14/11/2018

At the Drive-In en El Teatro Flores: la teoría del caos

This is (post) hardcore.

At The Drive-In

Lo primero que se escucha en el demorado debut porteño de At the Drive-In en Buenos Aires es una introducción de ritmo cansino, casi stoner. La marcha parece querer perpetuarse por largo rato a esa velocidad, hasta que Cedric Bixler-Zavala agita unas maracas y el baterista Tony Hajjar cuenta a cuatro. Lo que sucedió a continuación fue una versión de “Arcarsenal”, tan furibunda como en Relationship of Command (2000), con mosh y vasos de cerveza volando por los aires, indicadores de la aprobación instantánea de un público que tuvo que esperar casi dos décadas para vivir ese momento.  

El audio brumoso y caótico que primó durante los primeros temas conspiró con el juego de opuestos de “Governed by Contagions” (estrofa afilada, estribillo melódico), pero no impidió que Bixler-Zavala arrojase por el aire su micrófono con pie incluido, o se enrollase en las cortinas del escenario mientras Omar Rodríguez López tejía paredes de distorsión casi de espaldas al público. “Lopsided”, en cambio, fue un punto de tensión entre el post hardcore y el emo, con menos vértigo pero con la mismo nivel de descarga eléctrica que primaría durante todo el show.

El ruido de cintas rebobinándose anticipó “No Wolf Like the Present”. El tema, que abre in•ter a•li•a, el primer disco publicado por At the Drive-In en 17 años, es un recordatorio de que todo aquello contra lo que cantaba el grupo hasta su disolución en 2001, sigue estando vigente a la fecha. El regreso a la actividad mantiene a Bixler-Zavala y Rodríguez López lejos (bien lejos) de las incursiones progresivas de The Mars Volta: acá no hay lugar para composiciones en tres movimientos, suites espaciales ni complejidad instrumental. Todo se dice y se ejecuta rápido y fuerte, como si el tiempo comenzara a apremiar al triple de velocidad en el comienzo de cada canción.

“Continuum” puso a la banda en busca de un groove acorde a la patria hardcore, un acento que se profundizó en “Invalid Letter Dept.”, con una zapada THC friendly que incluyó solos de guitarra y fraseos de melódica. “¿Están listos para bailar, para fumar?”, preguntó Bixler-Zavala en español. Lo que siguió, sin embargo, poco tuvo de danza y mucho de choque de cuerpos: primero, “Enfilade” fue directo al hueso y sin concesiones; poco después, “Pattern Against User” tomó como punto de partida al bajo de Paul Hinojos para una marcha lenta pero tensa, o cómo sonaría la rabia contenida de ser ejecutada con una guitarra eléctrica.

Dentro de esa pared de distorsión por momentos indescifrable, “Non-Zero Possibility” pudo derribar ese muro gracias a un diálogo sostenido desde las seis cuerdas entre Rodríguez López y el guitarrista Keeley Davis. Ese clima de oscuridad en cámara lenta parecía sentar las bases de un tramo con más matices, pero un grito pelado volvió a acelerar los bpm en “Pendulum in a Peasant Dress”, y el cambio fue tan drástico que la única salida posible fue volver al punto de origen con “Napoleon Solo”.

Al igual que en Relationship of Command, “Catacombs” puso punto final al show tras poco más de una hora de descarga eléctrica y energética. A modo de único bis, “One Armed Scissor” fue un cierre tan esperado como necesario, la muestra de lo que puede hacer At the Drive-In cuando juega con todas a favor, aun a expensas de tener que hacerlo con algo considerado como una blasfemia en el universo hardcore: un hit.