa. Bajo el sol abrasador de la tarde podían verse tanto remeras de Los Piojos y Callejeros como looks esperables en un vip de Lollapalooza. Sin embargo, esa variedad no creó guetos: los fans de La Vela Puerca, tal vez los más numerosos y estridentes de la fecha, se entremezclaban en shows de artistas como Guasones o Los Espíritus.

La apuesta de las bandas, con sets bien festivaleros (Turf, No Te Va Gustar, Él Mató…), guiños a la historia común (“Fantasma”, de Los Piojos, por La Que Faltaba), referencias a la actualidad (la dedicatoria de “La ilusión que me condena”, de Pier, para Emiliano Sala; slogans como “Tenemos una fragancia para eso” en boca de Walas), covers (“Great Balls of Fire”, por los jujeños Jinetes; el clásico sampleo de “Pump Up The Jam”, de Technotronic, por Louta) ciertamente ayudó a esa distribución amigable de fanáticos.

“Qué lindo ver quilombo hasta el fondo”, dijo un sorprendido Piti Fernández, de Las Pastillas del Abuelo, promediando su show. Con unas 65 mil personas en el campo -desperdigadas entre propuestas tan variadas como los escenarios de metal y blues, la trasnoche electrónica o los espacios de deportes extremos y comida gourmet- el rock pudo mantener la preponderancia que el nombre del festival le exige casi como un mandato. La posibilidad de elegir entre distintas opciones igualmente potentes se asemejaba bastante a un paraíso. Siempre y cuando hubiera un fernet en la mano, desde ya.