01/04/2016

Coldplay en el Estadio Único: cómo sobresalir completamente

Chris Martin y el pop en alta definición.

Beto Landoni / Gentileza T4F

"Hola a todos. ¡Queremos presentarles a la mejor banda del mundo!" Antes de que sonase la primera nota de la noche, el show de la banda de Chris Martin comenzó con un video en el que tres seguidoras presentaban a sus ídolos con la carencia de objetividad propia del fanatismo. Poco después, el ritmo zigzagueante de "A Head Full of Dreams" fue muestra suficiente para entender el Coldplay modelo 2016. Donde antes había intimismo (a veces lacrimógeno, otras veces autoflagelante), hoy hay optimismo pop y alto impacto, en un show en donde la espectacularidad le ganó por goleada a la sutileza.

Todo lo que ocurre en escena busca el estímulo visual. Pirotecnia, juegos de luces, lluvias de papeles, las pulseras con LEDs manejadas a distancia que se repartieron a todos los espectadores... Cada recurso se repitió todas las veces que se lo consideró necesario, la mayoría de las veces en combinación con el resto.  A veces, la puesta gana en la simpleza (el escenario teñido de amarillo en "Yellow", la única concesión al primer disco de la banda), y algunas otras atolondra (fuegos artificiales, pelotas de colores, láseres y cañones que lanzaban grullas de papel en la seguidilla entre "Every Teardrop is a Waterfall", "Birds" y "Paradise").

Coldplay es parte de la camada de bandas británicas post Radiohead. Nacidas todas con el cambio de milenio, las unía el denominador común de la continuación de la introspección de Yorke y los suyos. Pero así como la banda de Oxford se planteó desde Kid A "How to Dissappear Completely" (Cómo desaparecer completamente), desde 2006 a la fecha que Martin y asociados apuestan a hacer exactamente lo inverso. Cada gesto, cada movimiento, cada jugada: nada debe pasar inadvertido. La grandilocuencia de lo escénico va de la mano de la apuesta sonora. Desde hace rato que Coldplay apuesta a las canciones tamaño estadio y con los años ha demostrado tener oficio de sobra en esa materia. Cada estribillo parece creado (y quizá lo sea) para el coreo masivo, y a nadie parece molestarle.

Las cosas recién bajaron los decibeles pasada la primera media hora cuando, instalados sobre un segundo escenario al lado del mangrullo, Martin y el resto de la banda (el guitarrista Johnny Buckland, el bajista Guy Berryman y el batero Will Champion) repasaron "Everglow" y "Magic", dos canciones mid tempo de su cosecha más reciente. Casi en continuado, "Clocks" fue otra necesaria vuelta al pasado, y también una revelación puesta en perspectiva. Casi calcada de su versión original (de A Rush of Blood to the Head, 2002) y enmarcada dentro de un repertorio dominado casi en su totalidad por canciones de sus últimos tres álbumes, la canción no desentonó en comparación al resto, dejando a la vista que esa necesidad de trascendencia siempre estuvo ahí, sólo que ahora es más fácil de divisar.

Dentro del plan para su conquista mundial, Coldplay parece haber tomado a U2 como referencia inmediata. Varios de los paisajes sonoros de Buckland tienen a The Edge como punto de partida, Berryman y Champion forman un dúo que se mantiene en las sombras pero que otorga el andamiaje necesario para que todo llegue a buen puerto, y Martin parece haber seguido de cerca los movimientos de Bono. Esa comparación, tan odiosa como inevitable, fue perceptible en cada una de sus intervenciones como entertainer, pero también en la bajada política bienpensante de "Politik", con las pantallas que mostraban imágenes de guerras, bombardeos y oleadas migratorias de refugiados.

Con el pasar de las canciones, la euforia (o la incitación a ella) dominó el clima general: el aire discotequero de "Midnight" y "Adventure of a Lifetime", el R&B cadencioso de "Hymn for the Weekend" y la siempre efectiva "Fix You" fueron golpes certeros. Su homenaje a David Bowie, en cambio, no corrió la misma suerte. Antes de "Viva La Vida", el grupo esbozó algunos versos de "Heroes" sin poder evitar trastrabillar en el camino. Poco después, a modo de interludio, las tres pantallas del escenario mostraron a Barack Obama entonando un himno gospel  (un recurso sampleado en "Kaleidoscope", de su último disco), mientras la banda se plantaba sobre el ¡tercer! escenario del Único, ubicado al borde de la popular. Una vez más, una fanática apareció en pantalla, esta vez para pedir un tema. Y como Martin y los suyos no pueden más de macanudos, tomaron nota del pedido e interpretaron "Green Eyes".  Show de estadio, pero con repertorio a la carta.

"Amazing Day" (con todas las luces del estadio prendidas), "A Sky Full of Stars" (con las pulseritas encendidas en azul, convirtiendo al estadio en un verdadero cielo estrellado) y "Up & Up" remataron casi dos horas de show. Después de los saludos de rigor y con la banda ya en camarines, las pantallas se volvieron a encender. La ilusión duró poco, porque lo que se terminó viendo fue el roll credits del show. Al igual que en las películas, pasado el listado actoral, los títulos incluyeron un apartado eterno para todos los rubros técnicos (iluminadores, sonidistas, asistentes, directores de video y un interminable etcétera), la prueba más fehaciente de que en los shows de Coldplay nada queda librado al azar, que todo está calculado. Quizá demasiado.