06/04/2019

Cienfuegos en Groove: una vez en la vida

Un modo de celebrar la llegada del dolor.

Agustín Dusserre / Gentileza
Cinnfuegos

"Llega el dolor / estallando desde mi corazón", está cantando Sergio Rotman sobre el escenario, y viejas sensaciones dormidas explotan mientras se arma el pogo en las baldosas de Groove. Porque Cienfuegos vuelve por un rato y es inevitable pensar dónde estaba parado uno la última vez que ese combo impredecible, peleador y quilombero mostró los dientes. O cuánto deseó que ese momento de ver por primera vez en vivo a una banda que acrecentó su mito romántico de sótanos oscuros y húmedos durante su ausencia, por más que los propios implicados se refirieran a ella como "una mierda".

Desde el comienzo, el show de regreso fue un viaje al pasado, presente rabioso, futuro condenado. Rotman le cedió el micrófono al bajista Martín Aloé para "Te fuiste" y luego anunció que iban a tocar la primera canción del primer ensayo de Cienfuegos. "Moonage Daydream", el cover de David Bowie, puso algunas cosas en su lugar en cuanto a las influencias de esta banda, cosa que más tarde terminarían de redondear "Una vez en la vida" (Talking Heads) y "Love Will Tear Us Apart (Joy Division). "¿Estamos sonando bien para nuestra edad?", bromeó el ¿ex? Cadillacs.

Los tres discos que la banda publicó entre 1995 y 1999 se mezclaron durante el show, desde temas iniciales como "Celoso" -que bajó un poco la intensidad por unos minutos-, "Carne de tiburón", "Vudú" o "Todo el mundo quiere ser feliz", hasta los que aparecieron justo antes de la implosión de la banda, como "Hacia el cosmos / hacia el infierno" o "La vida dura solo un segundo".

Rotman presentó al percusionista Julio Morales invocando al espíritu de Gerardo "Toto" Roblat (LFC) y trajo flashes del pasado durante toda la noche, desde las "62 personas" que iban a ver a Cienfuegos en lugares como El Mocambo de Haedo o el Salón Pueyrredón ("prefiero estar tocando acá, eso era una mierda, por más que les parezca romántico") hasta la intervención de Ricardo Mollo en el último disco del grupo. "Tengo dos preguntas", planteó el frontman en un momento. "¿Quién es más lindo, Morrissey o yo? Y la segunda: "¿Querés saber lo que es estar muerto?" El baldazo de adrenalina de la canción, paradójicamente, fue un recordatorio de todo lo bueno que tiene estar vivo.

Es que las canciones de Cienfuegos -especialmente las de Rotman- recuerdan todo el tiempo "la mierda que somos los seres humanos", pero su combustión interna empuja para salir de la autoconmiseración. Esa mezcla de punk, postpunk, algo de la new wave neoyorquina inicial y un mínimo de psicodelia guitarrera obra como impensado antídoto contra el agobio, la ansiedad y la sentencia de muerte que pesa sobre todos. La vida dura solo un segundo, sí, entonces, ¿qué mejor que quemarlo en el pogo? ¿O sacarse arriba del escenario y gritar la letra de "El mundo es tuyo" junto a un amigo como si fuera la primera vez?

"Acuérdense de esto porque no se va a repetir", dijo Rotman, y después insistió con un "nos vemos en el siglo XXIX", aunque haya otra fecha de la banda programada para hoy. En definitiva, el show fue un recordatorio de lo bueno que estaba el rock, de lo fácil te cambiaba la vida y te dotaba de una mirada diferente sobre el mundo, de cuántas oportunidades les daba a los que andaban medio perdidos buscando un rumbo que no fuera un embole. Casi nada.

"Mi mente estaba buscando una salida", cantó Gigio en "Malambo y el fantasma". Estaba justo ahí, en el fuego de Cienfuegos, en el viejo y querido rock. ¿Nostalgia? No, sólo que hoy hay que encontrar esa salida en otro lado y tratar de que el camino sea igual de excitante.

"La vida se nos va / otra esperanza ha muerto / y no tenerte entre mis brazos / me hace sentir enfermo", escupió Rotman al final, después de aclarar que no podía creer "que esta mierda iba a pasar de nuevo" y que Cienfuegos es "la banda que no existe". Si hay que esperar otra eternidad para volver a sentir todo lo que generó ese show que ahora ya es historia, que así sea.